El Peñasquito una Cantina Centenaria

El Peñasquito I y II
Narciso Betancourt, su fundador.
Hasta finales de 2012 se mantuvo la altivez del borracho abatido al que solamente lo sostiene la puerta del orgullo.
Su abolengo se inició a finales del siglo XIX y el nombre le vino de las magueyeras que se plantaron en la hacienda de Peñasco, que por aquellos años administraba Narciso Betancourt. La pulquera planta llegó del Estado de México y junto con ella, un tlachiquero de los afamados llanos de Apan, Hidalgo.
Esta combinación dio como resultado que en 1890 los hacendados Espinosa y Parra abrieran un expendió de aguamiel y pulque ubicado al norte del jardín de San Francisco.
El negocio se llamó “El Peñasco”. Fue tal el éxito, que Betancourt pronto abrió “El Peñasquito”, en el ahora Eje Vial (costado poniente) calle de por medio, frente al actual edificio de Seguridad Pública.
Tuvo sucursales, “Los Pirineos”, al norte del jardín de San de Dios y, en los 60, “El Peñasquito II”, atrás del hotel Imperial (que se derribó a inicios de los 70 del siglo XX para abrir el Eje Vial).
Como en plática de borrachos, la historia del Peñasquito se entreteje con verdad y matices de fantasía. Y cómo no, tantos años, tantas copas, tantos clientes. Se dice que por ahí transitó el poeta Ramón López Velarde durante sus años de estudiante en el Instituto Científico y Literario (hoy UASLP) que Guillermo Aguirre y Fierro escribió “El brindis del Bohemio” en torno de una mesa en aquella cantina. La dicha mesa debió haber sido una de las tres o cuatro que tenía El Peñasquito.
La realidad es que Aguirre y Fierro -que pocos años vivió en San Luis- escribieron los célebres versos en El Paso, Texas, exiliado por razones políticas:
“¡Por mi madre, bohemios!,
Por la anciana que piensa en el mañana
Como en algo muy dulce y muy deseado,
Porque sueña tal vez que mi destino
Me señala el camino
Por el que volveré pronto a su lado”.
Era un lugar pequeño, un changarrito en el que cabían, a fuerza de estar de pie (o tambaleantes) poetas, músicos y locos.
Convivían albañiles con intelectuales, estudiantes y burócratas, todos cabían. En diferentes épocas pisaron aquel suelo: el legendario Luis “El Gallo” Maldonado, el extravagante poeta Ignacio “El Mago” Medellín, Agustín Vera (escritor que habría de convertirse en nombre de una famosa calle en el barrio de Tequisquiapan) y muchos otros.
Decían los abuelos que sin más ni más algún espontáneo poeta se levantaba de la silla y declamaba versos sentidos, que músicos y parroquianos callaban, escuchaban y sentían.
Eran otros tiempos.
Murió en 1918 don Narciso Betancourt, el fundador. Siguió al cargo su hijo mayor, Roberto. Para los años 30 ya trabajaba ahí, como mozo, otro hijo de Narciso, José Betancourt. Tenía 18 años y ya había sido operador de los agonizantes tranvías eléctricos (desaparecidos en 1932).
Fue don Pepe quien recibió en herencia la ya para entonces cuarentona cantina. La mantuvo hasta 1966, cuando la adquirió la cervecera Carta Blanca.
Don Pepe Betancourt, inquieto para los negocios, abrió una bonetería en la calle de Morelos. Poco habría de durar ese establecimiento, mucho menos que su vocación de bohemio.
De inmediato inauguró otra cantina, también ésta de gran tradición: “La Lira”, que hasta principios del siglo XXI estuvo en Eje Vial, a unos metros de Pedro Montoya. Fue su último rincón hasta la muerte. Ya El Peñasquito era de otros, La Lira fue siempre suya.
En la calle de Eje Vial, esquina con Emiliano Zapata, sigue el centenario nombre. Aquella cantina cambió de dueños; pero no de rumbo, querencia ni vocación de ser refugio de sueños o pesadillas, según el cristal de la botella conque se vea.
¡Por El Peñasquito, bohemios!.
Fuente: Eduardo López Cruz.