Quien se considere libre de soberbia en realidad no sabe hasta qué grado es soberbio.
Han de recordar mis estimados lectores aquella Convención Mundial de Demonios que les platicaba en alguna ocasión anterior en el artículo “La Familia vs las Beatitudes del Diablo”, en la que Satanás convocó a sus demonios para realizar todas sus diabluras posibles para mantener a la familia ocupada, tanto al esposo como a la esposa trabajando largas horas, distanciadas de Dios y de ellos mismos, robándoles el tiempo para sus hijos, y para que no tuvieran tiempo para desarrollar una relación con Jesucristo, y que cuando tengan reuniones de tipo espiritual, involúcrenlos en chismes y charlatanería – les decía- no dejen de incluir mi pecado favorito, la soberbia, para que salgan de ahí con sus conciencias perturbadas. ¡Funcionara!. Ya verán – les decía el Satanás a sus demonios- Ah que diablito este tan terco.
En un breve análisis de la tesis sustentada por C. S. Lewis en el libro Mere Christianity (1943) y que nos habla acerca de la soberbia como el pecado favorito de satanás y que este pecado nos enfrenta entre nosotros mismos cuando reconocemos que la soberbia precede la destrucción del vínculo con la sociedad y que el espíritu altanero precede la caída de todo respeto en la relación familiar. Entonces mis estimados lectores podemos preguntarnos lo siguiente: ¿Fue la soberbia la causa de que el demonio o satanás sea lo que es, desde siempre?
Para dar respuesta a esta pregunta es menester seguir en el tenor de las sociedad desvinculada, luego entonces, ustedes y Yo, nosotros y los que conmigo estén de acuerdo, tendremos que considerar como afirmativa esta respuesta, de que la soberbia es la causa de que el demonio o satanás sea lo que es, desde siempre, entonces debemos decir que existe un vicio del que ningún ser humano está exento, del que todos abominan cuando lo advierten en los demás del que casi nadie se siente culpable.
En efecto, muchos seres humanos reconocemos ser de carácter irascible, o incontinentes, tanto en lo relativo a la carne como en lo relativo a beber, e incluso reos de cobardía, pero pocas personas se acusan de poseer el vicio de la soberbia.
Según las comunidades religiosas, es pecado por antonomasia, el peor de los vicios. La lujuria, la ira, la codicia y la intemperancia son de los males los menores comparados con él. Fue la soberbia la causa de que el demonio sea lo que es desde siempre. Este vicio lleva a cometer todos los demás pecados; es la actitud mental radicalmente opuesta a Dios.
Si ustedes mis estimados lectores, desean averiguar hasta qué grado son soberbios, simplemente pregúntense lo siguiente: ¿Cuánto me disgusta que me desairen?, ¿Cuánto me disguste que no me presten atención?, ¿Cuánto me disgusta que me humillen o me deslumbren?
La razón de esta pregunta que es el orgullo de cada persona, está en pugna con el de todas las demás. Este defecto, esta actitud mental radicalmente opuesta a Dios, tiende por propia naturaleza a competir; en cambio, los demás vicios, solo compiten de manera accidental, por mencionarlo de alguna manera.
El orgullo no se complace únicamente en poseer algo, o sólo en tener más que el vecino, decimos que alguien se enorgullece de su riqueza, de su inteligencia o de su hermosa apariencia, pero en realidad no es así, está orgulloso de ser más rica, más inteligente, o más hermosa que otras personas.
La comparación hace soberbia a la persona, siente placer al creerse más o superior a los demás, casi todos los males del mundo que la gente suele achacar o culpar a la codicia o al egoísmo, en realidad, pienso más bien que se deriva de la soberbia. La codicia sin duda incita a querer más dinero para tener mejor casa, mejor4es servicios, mejor comida, mejores vacaciones, pero solo hasta cierto punto.
¿Qué impulsa al hombre que percibe un ingreso 150.000 pesos mensuales a anhelar ganar 250,000? No es el ansia de mayor placer, porque 150,000 pesos mensuales le proporcionan muy buen nivel de vida a una persona que lo hace tener ciertos lujos muy interesantes. Es el orgullo, el deseo de ser más rico que algún otro hombre opulento, y más todavía, el deseo de poder.
Si el poder es el móvil verdadero del orgullo: nada refuerza tanto el sentimiento de superioridad como la capacidad de manipular gente a su placer, como el niño que se entretiene con muñequitos de juguete.
¿Qué motiva a la muchacha bonita a diseminar sufrimientos por todas partes, en su afán de tener muchos admiradores? No es, por cierto, el instinto sexual, pues las chicas excesivamente coquetas con mucha frecuencia son frígidas, su móvil es la soberbia. ¿Que impide a un líder político o a toda una nación a exigir cada vez más? El orgullo. Desde que el mundo es mundo, la soberbia ha sido la fuente principal de sufrimientos de la humanidad.
