Crónica de una transición anunciada

  • ** Crónica de una transición anunciada.
  • ** Historia de uno de los primeros cambios de sexo en los documentos universitarios en S.L.P.

La primera vez que escuchó el nombre de Fernanda fue a inicios de este milenio, cuando era muy pequeña. Estaba en el kínder y, como todos los niños, apenas aprendía a hablar, pero también a escuchar. El kínder es esa época donde cada día un mundo nuevo se abre a los pequeños ojos que lo contemplan; a esas edades, los niños se maravillan por palabras nunca antes escuchadas por sus tiernos oídos. “Ferrocarril” con la fuerza vibrante de sus dobles erres se presenta frente a ellos como un correcaminos imposible de alcanzar o “parangaricutirimícuaro”, palabra laberíntica y misteriosa, deja pasmados los rostros de los diminutos oyentes. Sin embargo, de entre todas las palabras aprendidas y por aprender, hubo una que marcó al entonces pequeño José: “Fernanda”.

Fernanda era una de sus compañeras con las que se identificaba, acaso por su amabilidad, inteligencia o simpatía. El hecho es que la admiración que le inspiraba la portadora de ese nombre hizo que conservara esa palabra en el relicario de su pequeño corazón. Ya en la secundaria, otra experiencia similar le confirmó su vínculo con esas 8 letras: sin saberlo, aquella chica que envidiaba por la libertad con la que se paseaba entre los pasillos como si fuera ajena a todo reproche adolescente también se llamaba Fernanda.

Es así como, poco a poco, José fue encontrando en ese nombre un conjuro de magia capaz de protegerlo secretamente de la incomprensión del mundo, de la segregación cisexista y del vituperio colectivo. Su palabra mágica, en lugar de sacar un conejo del sombrero, hacía aparecer, debajo de las expectativas sociales, su verdadero ser.

Pasaron los años y José nunca dejó de recitar esa palabra. Lo hacía en voz baja en su cuarto: Fer-nan-da. Fer-nan-da, tres sílabas que acariciaban como dedos sus cabellos haciéndola sentir en casa pese a los problemas familiares. Una vez que cumplió los 18 años, y después de que una voz la despertara de un intento de suicidio llamándola Fernanda, decidió dejar de susurrar y comenzó a gritar el nombre e identidad que tomaba por verdaderos. Gritar, porque no le dejaban otra opción las personas que, ya sea por genuina confusión o altiva intransigencia, se negaban a aceptar que la persona que tenían delante era la misma que en sus documentos oficiales. Y es que, para bien o para mal, este mundo se rige por documentos. Certificado de nacimiento, de casamiento, de enterramiento… ¡Cuánto certificado para tan poca vida! Por si fuera poco, el nombre no era el único problema, pues Fernanda modificó su expresión de género: se dejó los cabellos crecer, cambió de guardarropa y, por lo tanto, sus fotos oficiales tampoco correspondían con ella.

El limbo ontológico en el que se encontraba era insostenible y dejaba sus derechos en un estado de vulnerabilidad angustiante, por lo que, motivada por algunos de sus amigos más queridos: Mauricio y Olympia, decidió luchar por su existencia jurídica. Fernanda comenzó a frecuentar espacios donde encontró a otras personas marginadas del reino de los papeles; con el colectivo Diversidad sin Límites, llevó a cabo diversas acciones con el fin de exigir que la rectificación del acta de nacimiento por cambio sexo-genérico se efectuara en San Luis. En realidad, Fernanda no exigía algo fuera de este planeta, ya que a tan solo cinco horas de ahí, en la Ciudad de México, desde hace años que los capitalinos podían cambiar su identidad en el Registro Civil después de obtener la aprobación de un juez. No obstante, para las personas que vivían en otro estado como Fernanda, realizar el trámite en la capital implicaba un gasto importante de dinero y de tiempo. En efecto, las personas no residentes en la CDMX, se veían obligadas a interponer una demanda de amparo y a hacer frente a una mayor carga de trámites administrativos costosos y revictimizantes.

