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Tauromaquia

La fiesta taurina tiene antecedentes desde siglos antes de Cristo. Sus orígenes se conectan directamente con los gladiadores del Coliseo Romano, evolucionando en lo que conocemos ahora. España, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Francia, son algunos países en los que se permiten las prácticas taurinas.

Cuando tenía aproximadamente 8 años, tuve la oportunidad de asistir a una corrida de toros. Esto fue en la monumental plaza de toros “Fermín Rivera” en San Luis Potosí, México. Después de toda la parafernalia de entrada, el torero que realizaría la faena quedaba solo en el ruedo, preparado para comenzar. Abrieron una puerta y apareció un toro enorme. Recuerdo muy bien el sentimiento de tristeza y sorpresa que causó en mí, ver como tan fríamente el torero clavaba una a una todas sus banderillas; era una especie de juego, se trataba de herirlo poco a poco. El toro se veía agitado y comenzaba a sangrar. Mi sorpresa eran los espectadores, quienes, excitados, gritaban las supuestas hazaña del “matador”. El objetivo de ese juego era claro, matar al toro, sin razón evidente. Así llegó el momento “importante”. El torero con muleta en mano, apuntaba hacia el toro para clavarlo, y si la fortuna del toro era buena, el matador daría en el punto exacto para darle muerte inmediata. Entendí que la “faena” era una especie de prueba de valentía. La mística lucha del hombre contra la bestia. Pero, ¿qué culpa tiene el toro del hambre del hombre por alimentar su ego?

La muerte del toro es específicamente la causa de tanta controversia, que los amantes de esta “fiesta” justifican fácilmente con la comparativa de matar animales para alimento. No soy vegano, ni protector de los animales, pero creo que no se puede comparar matar un toro con fines recreativos, con la necesidad que tiene China, por decir un ejemplo, de producir alimento para tantísima población.

Otra justificación constante es la crianza del toro de lidia. El toro de lidia es una creación del hombre, una alteración genética que al parecer es una hazaña científica. “Ya querrían la vida que tiene el toro bravo”, aseveran muchos cuando hablan de los cuidados y el trato de primera que tiene el toro de lidia (y no lo dudo). Muchos aseguran que este animal desaparecería a la par de las corridas, pues su único fin es morir en el ruedo. Así de frío e incongruente; creado para ser matado. Quiero suponer que mentes tan brillantes capaces de crear una creatura tan imponente, son capaces de adaptar al toro en ambientes nuevos donde no se vea comprometida su vida.

Mario Vargas Llosa, defensor de la tauromaquia, en su articulo “Torear y otras maldades” hace alusión de esta “fiesta” como parte cultural de todos estos países practicantes del toreo. Incluso menciona artistas como Goya y Picasso que fueron inspirados, a manera de musas, por la tauromaquia.

Yo soy artista, ni cercano a estos grandes personajes, pero puedo asegurar que el arte de estos afamados pintores no nace de ver un toro morir, nace de una búsqueda constante basado en técnicas de expresión. No hace falta la tauromaquia para inspirar artistas.

Me molesta demasiado que liguen esta práctica con la cultura y el arte. En el estricto significado de la palabra “cultura” en realidad tienen razón. Es cultura cualquier costumbre, hábito o modo de vida, y la tauromaquia cumple con estos requisitos, al igual que el narcotráfico, la trata de personas o la corrupción. Como afirmó Manuel Vicent: “Si la tauromaquia es cultura, el canibalismo es gastronomía”.

Hablando de arte, como ya lo he mencionado anteriormente, el arte crea, no destruye.

En este mismo artículo, Vargas Llosa dice: “para quien goza con una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo”. ¿Qué falta de sensibilidad debes tener para que el alimento de tu espíritu lleve muerte de por medio?

Cuando compongo música, dentro de ese trabajo creativo, llega el momento, después de una búsqueda constante, donde encuentro ese sonido tan buscado, el que me llena. Me es imposible no imaginar a mis colegas músicos, tocando y disfrutando al igual que yo disfruté al encontrar esas notas. Imagino al público en concierto, escuchando y disfrutando el producto final (a veces hasta bailando). No puedo imaginar al torero pensando en la expresión que producirá en la gente, atravesar el corazón de un toro.

La tauromaquia es una práctica primitiva que se ha posicionado como una entretención de élite social. Como rudimentario, resulta arcaico e innecesario. De todo lo que he vivido y he leído acerca de esta llamada “fiesta taurina”, resulta una necesidad de emociones fuertes; una necesidad de aprobación a la valentía.

En el mundo actual no hacen falta más actividades que promuevan sangre. Seguro llegará el momento donde prohíban las corridas de toros y eso no evitará que clandestinamente se realicen. Lo verdaderamente importante es la indiferencia por la sensibilidad humana. Lo cotidiano que se vuelve la muerte como diversión.

JUAN JOSÉ MEJÍA / Índigo / San Juan, Puerto Rico / Octubre 18 de 2018.

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