Otros vicios quizá acerquen a algunas personas, es posible encontrar compañerismo, regocijo y actitud amistosa en un grupo de borrachos o lujuriosos. Pero orgullo siempre llevará en sí enemistad, es la enemistad misma, y no solo entre hombre y otro, sino entre el hombre y Dios.
Tratándose de Dios, nos enfrentamos a una entidad incomparablemente superior a nosotros. Si no consideramos al Ser Supremo como tal. Y, por tanto, si no reconocemos nuestra insignificancia ante Él, no sabemos nada de la naturaleza. El soberbio nunca podrá conocer a Dios. Siempre mira a las personas y las cosas desde arriba, y mientras tenga esa actitud no podrá ver nada que esté por encima de él.
Luego entonces surge una terrible pregunta: ¿Cómo es posible que la persona devorada por el orgullo afirme creer en Dios y se considere muy devota? Mucho temo que ese tal culto a un dios imaginario. Ese iluso piensa que Él lo aprueba constantemente y que lo prefiere al común de los mortales.
Quien así razona ofrece al Creador la menguada pleitesía de una falsa humildad, y a cambio se siente justificado para arrojar sobre el prójimo todo el peso de su soberbia. Cuando advirtamos que nuestras prácticas religiosas nos hacen sentir superiores a alguien, pensamos sin duda que quien está obrando en nosotros no es Dios, sino el demonio.
La soberbia puede servir para vencer los pecados menores. Los maestros suelen apelar al amor propio del muchacho o, como lo llaman, al respecto de sí mismo, para lograr que se comporte con dignidad. Muchos hombres se han sobrepuesto a la cobardía, la lujuria o la ira con sólo pensar que estos vicios son indignos de ellos, en otras palabras los vencen por la soberbia.
El demonio se ríe de esas almas, se regocija al ver que alguien se torna casto, valiente y sereno, a cambio de imponerle la esclavitud del orgullo. Lo mismo le agradaría que el hombre sanara de sabañones a costa de afligirlo con cáncer. Porque el orgullo es un cáncer espiritual que devora la posibilidad misma de sentir amor o contento, e incluso carcome el sentido común.
El placer de recibir alabanzas no es orgullo. El niño a quien se dan unas palmadas por saber bien la lección, la mujer cuya belleza elogia el enamorado y al alma redimida a la de Jesucristo dice: “¡Bien!” se sienten halagados, y bueno es que así sea, porque en estos casos el placer no radica en lo que uno es, sino en haber agradado a alguien con todos los merecimientos.
El problema empieza cuando se pasa de: “Le he agradado; todo está bien”, a: “¡Qué magnifica persona ha de ser, puesto que puede hacerlo!” Cuanto más se complazca uno en sí mismo y menos en la alabanza justa, peor será su conducta.
El fatuo ansía las alabanzas y siempre trata de obtenerlas. Esto es un defecto, pero más bien pueril y de poca monta. Demuestra que la persona no está del todo satisfecha de sí misma, que valora a los de más lo suficiente para desear que se fijen en ella. En una palabra, es todavía humana. La verdadera barrera, la negra soberbia diabólica, se manifiesta cuando vemos a los demás desde arriba, a tal grado que no nos importe el concepto en que nos tengan.
El hombre que está orgulloso de su hijo, de su padre o de su escuela, podría preguntarnos si es pecado esa clase de orgullo. Opino que dependerá de lo que signifique con toda exactitud “estar orgulloso de…” Con mucha frecuencia esta expresión designa solo una cordial admiración, y entonces dista mucho de ser pecaminosa; pero podría significar que la persona se da ínfulas apoyándose, por ejemplo, en la distinción de su padre. Esto sería una falta, pero todavía sería preferible a sentirse orgulloso sólo de sí mismo. Amar y admirar algo fuera de uno es ya dar un paso para salir de la propia ruindad espiritual; pero no estaremos en lo justo mientras no amemos y admiremos a Dios sobre todas las cosas.
Si conocemos a uno hombre verdaderamente humilde, no imaginemos que será como cree la mayoría que es el hombre “humilde”. En pocas palabras, el verdadero ser humilde no será quien repite a menudo: “por supuesto, no soy nadie”.
Probablemente nos parecerá un ser amable e inteligente que se interesa por nosotros en lo que le decimos. Si nos desagradan esa clase de personas, será porque sentimos cierta clase de envidia hacia alguien que parece gozar de la vida tan sencillamente. De hecho esa persona no piensa en la humildad; ni en sí misma.
Creo que podría sugerir el primer paso a quien desee volverse humilde: reconocer que es soberbio. Y es un gran paso, pues todo lo demás será útil si no lo damos antes. Quien se considere libre de soberbia, en realidad no sabe hasta qué grado es soberbio.
Mtro y QFB. Fernando De la Fuente García
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