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Padres dolientes

Jesús Arturo del Bosque de la Peña
Será por atavismos o por conductas preestablecidas que nos enseñan que los hombres no lloran, que su corazón es de granito, una dura coraza que no puede derretirse ante la mirada dulce, la caricia tierna y dulcemente torpe del hijo, de la hija, que jubiloso, jubilosa te busca, te jalonea y a horcajadas se torna feliz jinete sobre feliz cabalgadura. Será por todo eso que padres amorosos, se dejan hacer con gesto tímido, como con cierto recato. Padres ausentes, no por gusto ni por indolencia y frialdad, padres que con ambos pies tantearon la profundidad de los ríos, padres dolientes que, en la distancia, funestas noticias recibieron embargados de un dolor íntimo, profundo. Porque aquéllos decidieron hacer que éste fuera un mundo mejor y en camino, fueron quedándose a pedacitos. Uno les imagina ya pardeando el día, en
la soledad y el recogimiento, llorando por sus hijos. Quizá, quizá, también atenazados
por el remordimiento.

Hubo uno, que suplicante recibió de rodillas tal respuesta, que quedó inmortalizada en letras de oro, en la máxima casa del pueblo, la sede del poder legislativo de nuestro país: “La Patria es primero, padre”, pronunciada por D. Vicente Guerrero.

A la muerte de los próceres y mártires precursores de la independencia, pervivió la tenacidad y el arrojo de valientes como el general José María Morelos y Pavón, el sacerdote cuyo arrojo y entrega avivó la llama de la guerra de independencia, cuya sabiduría de guerra no eclipsaba sus prendas ideológicas e intelectuales. Su manifiesto “LOS SENTIMIENTOS DE LA NACION”, fue el antecedente de lo que a la postre daría lugar a nuestra CONSTITUCION POLITICA. Morelos fue sacrificado en aras de la patria, pues sucumbió ante delaciones y traiciones de la que no estuvo exento tan puro
intento libertario.

Cuando sobre el suelo mexicano ominosa se cernía la sombra de la derrota y el destino que se vislumbraba era nuevamente, la esclavitud abolida por el cura Hidalgo la noche del Grito, en el sur, igual que había hecho Morelos, se levanta gigantesca la presencia guerrera de Vicente Guerrero, arriero, hijo de una familia que podía llamarse próspera, que ya antes había ceñido su destino a la lucha independentista; fue conocer al General Morelos, al insurgente Galeana y adherirse en el acto a esta causa libertaria. A la muerte de Morelos y Galeana y de otros generales insurgentes, los dones y prendas personales de Guerrero, le llevaron a mantener encendida y beligerante la llama por la independencia, que tantas veces estuvo a punto de extinguirse.

En este gusto por escribir, es menester leer e investigar, y marinero en esta mar de letras, uno encuentra gemas, joyas preciosas que hacen melodía y prosa, pasajes de la historia a donde uno trepa en alas de mariposa, y si no, veamos esta bella reseña. “Un hombre que se presenta en el teatro de una revolución y en un país, cuyos recursos se hallan agotados por la guerra; que se ve rodeado de enemigos tanto interiores como exteriores: que no lleva en su compañía más que uno o dos fieles amigos que le siguen en su desgracia, sin más armas que un fusil sin llave, y dos escopetas: que con ellos da principio a la campaña, derrota varias divisiones parcialmente, sufre toda clase de trabajos y privaciones por espacio de seis años en los bosques y cañadas; siendo objeto de la más tenaz persecución de las mejores tropas y jefes del gobierno: que logra reunir una fuerza de cuatro mil soldados en la extensión de más de doscientas leguas: que los disciplina, arma, y sitúa en los mejores puntos militares: que coadyuva con ellos eficazmente a hacer la independencia mexicana, y qué por último ocupa el asiento de la primera magistratura de la Nación; es sin duda uno de aquellos fenómenos en política, y que apenas se hace creíble aún a los mismos que lo presenciamos… Tal fue el general D. Vicente Guerrero. (Carlos María Bustamante, “Descripción de las campañas de Vicente Guerrero durante la guerra de independencia”, 1838).

Ante la imposibilidad de ganar o incluso de perder la guerra por la independencia, con todo lo que esto significaba, el Virrey Juan Ruiz de Apodaca, decide ofrecer y otorgarindulto y empleo a los generales y militares que así lo quiseran, algunos lo aceptaron.

El Virrey convence al padre del Gral. Vicente Guerrero para que traslade este ofrecimiento a su hijo, quien acude en busca de su hijo, y de rodillas le suplica que deje las armas y acepte el ofrecimiento de virrey; la respuesta en su parte final, como se ha mencionado, se conserva en letras de oro. “Señores, este es mi padre que ha venido a ofrecerme el perdón de los españoles y un trabajo como general español. Yo siempre lo he respetado, pero La Patria es Primero.”

