El Principito, una esperanza

Hay obras literarias que nos marcan para siempre, quizá porque nuestras primeras aproximaciones a los libros fueron historias que hicieron imaginarnos los mundos que ahí se contaban, con la sencillez y lenguaje cálido de quien las escribió. Tal es el caso del francés

Antoine de Saint-Exupéry, quien nos presentó al Principito en nuestra tierna infancia; pocos saben que este hombre, huérfano de padre antes de cumplir un lustro, estudió en Suiza y además del periodismo y la pluma, fue piloto aviador y sirvió a su país, aunque también fue un duro crítico del General Charles de Gaulle, lo que no le impidió vivir años felices en Argentina al lado de Consuelo, una mujer salvadoreña quien fue el gran amor de su vida, hasta el día de su fatídica muerte que le encontró piloteando su avión y cumpliendo con su deber. Es muy probable que Antoine de Saint-Exupéry sea el mismo piloto que cuenta la historia del Principito, a quien conoció en el desierto del Sahara luego de un accidente con su avión, y que ese pequeño niño ataviado con ropajes propios de las cortes reales, no sea otro más que el mismo Antoine quien luego de su percance tuviera un encuentro consigo mismo que le permitió apreciar y luego escribir lo realmente valioso de la vida. Y es que que el Principito es un personaje intemporal, que hecha a volar la imaginación en la niñez, pero es un golpe de realidad para la vida adulta, pues todos los personajes que conoce el Principito, encierran un mensaje para cada momento de la vida; un zorro le enseña el valor de la amistad y le recuerda que “lo esencial es invisible a los ojos”,  la flor, esa Rosa que tanto cuida el Principito bien puede representar el amor en todas sus manifestaciones, inlcuido el amor propio; pero también conocerá a la serpiente que se asemeja en algunos aspectos al satanás del Génesis, pues es venenosa y tiende a engañar, por su parte el vanidoso, el borracho y el rey pueden ser los vicios que apartan al ser humano de las virtudes, pero también se presenta la esclavitud de la modernidad disfrazada de trabajo, representada por el farolero y el hombre de negocios, el primero que actúa casi mecánicamente y el otro pasa su vida generando dinero, mientras la existencia de ambos pasa y se agota día con día sin disfrutar su vida. Estos personajes, son hasta divertidos en la lectura pueril de la infancia, pero se llegan a comprender hasta avanzada la vida adulta. Antoine de Saint-Exupéry y su obra son un claro ejemplo de que las flores emergen de los sitios y en los tiempos más adversos, es una historia de amor por la humanidad destinada a estimular la imaginación de la infancia que padecía la crudeza de la guerra, pero también fue un mensaje a esos adultos en los que se convertirían esos niños hijos de la guerra. Hoy, los tiempos no son tan distintos, en Europa el jinete de la guerra cabalga a todo galope impulsada por el Zar de la nueva Rusia, en América Latina Nicaragua sufre la opresión de un régimen que tortura, persigue y encarcela. En México, el terror que impone el crimen organizado cuando menos desde hace ya quince años parece no tener fin, feminicidios, homicidios, desapariciones día con día. Estas guerras declaradas o no, han dejado y dejarán miles de niños en la orfandad, en un mundo en el que pareciera que la maldad y la miseria humana avanzan sin control, donde el planeta y sus recursos se agotan, falta el agua y también falta mucho más el amor al otro. Si una enseñanza nos deja el Principito de Saint- Exupéry es que el rescate de la humanidad comenzará en la infancia, en que cada niña y niño de este planeta y de este país, no pierdan su pequeña cajita, esa, como la del Principito, que permita imaginar primero y (re)construir después nuestra civilización. Excelente lunes. Los sigo leyendo en este correo: jorgeandres7826@hotmail.com

@JorgeAndresSLP

JORGE ANDRÉS LÓPEZ ESPINOSA / Mano Izquierda / San Luis Potosí, S.L.P. / Agosto 1 de 2022.