Por Juan José Rodríguez/ Las Nueve Esquinas/ San Luis Poosí, S.L.P.
Quienes esperaban que la reciente visita de la dirigencia nacional del Partido Revolucionario Institucional arrojara pistas más o menos claras sobre quién podrá ser su candidato a la gubernatura estatal o, peor aún, que hubiera destape o cosa parecida, se quedaron con las ganas.
Si algo dejó muy claro la visita que además de César Camacho Quiroz nos hicieron la secretaria general Ivonne Ortega y el secretario de organización J. Encarnación Alfaro, es el retorno de la vieja ortodoxia priísta con algunos toques de modernidad.
Me explico. Plenamente ortodoxo resultó que Camacho no hablara mal de nadie y hablara muy bien de quien estaba obligado a hacerlo: el gobernador Fernando Toranzo. Y digo que estaba obligado porque no recuerdo, ni aquí ni en ningún otro lugar de la República, que un presidente nacional del PRI haya visitado algún estado para hablar mal de su gobernador. Claro que ha habido pleitos entre líderes priístas y mandatarios estatales, pero no se visitan para cantarse sus verdades.
Igualmente ortodoxo es que Camacho se haya cuidado de no dar trato preferente a ninguno de los aspirantes que se cruzaron en su camino. Por cierto, antes de que se me olvide, en el avión del CEN tricolor que vino a San Luis el jueves pasado, únicamente viajaron Camacho, Ivonne, Chon Alfaro, el coordinador de prensa Alfonso Rafael Camacho, y el jefe de ayudantes, un ex militar por cierto de origen potosino. Esas versiones de que viajaron junto con CCQ, según a quien se lea, Jesús Ramírez Stabros o José Ramón Martel, son puro cuento.
Inserto igualmente en ese manual de hábitos priístas es que el mensaje principal de Camacho Quiroz a la militancia haya sido en el sentido de cerrar filas y fortalecer la unidad, y su habilidad para resbalar temas difíciles como la corrupción de Victoria Labastida. Pura ortodoxia, pues.
Donde se aprecia un estilo algo más moderno es en el encuentro con los empresarios y propietarios y directores de medios de comunicación, a quienes en esencia les dijo que el PRI no es ni se siente Supermán, que aprendió de sus errores del pasado y que les pedía el beneficio de la duda para las reformas de fondo emprendidas por el presidente Peña Nieto.
Pero quizá lo más interesante y más moderno venga a ser algo que César Camacho les dijo en corto a los integrantes de la dirigencia estatal tricolor. Palabras más, palabras menos: “A los aspirantes no los repriman, no los apachurren; sólo contrólenlos, que no se desboquen y generen divisiones, pero déjenlos que se expresen, dejen que hagan presencia, de lo contrario no vamos a saber cómo andan realmente”.
Ahora se entenderá por qué el propio César Camacho se mostró sorprendido e incómodo cuando en agosto pasado un Fernando Toranzo fuera de sí le llamó para exigirle la inmediata destitución del Calolo porque un amigo suyo dijo que podría ser un buen prospecto para la gubernatura. ¡Qué mentalidades tan distintas!
Previo a la entrega de los reconocimientos en la sede del CDE del tricolor, César Camacho e Ivonne Ortega se reunieron en privado con Toranzo Fernández en Casa de Gobierno. Platicaron únicamente los tres por espacio de casi una hora. No sería nada extraño que el gobernador les haya repetido lo mismo que en las últimas semanas ha dicho por lo menos a media docena de personas: que él no tiene candidato, que él no va a promover a nadie, que él esperará la oportunidad para decirle al presidente Peña Nieto que la decisión es suya y solamente suya y que él, Toranzo, la apoyará sin chistar.
Un día después, en plena coherencia y con la sabiduría política que lo caracteriza, Toranzo se llevó de gira a la Huasteca a José Ramón Martel, quien ya hizo evidente que sí quiere y que precisamente por eso vino.
Por último, me quedo con la impresión de que en cuanto a aspirantes, suspirantes y precandidatos se refiere, en el evento partidista de hace una semana ni son todos los que estuvieron ni estuvieron todos los que son. No sé si me explico.
CARO, MUY CARO
Dos magistraturas del Supremo Tribunal y una consejería de la Judicatura por la ASE. Así, qué chiste.
Si de lo que se trata es de que justifique lo caro que costó su nombramiento, José de Jesús Martínez Loredo, Pepechuy para sus cuates, está obligado a ser el mejor Auditor Superior del Estado habido y por haber.
Los votos decisivos que, primero, impidieron la reelección de Héctor Vicente Mayorga y, luego, facilitaron la designación de Pepechuy, los compró Cándido Ochoa Rojas una semana antes de la sesión del congreso; más exactamente el martes 4 de este mes, entre las nueve y media y las once de la noche en un reservado del restaurante Tony Roma’s de Plaza El Dorado. ¿Los vendedores? Cinco de los seis diputados panistas, Socorro Herrera Orta, Alejandro Lozano González, Miguel Maza Hernández, Rubén Guajardo Barrera y Manuel Aguilar Acuña, encabezados, encaminados y sometidos por su dirigente estatal Héctor Mendizábal (el único legislador albiazul que no asistió fue Juan Pablo Escobar). ¿El precio? Dos de las magistraturas del Supremo Tribunal de Justicia que se renuevan en octubre próximo, y la reelección del consejero de la judicatura Guillermo Balderas, gente de Alejandro Zapata Perogordo, en agosto venidero. Muy caro, muy caro. Y falta saber qué otros pagos se hicieron por los demás votos que favorecieron a Martínez Loredo en la segunda votación.