Años después, el doliente padre habría de sufrir la pérdida de su adorado hijo, traicionado por el vicepresidente Anastasio Bustamante, Vicente Guerrero termina fusilado el 14 de febrero de 1831 en Cuilapa, Oaxaca.

Otro insigne patriota, marcado por el sino del martirio, fue el general Santos Degollado; poco antes de terminar 1855, Juan Álvarez, a la sazón presidente de la República, le nombra General de Brigada. Tanto la política como su carrera militar aún le deparaban una serie de hechos que trascenderían su figura. Electo diputado por Michoacán, formó parte del Congreso Constituyente, que había dado inicio en febrero de 1856, aunque Degollado se presentó el 1 de julio y durante el mes de agosto, fue su presidente. La carta magna finalmente quedó concluida y se juró el 5 de febrero de 1857.

El 18 de noviembre de ese año, Santos Degollado fue electo Ministro de la Suprema Corte de Justicia y meses después obtuvo el triunfo como gobernador de Michoacán.

Tomó posesión de la gubernatura el 27 de diciembre de 1857, pero el curso de los acontecimientos nuevamente le llevarían a optar por las armas, ahora, en defensa de la Reforma. Sin duda, Degollado es un personaje de esos que como cuenta Borges en su Aleph, cuando maravillado el infante; “¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio, para que el hombre burilara el poema!”

Es tal la vida, el drama y el sacrificio personal del general Degollado, que bien podrían burilarse mil y un poemas, cada cual mejor y más intenso que el anterior, que tal fue la secuencia de gloria y sangre que fue su sino. En un texto pasado hacíamos referencia a las prendas morales y al valor del general, vale la pena retomar tales pasajes, en tanto
es el tema que nos ocupa.

“A Degollado se le respetaba y obedecía, no por su pericia militar precisamente, sino por su capacidad organizadora, por su rectitud, por su honradez, por la pureza de sus principios y su conducta, no menos que por su limpio patriotismo, por su abnegación y por su fe sin desmayos; era de los hombres cuyo valía moral avasalla las voluntades.”

Las penurias económicas que sufrían los soldados liberales llegaron a extremos de miseria, por aquél entonces se hacían traslados y envíos de dinero al extranjero en maniobras conocidas como conductas; el Gral. Manuel Doblado, ante la situación tan precaria del ejército liberal, decide apropiarse de una de estas conductas, se lo hace saber a Don Santos Degollado y éste, arrostrando el riesgo y la tormenta que se cerniría sobre él, conociendo al presidente Juárez, intolerante ante cualquier quebrantamiento de la ley, asume para sí la responsabilidad de ese acto y libera al Gral. Doblado de cualquier responsabilidad, no podía decirlo el mismo general Degollado, con palabras más sentidas.

” Yo todo lo había dado a mi patria; me había reservado para mí y para los míos, la severidad más mezquina, un nombre puro para legarlo a mis hijos, ya que algunos de ellos los he dejado sin educación, privándose algunos hasta de mi presencia en sus últimos momentos; la necesidad vino, sin embargo, a llamar a mi puerta, pidiéndome, en nombre de mi causa, mi reputación para entregarla al escarnio y la maledicencia, y yo, después de una agonía horrible, maté mi nombre, me cerré al porvenir y me declaro reo.”

En enero del 1959 dejaba palacio nacional Benito Juárez, tres años después regresaba victorioso, así se organizó el desfile que honraba al presidente: “El comandante general de artillería, cuidará de que las divisiones tengan las piezas que se designan en este orden, todas ellas de batalla. Las de montaña quedarán en sus cuarteles”. La marcha de la columna fue imponente; principió a las doce del día, González Ortega, al pasar frente al hotel Iturbide, se dio cuenta de que, en uno de los balcones abarrotados de personas, se encontraba modestamente oculto don Santos Degollado; lo hizo bajar, se abrazaron y puso en sus manos el estandarte que llevaba, declarando que nadie mejor que él era digno de llevarlo.

Es después de este día glorioso, que la díscola fortuna, reclama de la patria a sus mejores hijos; en una sucesión trágica, en menos de un mes, la garra asesina del tigre de Tacubaya, el asesino Leonardo Márquez acabó con la vida del ilustre Melchor Ocampo, del Gral. Santos Degollado y se llevó también la intrépida juventud del novel héroe, Leandro Valle. Dejar el terruño, los afanes y los amigos, salir de carne y hueso, regresar de blanco, de pulido mármol, el periplo del Benemérito Benito Juárez que, es bien sabido infancia es destino; salir, dejar el terruño, es esta quizá, la manera más concisa, más justa para escribir sus andares, sus pesares, labriego fiel de la Patria y de sus dolores.