Finalmente, gracias al activismo de los colectivos LGBT y a la voluntad política, el 17 de mayo de 2019, el Poder Ejecutivo de San Luis Potosí modificó el Reglamento interno del Registro Civil con el fin de poder rectificar las actas de nacimiento y las CURP por cambio sexogenérico. Este procedimiento era equiparado a una mera enmienda administrativa y podía prescindir de la aprobación tanto del Poder Legislativo como del Judicial. De este modo, las personas trans potosinas lograron una victoria histórica en el reconocimiento de sus derechos. Sin embargo, para Fernanda, que se encontraba entonces en el último año de la carrera, tan solo esa fue la primera batalla.

A pesar de que su Acta de Nacimiento, su CURP y su INE habían sido ya actualizados, la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí afirmaba que, para que su cédula profesional y su título salieran con el nombre de Fernanda, era necesario que el certificado de Bachillerato indicase también ese nombre. No obstante, la situación era delicada, ya que tenía que hacer este trámite en menos de 3 meses debido a que había tardado más tiempo de la cuenta en acabar las asignaturas y el límite para titularse es de 14 semestres. Por lo tanto, Fernanda tenía que elegir entre ser dada de baja o tener sus documentos de titulación con un nombre con el que no se identificaba.

Por lo tanto, Fernanda tuvo que buscar desesperadamente tiempo a pesar de su precario trabajo para poder acudir a la sección de Bachillerato de la Universidad del Valle de México (UVM), donde había cursado su preparatoria. Ahí le informaron que tenía que traer, a su vez, el certificado de secundaria modificado. Una vez que consiguió modificar el certificado de secundaria e incluso el de primaria, volvió a la UVM. Sin embargo, le comenzaron a dar largas, algunos de los trabajadores se comportaban de manera un tanto grosera y hasta el rector de entonces, aunque aceptara iniciar el trámite, le expresó su desacuerdo personal.

Por si fuera poco, un mal día le abrieron su vetusto carro y le robaron todo lo que encontraron, incluido el certificado de bachillerato que ya ni siquiera metía a su casa por todas las vueltas que la UVM le hacía dar. Aún así, con gran ira e impotencia, siguió buscando la manera de conseguir su objetivo. Finalmente, y debido a que ya no contaba con el certificado y la UVM no parecía ceder, optó por ir directamente al área jurídica de la SEP en la CDMX.

Es así como, un buen lunes, tomó los únicos 900 pesos que tenía y se subió a uno de los autobuses que parten de la Alameda y que usan principalmente vendedores. Estos autobuses, a diferencia de los que salen de la Terminal Terrestre Potosina, son más económicos pero son muy incómodos y tardan más en llegar.

Justamente ese largo trayecto hizo que, una vez en la CDMX, Fernanda tuviera que correr para intentar llegar al área jurídica antes de las 15 horas, su hora de cierre. Jadeante y escurriendo sudor, se encontró con la puerta cerrada. No obstante, logró hablar con una vigilante que le informó que el trámite que deseaba hacer únicamente se realizaba los lunes, martes y jueves. Fernanda, que solo contaba con el dinero para el pasaje de regreso y ante la imposibilidad económica de volver a la CDMX otro día, decidió quedarse ahí.

Llamó a unos cuantos amigos que vivían en la capital con la esperanza de encontrar posada, pero por diversas razones ninguno podía. “Lo siento mucho, Fer, pero el señor que me renta el cuarto vive en la misma casa y nos prohíbe hospedar personas. Ten, al menos te he traído algo de cenar”, le dijo uno mientras paseaban ambos en el “Tianguis disidente” al anochecer, lugar emblemático de la comunidad trans ubicado en la Glorieta Insurgentes. Así, la única opción que le quedaba era dormir en esa misma glorieta. Fernanda, valiente y resolutiva, decidió pasar la noche ahí. Entre los ronquidos omnipresentes de la ciudad gigante y las sombras polimorfes acechantes, consiguió regatear unas cuantas horas de sueño para sus ojos.

