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El mexicanísimo culto a la muerte

RICARDO HOMS /  Irreverente-mente / México, D.F.

Ricardo-Homs-130x90La relación del mexicano con la muerte siempre ha sido morbosa, como lo demuestran nuestras tradiciones y una antiquísima manifestación cultural representativa de nuestro país, como se puede constatar cada día dos de noviembre en las festividades del día de muertos.

Calaveritas de azúcar, pan de muertos, ofrendas y altares para recibir a nuestros deudos y las tradicionales rimas que con mucho humor le quitan la solemnidad a la muerte y hasta nos reímos de ella.

Sin embargo, de los simbolismos culturales hemos llegado a la práctica cotidiana de que cualquier desavenencia en algunas zonas del país se puede llegar a castigar con la muerte, en un contexto de impunidad provocada por el desinterés del aparato judicial.

¿Hasta ahora, -con la desaparición de 43 normalistas-, el Estado Mexicano se concientiza de la gravedad de la violencia mortal que vivimos?.

¿Y las más de 100,000 muertes violentas del sexenio pasado?… ¿y las de esta administración?… ¿y el continuo descubrimiento de fosas clandestinas desde hace varios años…?… ¿Y la desaparición de migrantes?.

101,199 fueron las cifras de ejecutados en la guerra contra el crimen organizado durante el sexenio del presidente Calderón según dice la organización «México Evalúa» y según el Sistema Nacional de Seguridad Pública, durante la actual administración y hasta el 31 de julio de 2014, la cifra se eleva hasta 57,899 personas más.

Hemos perdido la capacidad de asombro ante los miles de asesinados con saña y sadismo. Lo que antes se resolvía a golpes en México, hoy podría llegarse a resolver con un asesinato.

Todo esto refleja una grave crisis moral que exhibe la falta de respeto a la vida, producto de la impunidad y también de nuestra idiosincrasia.

¿Qué pasa por la mente de un asesino serial vinculado a la delincuencia organizada, -que por cualquier nimiedad y como si fuese un juego-, quita la vida a alguien que tiene enfrente?.

Es la impunidad arropada por un sistema policiaco y un sistema de justicia frívolo e irresponsable, para quien el asesinato de alguien no le significa nada.

La insensibilidad de todo el aparato gubernamental es escalofriante.

Sólo hoy que la comunidad internacional dice ¡basta! y los elogios a México se convierten en condena unánime, es que todas las autoridades ponen cara de asombro y prometen resolver esta masacre y sin embargo se olvidan de todas las demás víctimas que no han merecido atención.

La insensibilidad de la clase política, -así como la gubernamental-, ante estas tragedias cotidianas, amerita un estudio psicológico.

Ni siquiera la ineficiente CNDH se conmueve del dolor de las muertes violentas de los últimos años. Detrás de cada muerte violenta hay una familia agraviada, lastimada y vulnerada.

En cualquier otro país el ombudsman y su equipo trabajarían 20 horas diarias para atender este espeluznante ambiente de «masacre cotidiana», pero aquí es tan cotidiano que ya ni cuenta.

El asesinato del estudiante de mecatrónica de la Universidad de Guadalajara Ricardo de Jesús Esparza Villegas, quien fue detenido por la policía municipal de Guanajuato cuando acudió con amigos al Festival Cervantino y la respuesta frívola del alcalde de la ciudad de Guanajuato Luís Gutiérrez Márquez, o los 22 muertos de Tlatlaya a manos del ejército, nos muestran la impunidad con que se puede matar en México y luego denigrar a las víctimas.

Ya lo decía José Alfredo Jiménez con su famosa canción… «La vida no vale nada»… por lo menos en México.

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