El abuso superlativo de la palabra «pueblo»: entre la promesa discursivas de lo digital y, la realidad del olvido.
En la retórica política moderna, la palabra «pueblo» se ha convertido en el comodín perfecto. Se pronuncia con vehemencia en los pódiums, se imprime en propaganda brillante y se condensa en modernos códigos QR que prometen acceso instantáneo a un futuro brillante. Nos venden la idea de que con un simple escaneo, el ciudadano tendrá en sus manos el bienestar que por décadas se le ha negado. Sin embargo, detrás de la pantalla y la narrativa épica, la realidad sigue siendo la misma: una estafa envuelta en lenguaje popular.
Las carencia se suman a cada momento y la atención a las personas, se empobrece cada día más.
El verdadero problema no es solo la promesa no cumplida, sino la reiteración del abuso. Se promete de todo a sabiendas de que no se entregará nada. Se instrumentaliza las necesidades de la gente, bautizando cada programa con el apellido de «del pueblo» para blindarlo de críticas. Pero ponerle esa etiqueta a un proyecto no lo hace eficiente ni real. No se habla más delos 15 mil millones de pesos de SEGALMEX que Lòpez Obrador aceptó que sería la mancha de su gobierno pero, y los alrededor de los 600 mil millones de pesos de los que se habló desde los primeros momentos de haber descubierto oficialmente, lo que ya se sabía, el delito de huachicol.
El costo humano del discurso
Donde más duele esta distancia entre el discurso y la realidad es en los pilares fundamentales de cualquier sociedad: la salud y la educación. Todo el dinero que se llevaron y nunca regresó, ¿donde esta? ¿No debería estar en tantas necesidades del “pueblo”? a lo que tanto se defiende pero se traiciona con las acciones.
En salud: Prometer servicios de primer nivel a través de un código QR o un folleto no cura a un enfermo. Los centros de salud sin medicamentos, las citas pospuestas durante meses y la infraestructura deficiente no se solucionan con retórica. El «pueblo» al que tanto evocan es el mismo que tiene que hacer filas desde las cuatro de la mañana o gastar lo poco que tiene en farmacias privadas.
En educación: Las promesas de modernidad y cobertura universal se quedan en las pantallas de los discursos. Mientras se anuncian plataformas y promesas digitales, miles de aulas siguen careciendo de servicios básicos, agua potable, internet o maestros bien remunerados. Se promete una educación del futuro a una niñez a la que se le niega el presente y solo se le da ideologías doctrinarias.
El ciclo incesante de la promesa
¿Hasta cuándo se puede seguir abusando de la confianza popular? El modelo parece claro: prometer en campaña, justificar el fallo durante la gestión, culpar al pasado y volver a prometer en la siguiente elección. La tecnología y los códigos QR cambian la forma del empaque, pero el contenido sigue estando vacío.
El verdadero respeto al pueblo no se demuestra nombrándolo en cada frase, sino garantizando que un niño tenga una escuela digna y que un adulto mayor reciba su medicina a tiempo. Es hora de dejar de escanear promesas y empezar a exigir resultados.
¿Y tu que vas hacer?
@jaimechalita
JAIME CHALITA ZARUR / Espacio de Reflexión / San Luis Potosí, S.L.P. / Octubre 18 de 2026.

