
Un domingo por la tarde, mi amigo Renato me narró a detalle su experiencia del día anterior. Tras una noche de fiesta, él y la chica que lo acompañaba (Nohemí), decidieron retirarse y dirigirse a casa de Renato. Mi amigo cansado, le dejó en claro que no quería intercambiar ningún tipo de acto sexual. Ella enfadada siguió insistiendo. Renato simplemente se quedó dormido profundamente.
Después de un rato, él reacciona y se percata que Nohemí le estaba realizando sexo oral. Renato molesto, le reiteró que no, que por qué seguía insistiendo. Ella le contestó “¿Qué? ¿No te gusta que te viole?”. Él se alejó de ella y se acostó a dormir; ella molesta por el rechazo, salió de la casa de Renato y se fue muy molesta.
Mientras escuchaba esto me daba cuenta que en realidad esto era una autentica violación; de esas que relatan dramáticamente. Pero, ¿Por qué no hay lágrimas? ¿Por qué no estamos denunciando la violación?. La pregunta más grande era ¿Por qué no causó un impacto en Renato? Simplemente se molestó porque Nohemí no respetó lo que él quería y ya. No trascendió, no hubo traumas, ni secuelas.
Opuesto a esto, son incontables los casos que a la inversa, el hombre abusa de la mujer de esta misma manera. Pero ¿Por qué sí genera un daño emocional en ellas?
Indudablemente cualquier acto en contra de la voluntad de alguien, es rotundamente incorrecto y repulsivo. Ese no es el punto en cuestión. Tampoco lo es el hecho de poner en comparación al hombre y a la mujer. A fin de cuentas, se violó el derecho de decidir por tu propio cuerpo.
Tras comentarlo con sicólogos que me hicieron entender el comportamiento humano ante estos ataques, llegué a la conclusión de que es parte del mismo machismo que se genera una diferencia en la manera de percibir estos actos.
Explícitamente, la mujer es victimizada por el simple hecho de ser mujer, y aunque el fin mismo es defenderla, termina por ser minimizada de igual manera. Perdura el ideal de la mujer débil, de la mujer que requiere mayor protección.
Y esto se normaliza seriamente hasta el punto extremo de que “feministas”, con toda la buena intención de defender todas las injusticias que por años ha sufrido la mujer, se sienten agredidas por todo. —No lo juzgo, creo fielmente que el machismo ha imperado extremadamente y solo una acción extrema lo puede contrarrestar hasta llegar a un balance—.
También, en consecuencia, cierra la posibilidad de que el hombre sea la víctima. Existen casos donde el hombre acude a las autoridades correspondientes para denunciar agresión física de parte de la mujer y la única respuesta que encuentra son burlas. Como si solo las mujeres pudieran ser agredidas.
Y es que es increíble la facilidad con que se justifican todas estas faltas. La música, las películas, las series, están saturadas de mensajes que vuelven cotidianas estas violaciones a la voluntad del otro. Y no hablo de las explicitas que generan indignación de todos. Hago referencia al acoso como preámbulo de cualquier violación, a las violaciones disfrazadas de normalidad.
En todo lo referente, la falta de sensibilidad es indignante, se tiene que buscar la empatía; como hombre, ponerte en los zapatos de la mujer. Como mujer, ponerte en los zapatos del hombre. Ni siquiera se trata de defender al hombre o a la mujer. Es simple. Respetar el derecho que la gente tiene para elegir lo que quieren o no para sus vidas; sin importar en absoluto si se está de acuerdo o no.
A nadie le gustaría pasar por una situación así, ni directa ni indirectamente. Eso está claro. Lo que no terminamos por comprender es que como sociedad, todos somos responsables del comportamiento colectivo. Cada individuo aporta en mayor o menor cantidad para que este tipo de situaciones perduren o desaparezcan.
JUAN JOSÉ MEJÍA / Índigo / San Luis Potosí, México. / Junio 7 de 2019.

