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Crónica de una Autonomía Anunciadamente Asesinada.

 

*** La sorpresa no fue el resultado, sino que aún haya quien se sorprenda.

*** “el que se mueve no sale en la foto”.

*** “Honorabilidad a modo”.

*** “Luchamos por la justicia real, pronta y con perspectiva de infancia”. La Fiscalía.

 

  1. Elecciones universitarias: del voto al dedazo técnico

Las elecciones en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) han concluido. ¿Y quién ganó? La respuesta parece fácil, pero en realidad es un acertijo digno del realismo mágico: ganó el de siempre, perdió la comunidad y sobrevivió —una vez más— la maquinaria. La jornada, salpicada de indignaciones digitales y chismes de pasillo, resultó ser una obra perfectamente orquestada. Todo parecía espontáneo… como un aplauso grabado.

La sorpresa no fue el resultado, sino que aún haya quien se sorprenda. Ya lo decía el viejo PRI: “el que se mueve no sale en la foto”, y aquí todos se alinearon para salir bien encuadrados. A estas alturas, lo que queda del ideal universitario está encapsulado en cápsulas de melatonina que algunos toman para dormir tranquilos tras votar a conciencia.

Pero la verdadera pregunta no es quién ganó, sino qué perdió la universidad. Y todo apunta a que podríamos estar firmando el acta de defunción de su autonomía. Sinaloa ya fue despojada de la suya. Zacatecas, en su inercia obediente, parece calentar en la banca. La autonomía universitaria, ese baluarte que tantos defendieron con pancartas y credibilidad, hoy se ve negociada en lo oscurito, con firma digital y sello institucional.

Y aquí emerge con olor a rancio el “salinismo académico”: aquel fenómeno donde la simulación y el control vertical reemplazan al diálogo y la crítica. Donde los rectores no se eligen: se designan con un algoritmo disfrazado de elección. La comunidad universitaria, reducida a una masa amorfa de “participantes” que asumen su papel de figurantes sin diálogos.

  1. Honorabilidad a modo: el rector absuelto (pero no exonerado)

Ahora, pasemos al segundo acto de esta tragicomedia nacional: el proceso penal contra el actual rector. Una historia que no puede leerse sin que el estómago se retuerza y la razón se indigne. La Fiscalía, con su ya tradicional lenguaje de autocomplacencia jurídica, nos informa que el delito fue reclasificado. No fue violación, fue abuso sexual agravado. Porque claro, en el país del eufemismo, cambiar el nombre al horror es la estrategia para mitigarlo.

Así, el agresor —un alto funcionario, aún rector— recupera su libertad tras un acuerdo reparatorio con la familia de la víctima. Como si la dignidad infantil pudiera negociarse en notaría. Como si la libertad de un adulto que violentó a una niña de cuatro años no significara una traición monumental a la justicia.

La Fiscalía se lava la cara con un comunicado digno de guionista de ciencia ficción: “luchamos por la justicia real, pronta y con perspectiva de infancia”. ¿Y cómo lo hacen? Dejando libre a un agresor. Reforzando el mensaje de que si tienes poder, estructura y cargo, puedes salir absuelto y hasta reelegido.

La lógica de esta narrativa es tan perversa como transparente: el Estado no protege a la infancia, la expone. No garantiza justicia, la negocia. Y si el agresor tiene un título universitario y una red de poder, todo se resuelve entre amigos con carpetazo final y foto institucional.

III. Psicología social de la tolerancia a la impunidad

Desde una perspectiva psicológica y social, lo más grave no es el acto criminal en sí —que ya es abominable—, sino la pasividad social que lo arropa. La comunidad universitaria, mayormente silenciosa, parece haber naturalizado la podredumbre. ¿Dónde están los colectivos, los estudiantes indignados, los académicos con criterio? Algunos protestan, sí, pero la mayoría calla… porque el miedo, la comodidad o la costumbre ya ganaron la batalla de las conciencias.

Vivimos en una cultura donde las masas no solo toleran al verdugo, lo aplauden si se viste de rector. Donde la ética se pliega a los intereses y la moral se negocia con presupuesto. Una sociedad que legitima al agresor es una sociedad que ha renunciado a sí misma. Una universidad que permite esto no forma ciudadanos: produce cómplices.

Y al final, como en toda crónica de una muerte anunciada, sabíamos lo que iba a pasar, pero elegimos no hacer nada. Porque denunciar cansa, alzar la voz incomoda, y pensar duele. Así, la UAZ se desliza —como otras antes— hacia la irrelevancia moral y la subordinación política. ¿Será el fin? Quizá no aún… pero el reloj avanza.

Y mientras tanto, la autonomía yace entubada, la justicia en cuidados paliativos, y la dignidad infantil, archivada.

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