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Puebla No es Noruega (Crímenes entre Compañeros)

ALEJANDRA GÓMEZ MACHIA / Caza de Citas / Puebla, Pue.

Desgraciadamente no vivimos en un país donde reine la igualdad; tenemos a los ricos más obscenos del planeta, pero en su mayoría la población carece de las herramientas necesarias para sacar a sus familias adelante de una manera digna.

Alemacchia Gomez Macchia-redes

El índice de pobreza extrema es apabullante y no es necesario ir a Oaxaca o a Chiapas (estados con mayor número de pobres en el país) para darnos cuenta que viviendo en uno de los territorios más fértiles y privilegiados del planeta, la gente no tiene qué comer porque las “oportunidades” que tanto cacarean nuestros gobernantes son para unos cuantos que aprovechan el trabajo de otros para hacerse de un buen botín.

Existe también ese grupo que en otros tiempos se le llamó “clase media”, que ni pertenecen al conjunto de gente que se parte el lomo en jornadas extenuantes por un salario mínimo paupérrimo, pero que su sueldos tampoco les alcanza para darse una vida de magnates.

En ese grupo estamos gran cantidad de mexicanos que salimos a trabajar, ahorramos, y que de vez en cuando podemos darnos ciertos permisos como comprar  algunas cosas que no son de primera necesidad, pero que son accesorias para alimentar nuestro optimismo: salir a comer a un restaurante, viajar una o dos veces al año a una playa cercana, beber un buen vino, asistir a un concierto, y llevar a nuestros hijos a una escuela cuyo nivel académico supere el que nos fue dado a nosotros los padres de familia. Esfuerzos que si bien valen la pena, no tendrían por qué representar una amenaza.

Sé que estas cosas pasan en casi todos los estados de la república, y no sólo eso, también en ciudades de otros países en “vías de desarrollo”. La influencia de la cultura primermundista (que no por ser denominada así es garante de ser mejor, sino simplemente más confortable), ha desencadenado un desasosiego generalizado por querer pertenecer o ser aceptados en grupos a los que nunca se logra entrar si no se tienen los recursos necesarios para costear ese ritmo de vida.

La frustración entre los jóvenes que intentan a como dé lugar escalar un peldaño más alto en su nivel social puede llevarlos al despeñadero, y la culpa no es de nadie o es de todos: ¿cuántas veces al día nos topamos con espectaculares o anuncios subrepticios que nos recuerdan que no es “in” estar jodido? ¡Miles!, en cada esquina, a cada minuto en la tele, en cada refresh dentro de la interfaz.

Una chava o chavo “wanabe” que pasa por enfrente de las suntuosas tiendas de Mazarik o Altavista, ve un México utópico, irreal. Aquí no es Noruega, ni Alemania, ni la gente que camina por estas avenidas es la misma que entra a Rodeo Drive para gastar miles de dólares en trapos.

Lo mismo pasa en Puebla, que es al punto donde quería llegar.

Puebla es otro estado (como Oaxaca y Chiapas) que tiene uno de los índices de pobreza más elevados. Pero también es una de la ciudades donde se concentra el mayor número de ricos del país, junto con Monterrey y Guadalajara.

En Puebla hay un parque industrial donde se yerguen plantas de automóviles alemanes y demás empresas que surten de accesorios a las mismas. También tenemos centros comerciales que albergan tiendas que ofertan las mejores marcas del mundo, y tres de las universidades más caras del país a las cuales asisten jóvenes cuyos padres tienen el poder adquisitivo para pagar sin empacho altísimas cuotas, pero también esas mismas universidades ofrecen programas de becas para alumnos destacados que no pueden cubrir por completo las colegiaturas.

