Ya se acerca la fecha del «Día de muertos «, una celebración llena de tradición, tan intrínseca en los mexicanos como la propia vida, tan antigua y tan nueva, sobre todo para los jóvenes.
Colorida y rica, que nuevamente empieza a tomar fuerza gracias a los vecinos del norte que en publicaciones y películas han puesto de manifiesto el folklore mexicano, haciéndonos conscientes de la riqueza ancestral que poseemos y que por lo mismo tenemos rezagada tomando costumbres de los gringos, quienes celebran el horror y no la santidad del último estadio de la vida.
Ojalá y todavía existan aquellos artesanos que fabricaron las delicias de mi niñez con sus calaveritas de azúcar, sus charamuscas, pequeñas frutas de azúcar, teñidas de los colores apropiados que eran la ambición de la chiquillada por tener una de cada una; dulces naturales, sin químicos, sólo la creatividad de los artistas del azúcar.
Flores de cempazuchitl, papel de china picado, fruta y platillos regionales; congoja por los que se fueron y gozo por la celebración para honrar sus memorias, así siento yo mi día de muertos.
Otra reflexión.