Antes que nada, a mi lo que me llama mucho la atención es lo facilito que resultó Mendizábal, quien constantemente se da baños de pureza, se viste de adalid de la oposición y que cada que hace alguna crítica al gobierno le responden con andanadas de lodo que hasta su orientación sexual cuestionan, no obstante lo cual bastó un guiño sutil del Poder y ¡córrele mi buen! Bien decía Vicente Lombardo Toledano: “A la hora de comer, todos olvidan sus diferencias”.
Con todo, lo más sorprendente es la sangre fría con la que Fernando Toranzo ha comenzado a pagar con chequera ajena, y la facilidad con la que los panistas aceptaron cheques post fechados sin ninguna garantía de que tengan fondos cuando los presenten en ventanilla.
En efecto, sucede que los magistrados del STJ que sean electos en octubre próximo durarán en su encargo mínimo seis años, pudiendo permanecer hasta 15, de los cuales únicamente coincidirán diez meses con la actual administración que encabeza Fernando Toranzo. Los cinco o catorce años restantes trabajarán con un nuevo titular del Ejecutivo, que ciertamente puede ser del PAN, pero también puede ser del PRI. Si las cosas se hicieran con algo de decencia política, la elección de magistrados, que decide el Congreso a partir de ternas que le envía el Ejecutivo, debería recaer sobre abogados aptos, honorables y laboriosos, pero sin ningún tinte político, sin tufos partidistas.
Para darse el gusto de instalar a su encubridor Pepechuy en la ASE, Cándido no tuvo reparo en hacer transacciones que afectarán no sólo al STJ sino a todo el aparato de impartición de justicia, en la medida que varios de sus integrantes tendrán claro origen partidista y serán susceptibles de presiones o proclives a obsequiosidad con quienes los pusieron ahí. En su dimensión de abogados postulantes Alejandro Zapata y Ángel Candia deben andar locos de contentos.
Peor está lo del Consejo de la Judicatura. Este órgano que maneja el presupuesto del Poder Judicial y vigila el desempeño de jueces y magistrados, se integra con cuatro consejeros, uno de los cuales es, en automático, quien sea el presidente del Supremo Tribunal; otro lo propone el mismo Poder Judicial; uno más es propuesta del Ejecutivo y el último es propuesta del Congreso. Duran en su cargo cinco años y pueden ser reelectos una vez.
Pues nada, que el huasteco y muy medianito Guillermo Balderas es consejero POR PARTE DEL PODER LEGISLATIVO, desde agosto del 2009, impulsado por Alejandro Zapata. Es decir, en su caso se pagó doblemente con chequera ajena: Cándido comprometió una posición que es del Congreso no del Ejecutivo, e igual es para alguien que se quedará cuatro de sus cinco años con otra administración. Y ni siquiera hay manera de hacer cambalache, pues el siguiente consejero en concluir su periodo es el del Ejecutivo, pero será hasta agosto del 2015, cuando ya habrá nuevo gobernador electo.
(Pepechuy: ¿y deveras nunca vas a aclarar lo de los cheques que le entregaste a Cándido? ¿De plano así tan tapadera? Que feo.)
COMPRIMIDOS
El jueves anterior, cuando salía de su habitación para irse a comer con unos amigos, previo al evento en el PRI, José Ramón Martel se encontró en el lobby del hotel al secretario general de gobierno Cándido Ochoa Rojas, quien lo estaba esperando para ver si podían platicar unos minutos. El mensaje fue muy puntual: Yo no tengo aspiraciones de ser candidato a gobernador, le enfatizó Cándido, y vengo a ponerme a sus órdenes. Yo tengo mis dudas: no sé si a JRM eso le produjo un enorme beneplácito o una tremenda preocupación, y no sé si COR fue por instrucciones superiores o si es la primera rata que se apresta a abandonar el barco.
No cabe duda que el gobierno potosino anda perfectamente sincronizado con el federal. Justo cuando allá se exaltaba que la recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán era producto de la eficaz coordinación de todas las corporaciones de seguridad, al grado de que en el homenaje a la Bandera el presidente Peña Nieto las mencionó a todas una por una, aquí el Director de Seguridad Pública del Estado le mandaba decir a la policía Municipal aquello de si sabes contar no cuentes conmigo, porque no sirves para nada. Les digo, ni Charles Chaplin y Brozo juntos divierten tanto.
Y a propósito de chiquihuites, resulta que la Secretaría de Seguridad Pública del Ayuntamiento de León, que recién le encomendaron a nuestro viejo conocido Francisco Javier Salazar Soni, no es ningún trapo mojado: tiene 5 direcciones generales, con mil 900 elementos y 387 más en proceso de incorporación, con el respectivo y moderno equipo. Por lo visto, en materia de seguridad lo que más conviene es que el gobierno del estado le dé a uno las gracias. Ya ve usted a Enrique Galindo y a Salazar Soni.
Uno de los amigos más antiguos y cercanos del gobernador Toranzo Fernández, compadre suyo por partida doble, compañero de largas y gratas sesiones de Dominó allá en Ciudad Valles, el tesorero general del estado Jorge Quijano, lleva semanas repitiendo como mantra obsesivo “¡Ya lo perdimos, ya lo perdimos!” A quienes le ponen atención y le preguntan, explica que su compadre “ya no quiere saber nada del gobierno; para todo me manda a ver a Cándido”. Conste, son cuadernos de doble raya ¿O eran?
Hasta el próximo jueves.

