Si les contara que uno de los grandes músicos mundiales fue sordo, tal vez pensarían que miento, que es un cuento o quizá soy un demente.
Sin embargo, uno de los grandes maestros de la música clásica, la música de ayer, hoy y siempre, Ludwig van Beethoven, quien nació en Bonn, Alemania, en 1770, realizó su Novena Sinfonía completamente sordo.
Yo tuve dos acercamientos a Beethoven, una por mi abuelo Daniel Delgado, que tenía un cuadro del maestro en su casa y de mi maestro de educación artística en la Apostólica, donde estudie secundaria, Mario Zermeño Hernández, quien es un enamorado de la música clásica.
Hablar de Beethoven es irnos a la infancia de él y recordar a su padre Juan, quien era músico, aunque no de los alcances de su hijo, era admirador de el niño prodigio Amadeo Mozart, y quería que su vástago fuera igual al joven maestro.
Ludwig van Beethoven compuso 9 Sinfonías, 32 Sonatas para piano, entre otras obras maestras.
De sus SinfonÍas sobresale la Quinta donde deja sus sueños, dolores y sus arranques de entusiasmo; y por supuesto la Novena Sinfonía, donde le pone música a la oda de la alegría del poeta alemán Federico Shiller.
A la edad de los 26 años, inicia a sentirse con síntomas de sordera, la cual llegó a ser profunda, pero como dice su biógrafo José María Garrido Lopera, el hecho de que estuviera sordo, no suponía para él, encontrarse en la imposibilidad de escribir música, toda vez que no percibía los sonidos físicos, pero sí los sonidos mágicos, el sonido del espíritu que nunca muere y así continuaba su actividad creativa.
Muere el 26 de marzo de 1827, a la edad de 57 años, pero su obra y su música perduran para siempre.

