Nueva corrección política vs libertad de expresión

Recién platicaba con Daniela, mi hija, más involucrada en los Derechos de Minorías y aunque normalmente estamos de acuerdo me hizo reflexionar en el exceso que puede darse en la corrección política del lenguaje. Hablábamos del uso de la “e” para salvaguardar a quienes aún no toman una definición sobre sus preferencias o su identidad. Ahí empezó el problema, pues considero que el lenguaje sufre demasiadas distorsiones y que no faltarán las equivocaciones para quien no estime conveniente que le ubiquen en un sentido neutral o indefinido.

La corrección política, una nueva forma de censura, ha llegado para quedarse, ha señalado Darío Villanueva. Esta es una censura perversa para la que no estábamos preparados, pues no la ejerce el Estado, el Gobierno, el Partido o la Iglesia, sino estamentos difusos de lo que denominamos sociedad civil. Esta corrección política explica el director de la RAE, dinamita el ideal filosófico que la enseñanza universitaria debería alentar: el regir nuestras conductas no exclusivamente por los sentimientos, los prejuicios o las pasiones, sino por la racionalidad, atributo privativo de nuestra especie. Tanto la corrección política como la posverdad -tienen que ver fundamentalmente con el uso de esa facultad privativamente humana que es el lenguaje, y con las lenguas a través de las cuales se manifiesta dicha capacidad. La corrección política hace derivar la expresión recta de los hechos y las opiniones hacia el circunloquio y el eufemismo. En cuanto a la posverdad, el problema está en la correlación entre los enunciados y la realidad de las cosas-. Villanueva, citando 1984, la obra de George Orwell, ha recordado cómo junto a las palabras de uso más común, ajenas a la abstracción o la ideología, que siguen procediendo de la denominada viejalengua, y aparte del vocabulario científico-técnico, considerado aséptico, el tronco principal del éxito de la neolengua lo forman palabras construidas con fines políticos, para dirigir y controlar el pensamiento de los hablantes. -Orwell se inspira para todo ello en las experiencias totalitarias de regímenes como el fascismo mussoliniano o el nazismo-.

A la RAE se le acusa una y otra vez de agraviar a individuos o grupos simplemente por incluir palabras consideradas ofensivas por ellos, palabras que existen en el uso del idioma y están ampliamente documentadas por escrito; palabras que la RAE no ha inventado, sino simplemente recogido de la lengua soberana creada y utilizada por los hablantes, ha explicado el director de la Academia. Por todo ello, ha aclarado Darío Villanueva, -expurgar el Diccionario para hacerlo seráfico y biempensante no dejaría tampoco de ser una reiterada expresión de una nueva forma de censura difusa, no impuesta por el Estado, el Partido o la Iglesia, sino por la etérea instancia que decreta lo políticamente correcto-.

Dentro de los derechos humanos, ha abundado Juan Luis Cebrián, director de El País, la libertad de expresión es uno de los que relucen con más fuerza y uno de los que están más amenazados por el poder político, por las nuevas tecnologías, por la globalización, etc. Sobre la libertad de expresión hay mucho que decir en nuestro México pues la censura que ejercemos involuntariamente cuando hacemos uso de la corrección política, no sólo va creando eufemismos y distorsionando el lenguaje que siempre ha pasado de boca en boca, sino que, también se da al traste con el ingenio, la creatividad, la expresión artística a través de la literatura con sus construcciones que no tienen por qué reparar en esa corrección que tal vez en un discurso diplomático sea bienvenida, pero que afean y violentan la libertad de expresión.

Si se obliga a desaparecer palabras que pudieron resultar ofensivas para algún grupo mayoritario o minoritario que las reciba en sentido peyorativo, estaremos regresando a una sociedad dogmática y adoctrinada de forma autoritaria casi sin darnos cuenta. El humor, como una expresión de nuestra o de cualquier cultura, difícilmente podrá sobrevivir a la corrección política que poco a poco permea nuestras sociedades imponiéndose de unos hacia otros, corrigiéndonos a veces con un gesto despectivo, una perorata, algún grito o hasta una demanda. Piense usted en lo ridículo que se ve a la FIFA, a la FMF y a los árbitros de fútbol suspendiendo las acciones de un partido porque algún grupo se atrevió a gritar ¡puutoo! -Dios nos ampare, vade retro satanás-.

En este contexto de la nueva corrección política, surge un nuevo término, -Interesante a la vez que preocupante: la posverdad-. Como ha recordado Villanueva, la palabra se incorporó a finales de 2017 como neologismo en la primera actualización del Diccionario de la lengua española. Para definir posverdad, ha explicado, se partió de la idea de toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público; como una distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.

PEDRO OLVERA /. Retruécanos / San Luis Potosí, S.L.P. / Septiembre. 18 de 2021.