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Esperanza

En algún lado de la historia leí sobre un hombre más que optimista. Siempre decía que todo iba bien a pesar de las circunstancias.

Parafraseando, el tipo en cuestión un día tropezó en lo alto de un edificio y mientras caía ante la mirada horrorizada de los habitantes de dicho inmueble y que desde sus ventanas lo veían, no lo observaban con cara de terror, más aun, lo veían sonreír y gritar ¡hasta aquí todo va bien¡ mientras se precipitaba al final de su historia.

El cuento viene a cuento porque en este año de adioses, de temores, de cambios para bien, para mal y para maldita la cosa, no está demás la reflexión de lo vivido y lo omitido.

No es para menos que en estos y turbulentos extraños tiempos que vivimos, paremos un momento para analizar nuestras propias realidades en estas aguas en las que las realidades ajenas se nos alojan en la mente mediante pantallas y monitores.

Esta pandemia se ha llevado a muchos y los que quedamos vamos muriendo de a poco a poco por las ausencias, los temores ¿seguiré yo? ¿quién detrás de mi?
Vamos por ahí con nuestras cuasi inútiles mascarillas de tela acorde al humor con la idea de que estamos relativamente a salvo. Puff.

Y es que en este reino de absolutismos, negaciones, negativas, paz y salud por decreto, de verdadero temor por los que han vivido la pandemia a flor de piel o en la piel de los que amaron y no lo lograron, pocos podemos darnos el lujo de decir que hasta aquí todo va bien, como el tipo optimista del edificio.

Vamos que volamos al volátil semáforo amarillo, y al naranja, y al rojo, porque no somos capaces de comprender que la salud y la pandemia no se decretan mientras que por otro lado la figura paternal y sorda que pretende ser nuestro gobierno promueve faraónicas figuras cónicas y fallosas, multitudes llamadas con bailes y tamborazos y completo desorden a la orden de la inconciencia.

Pero bueno, tampoco es que a nivel de primer mundo las cosas vayan siendo diferentes. Es cuestión de cuántas vidas se esté dispuesto a arriesgar en pro de sonrisitas encantadoras en las redes y puntitos para los que gobiernan.

Tristemente, esta temporada de fiestas deja muchos asientos vacíos ante las mesas, deja regalos sin abrir y deja hijos preguntándose que diablos pasó de un momento a otro.

Los días de nuestras vidas no volverán con la tranquilidad relativa que tuvieron temporadas pasadas. Aunque las tiendas se abarroten, aunque las calles se iluminen, aunque haya risas, aunque haya brindis, aunque haya regalos y sonrisas, abrazos, buenos deseos, aunque todo parezca igual, sólo lo parece. Nunca será igual.

¿Fatalista, aprendiz de periodista? Puede ser, pero hay voces que ya no serán y oídos que ya no escucharán los te quieros, los te amo, los te veo luego, los papá, los mamá, lo dicho por los nuestros. Para ellos, los que se nos ha adelantado por descuido, mala suerte, mala planeación, malas defensas, lo que sea, para ellos sí fue fatal.

Cierra el año con muchos cambios y no, no todo cambio es bueno per se. Porque lo más chocante y grosero como humanidad, es que seguimos sin aprender a valorar lo que vale ni a atesorar lo que hay que verdaderamente guardar.

Seguimos dando tributo al absurdo que hemos hecho del sistema sin que medie corazón o valor en nuestras acciones como ciudadanos. Eso definitivamente es lo peor.

No debemos caer en el falso optimismo de sabernos al pie del precipicio y decir que todo está bien porque aún no caemos.

Sentido común, le dicen. Esperanza le llaman.

LA BRECHA
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