De infancias y contrastes, esta joya de Guillermo Prieto, el de las letras, el de “los valientes no asesinan”. “Suelen los autores de comedia de magia, después de agotar su imaginación en vuelos imposibles, transformaciones milagrosas, abismos que se abren para descubrir palacios encantados, enanos que danzan, brujas que se desenvainan de un saco tenebroso y aparecen ninfas seductoras, lluvias de fuego y orgías de invierno, dan cuna y remate a sus fantásticas creaciones, con una vista que llaman de gloria, porque en efecto parece descender la gloria al suelo.

Vergeles deliciosos, murmuradoras fuentes cristalinas, luz de aurora que transparenta el cielo y las estrellas, alados genios, deidades reclinadas en nubes de oro y nácar, de gualda y de topacio, y en las alturas, cantos tan melodiosos y sentidos, que, arrobada el alma, canta, sueña, se encanta y deleita como desprendida de todo lo terreno, y cuando el telón cae y desaparece la visión, caemos como despeñados a la triste realidad, sintiendo tristeza y desdén por cuanto nos rodea.

He ahí el cuadro de las primeras impresionas al despertar a la vida en el Molino del Rey, mimado de mis padres, acariciado de mis primos, y gozando mi alma con las agrestes lomas, los volcanes gigantes, la vista de los lagos apacibles y el bosque augusto de ahuehuetes, titanes de los siglos, que parecen hablar en la noche al rayo de la luna de lo eterno y de lo sublime de sus recuerdos.”

La de Benito Juárez, pausada, austera, podemos describirla así: El 21 de marzo de 1806, nací en el pueblo de San Pablo Guelatao de la Jurisdicción de Santo Tomás Ixtlán en el Estado de Oaxaca. Tuve la desgracia de no haber conocido a
mis padres Marcelino Juárez y Brígida García, indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron, habiendo quedado con mis hermanas María Josefa y Rosa, al cuidado de nuestros abuelos paternos Pedro Juárez y Justa López, indios también de la nación zapoteca. Mi hermana María Longinos, niña recién nacida, pues mi madre murió al darla a luz, quedó a cargo de mí tía materna, Cecilia García. A los pocos años murieron mis abuelos.

Padre doliente, enfrentó la separación y la muerte prematura de cinco de sus doce hijos. En 1850, cuando Juárez era gobernador, murió en Oaxaca María Guadalupe a un año de haber nacido. Durante la intervención francesa en México, Juárez decidió enviar a su familia a Nueva York, para protegerlos, ahí murió su hijo José María, llamado cariñosamente Pepito. Según historiadores, fue el hijo más querido de Juárez, a quien describía como un niño muy inteligente y con buenos sentimientos. A más de la pérdida de otros tres hijos, la de la pequeña Guadalupe y la de José María, Pepito, le fueron sin duda, si esto fuese posible, más dolorosas al presidente. Con Guadalupe estuvo presente; siendo gobernador, rechazó cualquier privilegio y se le sepultó, tal como eran las honras fúnebres en esos tiempos. Sin embargo, la reseña de la muerte de Pepito, sobrecoge y escuece el alma; de dónde el granito para soportar tal desgracia, de dónde presidente, de dónde?! En Nueva York, Pepito, uno de los hijos de Juárez, yacía enfermo de pulmonía debido a los fuertes fríos que azotaban aquella región. De esto había tenido noticia Juárez.

Estados Unidos se encontraba en guerra civil. Matías Romero viaja por tren a Nueva York y junto con otros funcionarios de la embajada fueron a ver a Margarita y al niño enfermo. Cuando llegaron, los recibió Pedro Santacilia, yerno del matrimonio Juárez- Maza, que vivía allí con su esposa y tenía la encomienda de Juárez de velar por la familia. El niño Pepito acababa de fallecer. La temperatura rondaba los 12 grados bajo cero. La casa estaba sumamente fría debido a que la leña y los víveres en general escaseaban mucho en aquel invierno, en medio de la guerra. Lo poco que había era sumamente caro y el hogar de Margarita no contaba con esos recursos. La escena era desgarradora, según contó Don Pedro. Margarita gritaba inconsolable, abrazando el cuerpo. Los funcionarios de la embajada esperaron en la Sala. Don Pedro tuvo que usar los muebles como leña para calentar un poco la casa. Margarita se opuso a realizar los funerales de su hijo en esa ciudad ajena; (Nueva York) y decidió embalsamar el cuerpo hasta poderlo enterrar en su tierra, Oaxaca. Pedro Santacilia enteró de esto a Juárez a lo que le replicó que ella (Margarita) es su madre y sabe lo que hace.

Fueron tres gigantes de su tiempo; entregaron unos, sangre y arrojo, el otro la reciedumbre de las leyes, de la inquebrantable fe en el porvenir de la patria. Vaya un pequeño homenaje, padres dolientes, padres cuya memoria merece grabarse en oro, en lábaro patrio, en laureles, en victorias.

JESUS ARTURO DEL BOSQUE DE LA PEÑA / Opinión / Saltillo, Coah. / 20 de junio 2023.

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