Agosto: mes de anticonceptivos y bombas nucleares


Es sumamente curioso el hecho de que en varios países el 3 de agosto sea reconocido como el Día de la Planificación Familiar: justo unos días antes de la conmemoración de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki —6 y 9 de agosto respectivamente—. Es posible que a primera vista no se distinga la relación, pero la densidad demográfica y las bombas llevan ya varias décadas sirviéndose mutuamente como metáforas. Quizá el primero en identificar el vínculo que comparten fue uno de los participantes en el Proyecto Manhattan: Leo Szilard.

En efecto, el afamado científico y colega de Einstein, después de la destrucción de las ciudades japonesas a manos de los Estados Unidos, se dedicó a analizar las terribles consecuencias mundiales que traería el constante incremento demográfico y el modo de poder evitarlas. Se cuenta que la convicción de Szilard sobre los beneficios de los anticonceptivos era tan firme que incluso aseveraba que constituían la clave para evitar recurrir nuevamente a la bomba que él mismo había ayudado a crear.

Asimismo, Paul R. Ehrlich y Anne H. Ehrlich en 1968 volvían a equiparar el crecimiento poblacional con el potencial destructivo que posee una bomba nuclear. El título de su obra más conocida, convertida en best-seller, no dejaba lugar a dudas sobre esta relación. En The Population Bomb, los autores con un tono alarmista aseguraban que la gestión inadecuada de la natalidad traería como resultado una serie de calamidades climáticas, alimentarias y bélicas a escala global. De hecho, Paul Ehrlich ha mantenido esta postura a lo largo de los años y ha llegado a manifestar en alguna ocasión que “tener más de dos hijos es egoísta e irresponsable”.

Es así como nos encontramos cada vez más con la idea de que la sobrepoblación es una de las principales culpables de la adversa situación mundial y, por lo tanto, no procrear comienza a ser tomado como un símbolo de coherencia ecologista. Esto es fortalecido gracias, entre otras cosas, a diferentes estudios que hacen énfasis en las acciones individuales para mitigar el cambio climático y que señalan que tener pocos hijos o ninguno ayuda más al planeta que reciclar la basura o no usar el automóvil, por ejemplo.

De esta forma los métodos anticonceptivos pasan a ser considerados beneficiosos tanto individual como colectivamente. En realidad, esta doble “bondad” fue vista desde inicios del siglo XX por Margaret Sanger, pionera en la defensa del uso de anticonceptivos. En su revista, The Birth Control Review, Sanger escribía que el control de la natalidad no solo significaba un avance en términos de derechos reconocidos a las mujeres, sino también a nivel social en la medida en que facilitaba el progreso al evitar la pobreza de las familias. Por este motivo, no es difícil identificar en la activista estadounidense su adhesión al ideario neomalthusiano, el cual influiría fuertemente el paradigma de las primeras políticas poblacionales.

Al respecto, cabe recordar que la asociación entre natalidad y desarrollo económico vertebró gran parte de la idiosincrasia del siglo XX, haciendo que en los medios de comunicación de diferentes países se escuchara hasta la saciedad frases como “la familia pequeña vive mejor”, “si somos menos tendremos más” o “menos reproductivas y más productivas» —tal como ocurría en México en la década de los setenta—.

No fue hasta finales de siglo que los gobiernos comenzaron a hablar de salud sexual y reproductiva. Sin embargo, parece ser que en el imaginario colectivo ha subsistido la creencia de que aquellos grupos de población que se encuentran en situación de pobreza lo están debido a una irrefrenable tendencia reproductiva. Así lo ha dejado ver Emmanuel Macron en una conferencia del G20 en el 2017 cuando se le preguntó acerca de la posibilidad de que Europa aumentara la ayuda económica a las naciones africanas, a lo que contestó que “cuando los países todavía tienen de siete a ocho hijos por mujer, usted puede decidir gastar miles de millones de euros, pero no estabilizará nada”. Si bien estos comentarios le fueron muy criticados al presidente francés, no faltó quien le concediera cierta veracidad. Este fue el caso del filósofo Peter Singer que en un artículo defendió la necesidad de “repensar el tabú del control poblacional”.

De este modo observamos que las voces que abogan por limitar la procreación pueden incrementarse e incluso alcanzar tonos de lo que se conoce como ecofascismo. En otras palabras, la recriminación hacia aquellas personas que tengan más de una cantidad “razonable” de hijos, corre el riesgo de agravarse a causa del desesperanzador panorama ecológico y sanitario. En cualquier caso, las mujeres son quienes —evidentemente— se llevarían la peor parte, no solo porque casi la totalidad de los anticonceptivos son exclusivos para ellas, sino porque son quienes sufren los efectos secundarios de estos. Por esta razón, es urgente la materialización de las demandas en torno a una genuina salud sexual y reproductiva.

En este sentido, es importante mencionar que las personas que consideran a la no-procreación como la medida ecológica más eficiente y consecuente, suelen olvidar que no todos los individuos en el mundo producen la misma huella de carbono. Además, ignoran que sus convicciones pueden allanar el camino a otros intereses de carácter racista, aporofóbico o machista. No obstante, parece como si algunos de los partidarios de la antinatalidad encontraran en la no-procreación cierta tranquilidad de conciencia, pues ya no tienen que preocuparse por reestructurar un nuevo modelo económico y de humanidad: basta con culpabilizar a la mujer migrante, africana o a cualquiera que cargue con el estigma de ser “muy reproductiva y poco productiva”. Tal vez sea posible encontrar una versión radical y violenta de este tipo de reproche en la anticoncepción forzada que han sufrido diversos grupos vulnerables, como los indignantes casos de mujeres indígenas de América Latina durante los siglos XX y XXI.

Sin embargo, frente a la contaminación y escasez de recursos, es posible que otros prefieran simplemente mantener la ingenua esperanza de irse a vivir a otro planeta. Después de todo, estos últimos meses algunos multimillonarios como Elon Musk, Richard Branson y Jeff Bezos (todos con más de 2 hijos, Musk con 6), han avanzado en sus proyectos espaciales, quizá con el sueño de colonizar Marte y prescindir así de nuestra amada y maltratada Tierra.

JOSÉ LUIS ESPERICUETA / Opinión / Lille Francia / Agosto 3 de 2021.

José Luis Espericueta
Abogado, especialista en bioética.
jl.espericueta@outlook.com