- ** Entre el cansancio del magisterio, el hartazgo social y la esperanza que aún resiste en las aulas.
- ** Las protestas escalaron.
- ** La Escuela Normal Rural de San Marcos.
- ** Hoy, Zacatecas es espejo de México.
En Zacatecas, la educación se ha vuelto noticia cotidiana. Desde principios de noviembre, las calles, carreteras y casetas del estado se han llenado de maestros, normalistas y padres de familia que, entre consignas y pancartas, reclaman algo más que un salario: reclaman respeto, claridad y dignidad. Lo que inició como una exigencia por pagos atrasados se convirtió en una radiografía de la fragilidad institucional que sostiene a nuestro sistema educativo.
El lunes 3 de noviembre, la Sección 58 del SNTE lanzó la primera alerta: los pagos retenidos y la falta de transparencia ponían en riesgo el cierre del ciclo escolar. Días después, la Sección 34 se sumó, unificando fuerzas y convocando marchas y bloqueos. Mientras tanto, en Jerez, padres de familia tomaron la primaria La Tipo por la ausencia de maestros, y en Loreto, los jóvenes de la Escuela Normal Rural de San Marcos bloquearon el bulevar metropolitano exigiendo becas, alimentos y respeto a su formación.
Las protestas escalaron: cierres en la caseta de Calera, paso libre en carreteras, megamarchas en el Centro Histórico. Durante varios días, el corazón de la capital fue tomado por el magisterio. Miles de maestros, acompañados de estudiantes y familias, caminaron bajo el sol entre Plaza de Armas y Ciudad Administrativa. Los comercios cerraron, el turismo se paralizó y el eco de las consignas rebotó entre las viejas fachadas coloniales como una plegaria cívica: “Educación en crisis, gobierno sin palabra.”
Pero más allá del ruido y la incomodidad urbana, hay una lectura profunda que no podemos soslayar. Como psicólogo y educador, veo en esta crisis una herida emocional colectiva: niños sin clases, padres confundidos, maestros agotados, comunidades rurales que sienten que el Estado los ha olvidado. La educación no sólo se interrumpe cuando se suspenden las clases, también se resquebraja cuando se pierde la confianza entre quienes enseñan, quienes aprenden y quienes gobiernan.
La Escuela Normal Rural de San Marcos, símbolo de la educación pública con raíz social, nos recuerda que los futuros maestros también padecen la precariedad que después tendrán que enfrentar en sus aulas. Si ellos, los formadores del mañana, deben marchar por una comida digna o una beca, algo muy hondo se ha roto en el pacto educativo nacional.
Y, sin embargo, en medio de la fatiga y el desencanto, todavía persiste una luz. La dignidad del maestro que marcha no sólo defiende su salario, sino su vocación. La madre que acompaña la protesta no sólo reclama clases para su hijo, sino respeto por su derecho a aprender. Y el estudiante que alza la voz no lo hace contra la educación, sino por ella.
El reto, entonces, no es sólo administrativo o presupuestal. Es profundamente humano. Requiere reconstruir la confianza entre Estado, magisterio y sociedad; devolver a la escuela su papel de espacio de encuentro, no de fractura. Porque cuando un país pierde la fe en su educación, comienza a desdibujarse a sí mismo.
Lo que estamos viendo en Zacatecas no es sólo un conflicto sindical ni una disputa por nóminas: es el reflejo más nítido de un sistema educativo que se ha desfondado emocional y moralmente. Las marchas, los bloqueos, las consignas que retumban en el Centro Histórico y en las casetas no surgen del capricho, sino del cansancio acumulado de miles de maestros que, entre aulas deterioradas y sueldos inciertos, siguen sosteniendo con dignidad el futuro de la niñez. La Escuela Normal Rural de San Marcos, con sus jóvenes marchando bajo el sol por becas y alimentos, representa la herida más profunda de esta crisis: la educación a quienes educarán también está en riesgo.
Como psicólogo, no puedo dejar de pensar en el costo emocional de esta fractura: familias desorientadas, alumnos que pierden ritmo y maestros que se debaten entre su vocación y la desesperanza. La escuela, ese espacio que debería ser de encuentro y crecimiento, se ha convertido en campo de batalla. Y, sin embargo, en medio de la protesta y el cansancio, aún late la fe en que educar sigue siendo un acto de resistencia.
Quizá el reto no sea sólo resolver los adeudos o devolver la normalidad a las clases, sino recuperar la confianza entre Estado, magisterio y sociedad. Porque una sociedad que da la espalda a sus maestros, renuncia también a su porvenir. Y hoy, en las calles de Zacatecas, la educación marcha —no sólo por derechos laborales— sino por la dignidad de enseñar y por el derecho de aprender.
Hoy, Zacatecas es espejo de México: un territorio donde la educación marcha por las calles, recordándonos que enseñar sigue siendo un acto de resistencia y de amor. Y que aun en medio del caos, la esperanza —esa maestra silenciosa— sigue escribiendo su lección más importante: sin justicia para los que enseñan, no habrá futuro para los que aprenden.
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VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 13 / noviembre / 2025.