Como en cualquier universidad o trabajo, hay quienes aprovechan las oportunidades y hay quienes van de paseo, es decir, chavos que calientan la silla tan solo para subir sus bonos sociales mientras los padre se ahorcan con créditos infames creyendo que sus hijos saldrán siendo los próximos Carlos Slim…

En esta ciudad donde la apariencia lo es casi todo es común encontrarse con gente que a duras penas llenan sus refrigeradores para satisfacer las necesidades alimentarias de la semana, pero que saliendo de su casa ostentan una falsa riqueza que no poseen. En Puebla antes de conocerte por tus virtudes, la gente te juzga por el carro en el que andas o por los pantalones o bolsa que utilices para salir a dominguear.

Este fenómeno provoca que el mismo corrillo de jóvenes que ingresan a las prepas o universidades de gran prestigio  hagan hasta lo imposible para hacerse de un buen carro o vestir de diseñador antes que dedicarse a estudiar para “ser alguien” por sí mismos.

Las altas cúpulas de la sociedad poblana se cierran a esa clase de personas que no pueden treparse a su tren ligero. Aquí la amistad se refleja en la nómina y las lealtades se juegan en los casinos mientras llegues en un flamante auto alemán que no te da ni inteligencia ni garbo, pero sí una pantalla de “gente bien”.

Así son las cosas y debemos estar acostumbrados, finalmente la frivolidad no es ningún delito y el sistema de autocomplacencia y blof no debería dañar a los que quedamos fuera de tan singular círculo…

Pero hay quienes no aceptan la buena fortuna de los demás.

La “buena fortuna”, que tanto escozor causa a los inadaptados,  puede haber sido amasada desde la nobleza del trabajo y el esfuerzo… lo malo es que a últimas fechas y con la descomposición del tejido social que vivimos por la irrupción del crimen organizado, muchos quieren ver esa bonanza como algo injustamente merecido. Es cuando surge la envidia, y de la envidia el rencor, y del rencor las ganas de joder al que le va bien…

Hace unas semanas fue hallado el cadáver de un joven estudiante de la prepa Tec en territorio jalapeño. El chico, quien había recibido como regalo de cumpleaños un Mercedes Benz último modelo, fue secuestrado en uno de los fraccionamientos más lujosos de la ciudad, y cuatros días después se encontró su cuerpo sin vida en el vecino estado de Veracruz.

Según los reportes, los plagiarios ya habían dado muerte al chico en el momento en que se pidió el rescate a los familiares, y hace apenas dos días se localizó el automóvil propiedad del muchacho afuera de un restaurante de comida rápida en Xalapa.

Las investigaciones arrojaron un dato que ya está confirmado: el cerebro que pergeñó el crimen fue de uno de los amigos de la víctima: un joven que, con ayuda de algunos familiares, sacó su furia contra el amigo y arruinó su futuro… ¿luminoso?

Nada nuevo bajo el sol. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta historia? El amiguito celoso que en un rapto de insensatez planea una locura de dimensiones fatales, y que al no ser “un delincuente profesional”, comete errores y cae preso sin siquiera poder usufructuar el objeto de su deseo (en este caso un carro de lujo y varios millones de pesos).

Los amigos de la víctima la describen como un muchacho sencillo y noble en su trato. Deportista, buen amigo, buen estudiante. Pero al parecer tenía un defecto que el compañero resentido no podía soportar: un precioso Mercedes Benz.

Así de pervertidos se tienen  los conceptos de riqueza, cuando un bien material (que ciertamente convierte a un muchacho en blanco magnético a los ojos de un inadaptado) se antepone al valor de la amistad.

Hechos como éste son la confirmación de que la desigualdad económica en nuestro país ya no sólo es un cáncer sino metástasis.

Muchos dirán que es un error darle un objeto tan valioso a un niño, ¿pero es justificable endosar la culpa a los padres cuando la responsabilidad directa es del asesino?

Mejor preguntémonos qué está fallando en la educación de los “niños bien” que no alcanzan a vislumbrar un horizonte más prometedor que el del crimen y el dinero fácil a costa de la vida de otro.

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