Réquiem por los extraños

Ayer falleció un hombre. Un día antes, su hermana. Este hombre era parte de la comunidad de la oficina donde laboro. No éramos amigos, sin embargo podríamos haberlo sido de habernos dado tiempo.

Era uno de esos entrañables extraños que alegran el día con sonrisas y saludos, no amigos pero tampoco ajenos, de esas personas que echarás de menos. Fue Covid, y se los llevó en días.

Deja hijos y una esposa y sin duda un gran, enorme, eterno vacío entre los suyos y entre extraños como yo que lo extrañarán.

Como él, también he dejado de ver a un par de vecinos, esposos, gente mayor y amable, dejan hijos ya mayores pero rotos de por vida por la forma tan rápida en la que partieron sus padres.

Como ellos, una joven vecina, cosmetóloga, estilista, joven, muy joven. Emprendedora y por demás simpática. La única que logró con paciencia convencer a mi hija de cortarse el cabello. Deja dos padres mayores y un hermano, al igual, rotos y vacíos en muchos aspectos.

Como ella, abuelos, padres, hijos, madres, hermanos de personas que conozco, que aprecio, que admiro o simplemente esos extraños entrañables que nos han dejado demasiado pronto y culpa de un extraño elemento que nos ha cambiado la forma de vivir.

Lo que fue extraño al principio hoy se ha traducido en miedo para creo, la mayoría de nosotros. Aunque seguimos tratando de desafiar al mundo y culpando a las autoridades, seguimos reuniéndonos, saliendo, usando mal y peor el cubrebocas. Incluso algunos, hasta aún dudando que el Covid sea real. No hay peor pecado que ignorar la propia razón, lamentablemente.

Seguimos creyendo que el color de un semáforo social y en que la pandemia podría acabar por decreto. Seguimos, con justa razón, temiendo el colapso de la economía como le ha sucedido a miles de familias durante este tiempo.

Debemo seguir trabajando, debemos seguir saliendo a comprar alimentos, debemos seguir tratando de que nuestras hijas e hijos no terminen locos con la ausencia de sus pares.

Las escuelas necesitan funcionar, pero más que ello, nuestros hijos necesitan a sus amigos, compañeros, a sus primos, a los pares de los que aprenden este juego de vida.

¿Pero cómo arriesgarlos a contagio? está en juego su salud física y lamentablemente su salud mental. La generación Covidiana que sufrirá en el futuro, pero al menos, tendrán futuro.

César, el compañero que partió, no podrá ser abrazado de nuevo por los suyos. Su hermana tampoco. Miles de personas tampoco. Se nos han ido como el humo, así, de fácil, muchos de ellos, sin saberlo siquiera. Pero insistimos en que por sí solas, las cosas mejorarán.

No lo harán. El mundo no será igual si no entendemos que debemos ser responsables no sólo por los extraños, los entrañables y los que amamos y queremos, sino por nuestra propia vida.

En una de sus mejores letras, el compositor Auté reflexiona «Decir espera es un crimen, decir mañana es igual que matar, ayer de nada nos sirve, las cicatrices no ayudan a andar», la canción es De Paso; con ese pedazo de una gran obra, se resume la gran pérdida de oportunidades que estamos dejando como humanos, como personas, como familias.

Amémos, hablemos, querramos hoy antes de que no se pueda más. Abracémonos con distancia pero con verdad.

El asunto es simple, todos aquellos extraños entrañables deben ser parte de nuestra conciencia como sociedad, como humanidad.

Hagámoslo por César, por su hermana, por los tuyos, los mios, los de todos. Cuidémonos cómo es debido porque cada muerte ajena y propia nos está dejando sin sonrisas por las calles, por las oficinas, por las casas, por las tiendas, por cualquier lado donde personas extrañas pero irrepetibles ya no están ni estarán.

A tí, mi extraño y entrañable César, a su hermana, a sus familias, a ustedes les debo y siempre les deberé una sonrisa ajena, extraña, pero siempre entrañable.