
Es el miércoles 29 de mayo, para unos totalmente inecesario, para otros, la razón de su existencia… La Ciudad de México, caótica por origen pero que ahora, el Centro Histórico capitalino, la sede de la torta de tamal, se tiñó de guinda.
El 29 de mayo y la Capital del país palpita a mil por hora, es el cierre de la candidata que muchos dicen que solo eso será, una candidata, pero que otros, los Morenistas, esos que se ilusionan, cuando la grandeza de un partido se lo exige, cuando su estirpe quiere la tan anhelada transformación, se unen como si todos fueran uno, afirman que es la lider del cambio que continuará.

Hoy, en un cierre de una campaña electoral… Para unos caótico, pero para otros poético, se presiente la complejidad de la jornada y hoy la Ciudad de México lo que hace es arropar a sus morenistas, a todos aquellos que viajaron desde Alaska, pero otros más que llegaron desde Huasca, un lugar cercano del estado de Pachuca en el que las familias, así como muchos otros estados, dijeron que no podían faltar.
«Hoy es el cambio, hoy necesitamos el segundo piso de la transformación, hoy los neoliberales serán menos y nosotros continuaremos creando un proyecto de nación», así lo dijo don Carlos que paró sus labores temprano para viajar a la metrópoli azteca a vivir el cierre de la campaña de la candidata Sheinbaum.

Sobre la explanada del Zócalo, el murmullo se interpreta como nerviosismo, intriga, como expectación… Hay desde las playeras guindas hasta las gorras blancas, los «morenitos» de peluche, hasta los de carne y hueso pero todo, casi todo pintado de «Claudia».
En las calles los empujones y la ansiedad fueron el toque esencial de poder entrar a un cierre convocado para todos, pero en la que no todos pudieron estar, mientras tanto en los alrededores, los viejitos, los maestros, los niños y los no tan niños, congregados para el mismo sentir, poder apoyar.

Son las 15.45 horas y los políticos de primera, los allegados a ella, los ungidos por la líder del segundo piso de la Transformación comenzaron a llegar.
Afuera del Zócalo se percibe el calor del cierre, adentro también y la paciencia comenzó a acabarse, desde la señora que se come su torta, hasta el señor que aprovechó en echarse su «coyotito» para tener fuerzas y corear los sones de la Cuarta Transformación.

Cuando una nube se aproximaba a la gran Tenochtitlan, al corazón del Zócalo Capitalino, amenazando una tormenta, esa que unos estados ruegan por tener, pero que otros más también, en ese momento salió Claudia, al filo de las 18:00, ahí fue cuando los Morenos, los no tan morenos y unos cuantos verdes, mostraron su capacidad de externar su pasión, de cantar, de gritar, de mostrar su espíritu, de hacer caer al régimen de la ultra derecha, de todo, de absolutamente todo, menos de no fallarle a la cuarta transformación, de eso no, porque como dicen ellos, el «no mentir, no robar y no traicionar», se lleva en la piel.

Tras de un par de discursos, después de unos cuantos que hablaron, que pasaron desapercibidos por la euforia de escuchar a «Claudia», ella llegó. Al micrófono agradecimientos y flores para sus candidatos, entre festejos y reclamos a «la mafia del poder», entre abrazos pero no balazos, así comenzó su discurso.
Los ejes de su gobierno, las promesas de su campaña combinaron con los gritos de los militantes, de esos que pasaron horas de pie para sentirse parte del proyecto, para apoyar a la transformación.

«No se acabarán los programas sociales, tendremos más apoyos para jóvenes pero también para los adultos mayores, no regresarán las pensiones a los expresidentes tampoco regresarán los apoyos a los amigos de políticos, todo será para el puebo y por el pueblo», dijo la candidata presidencial antes de acabar su discurso y abandonar el lugar.
Así fue como salió la Sheinbaum, como predicó su proyecto de nación, como pidió el voto para el segundo piso de la transformación y que entre «los suyos», generó emociones, aceleró pulsaciones y a una misma voz, corearon a su «adiós» su tan clásico «es un honor estar con Claudia hoy».