Al día siguiente, Fernanda volvió a presentarse en el área jurídica de la SEP, pero para su desgracia le hicieron saber que únicamente los jefes, que solo están los lunes, pueden decidir sobre esos asuntos. Sin embargo, ella no podía volver a San Luis, ya que para cuando juntara de nuevo el dinero para otros boletos sería demasiado precipitado y correría el riesgo que la Universidad la diera finalmente de baja. Además, conociendo la burocracia, ella era consciente de que este no sería el último problema y que diversos obstáculos aún por descubrir la esperarían; sabía que, si volvía, perdería toda oportunidad de conseguir que su tan ansiado título universitario llevara su nombre. Tantos años y penurias superadas como para que el documento que la certificaba como licenciada en historia perteneciera a otra persona, pensaba para sí. Por esta razón, resolvió con estoicismo quedarse en la CDMX, pasara lo que pasara…

A medio día se quedó de ver de nuevo con su amigo en la Glorieta Insurgentes. Ambos comían algo que él había traído cuando dos sujetos irrumpieron su conversación. “Hola, ¿eres tú la nueva? ¿Oye, te quedarás a dormir esta noche también? Lo que pasa es que hemos escuchado que hay unas personas que te vendrán a visitar para hacerte compañía porque eres muy bonita”.

Ante esta amenaza, Fernanda no tuvo más remedio que buscar un refugio que le habían recomendado. “Está muy lejos y no siempre tienen lugar, pero deberías intentar”, le dijeron. En efecto, la casa hogar Paola Buenrostro se encontraba en el cerro de Cuautepec, por lo que no fue fácil llegar. Sin embargo, tuvo la suerte de que la aceptaran siempre y cuando cumpliera con las reglas del lugar: ayudar en la cocina, limpiar el baño, etc. Al pasar los días ahí fue conociendo a algunas personas que padecían graves enfermedades y cuyo aspecto físico estaba en total deterioro. Como muchas de ellas no sabían leer ni escribir, Fernanda se dio a la tarea de enseñarles un poco durante su estancia.

Cuando por fin llegó el día en que la recibirían en las oficinas de la SEP, Fernanda entregó los documentos con los que contaba y le dijeron con tono esperanzador que regresara en 60 días hábiles. No obstante, cuando llegó la fecha sus ilusiones se desvanecieron pues lo único que recibió fue un exhorto dirigido a la Dirección General de Bachillerato (DGB) y no su certificado rectificado. Sin embargo, la DGB, a su vez, le dijo que todo lo tenía que resolver en la UVM, haciendo que sus penurias fueran en vano. Aun así, al regresar a San Luis, se apersonó en su antigua preparatoria y presentó el papel obtenido en la SEP. Sin embargo, tratándose de un exhorto hacia otra institución y no de una orden explícita para la UVM, esta se negó nuevamente a expedir el certificado. Fernanda, agotada, sin dinero ni esperanzas, no veía la manera de ganar la guerra burocrática. No le quedaba nada más por hacer, pues de cualquier modo ya habían pasado varios meses en vano y el plazo de la Facultad era inminente e inapelable.

A inicios del mes de diciembre de 2021, con un giro caprichoso del destino y gracias a un contacto, Fernanda y una de sus amigas consiguieron una cita para exponer su historia ante funcionarios de la Universidad quienes escucharon con asombro todos los periplos por los que tuvo que pasar y, con gran empatía, terminaron dando la indicación desde Servicios Escolares de que todas las Facultades modificaran los documentos estudiantiles de las personas trans de acuerdo con el sexo y nombre con el que se identifican requiriendo únicamente el acta de nacimiento y sin necesidad de cambiar el certificado de bachillerato. Casi al mismo tiempo, la Defensoría de Derechos Universitarios llevaba los casos de otras dos personas trans a raíz de los cuales emitió la Recomendación General No. 3, documento paradigmático donde se abogaba a favor de expedir a dos personas su título universitario teniendo en cuenta el cambio sexo genérico que habían realizado en su acta de nacimiento y CURP. Todo esto hizo que la UASLP fuera una de las primeras universidades en simplificar este tipo de trámites.

Es así como Fernanda pudo finalmente obtener su carta de pasante con su nombre. Si bien el camino estuvo lleno de dificultades, peligros y sufrimiento, en el fondo ella siempre supo que no podía rendirse, después de todo, el nombre que seleccionó no fue por nada: pues Fernanda, de origen germánico, justamente significa “valiente”.

Profesor. Université Le Havre-Normandie.

jl.espericueta@outlook.com

JOSÉ LUIS ESPERICUETA / Le Havre, France / Mayo 1 de 2022.