
A diferencia de cualquier instrumentista musical, el cantante es el eslabón entre la música y la palabra; vuelve tangible a la música, hace explícito el mensaje y da lugar a la narrativa, a la empatía, a la catarsis; por ende adquiere un protagonismo natural. El público busca una voz que provoque cercanía. Lo que se canta, es la vida del espectador.
Ya que cualquier persona puede emitir sonidos instintivamente mediante la voz, el canto es un medio que integra a la sociedad, naturalmente. La facilidad con que podemos acceder al canto, crea erróneas perspectivas del concepto “Cantar”. Y es que ser cantante, es sin lugar a dudas, una de las profesiones más mitificadas. La creación de leyendas, es una constante que pone en segundo plano a la música por debajo de una imagen, tergiversando completamente la figura del artista y depreciando el proceso tan complejo que conlleva ser un verdadero cantante.
Uno de los pocos géneros que hasta la fecha se respeta, es la ópera (o al menos no cualquiera dice que la canta). Tuve el grandísimo placer de conversar con Natalia Gonzáles, cantante puertorriqueña egresada de la maestría en “Música – Opera” en una de las universidades con mayor prestigio en el mundo como lo es “Mannes School of Music” (Manhattan, Nueva York). Gracias a ella, logré comprender muchas situaciones entorno al canto y la ópera.
Natalia me explicó que ser cantante de opera significa, técnicamente, desarrollar la voz para ser proyectada sin micrófono; provocar resonancia en distintas partes del cuerpo (no solo en el pecho como habitualmente resulta en la música popular); emular estilos de canto e interpretación según el contexto histórico. Dado que la ópera es una representación escénica, el aspecto de la actuación y la interpretación es fundamental en la formación operística.
Lo que se pretendía hacer en las primeras obras del género era que la música siempre estuviera subordinada a las palabras. La ópera estaba dirigida a un público especifico: Nobles, burgueses y gente empoderada. Solo ellos podían disfrutar de estos espectáculos. Estos contextos provocarían protocolos a seguir. Dada la jerarquía del público, se le exige al artista adquirir modales recatados y finos; comportamientos a la altura del espectador.
Hoy, estos lineamientos no son tan diferentes. El público que frecuenta estos espectáculos sigue siendo gente con poder adquisitivo; la formación académica exige rigurosos comportamientos “adecuados” a la altura de un cantante de ópera; la educación está enfocada en la creación de “Divas”; “ser cantante de opera exige que estés siempre bien presentada”. En pleno siglo XXI se busca cumplir con los mismos estereotipos de hace 400 años. Solo hay lugar para mujeres “bellas”; si no eres una persona corpulenta, no cantas bien; el físico está por encima de la capacidad musical, y eso determina el tipo de papeles que se está “destinado” a representar.
Y de alguna manera cruel y despiadada, pero sobre todo curiosa, todos estos lineamiento funcionan. A pesar de la crisis en la que se encuentra el arte escénico, la remuneración sigue siendo mayor a la del músico popular profesional. Muy lógico, es una estrategia de mercado: “Como es exclusivo, vale más”. Lo cierto es que cualquier arte que promueva el elitismo en tiempos modernos, estará cavando su propia tumba.
El presente de la ópera son las adaptaciones de obras clásicas en nuevos contextos. La composición de nuevas óperas en formatos pequeños para facilitar la puesta en escena. Por otro lado, los medios rigurosos por mantener el arte intacta, limitan el acceso, la divulgación y su evolución.
Y bueno, mientras la ópera se decide, al pueblo pan y circo.
JUAN JOSÉ MEJÍA / Índigo / San Juan, Puerto Rico / Febrero 14 de 2019.

