Bego Díaz / Diálogos / Tarragona, España.
Los mejores amigos que tengo han nacido de heridas comunes, intentando remendarnos el uno al otro con tiritas de comprensión y cariño, con altas dosis de los mejores medicamentos: El amor y la empatía.
Aquellos que tienen cicatrices similares a las nuestras son los que mejor pueden ponerse en nuestra piel y tendernos una mano. Aquellos que comparten fragilidades con nosotros pueden ayudarnos a ser más fuertes, a darnos ánimos, a hacernos sentir que no estamos solos en este barco.
Las amistades más profundas y sinceras que conservo son aquellas que nacieron en los peores momentos de mi vida, aquellas que aún teniendo las llagas abiertas y sangrantes, fueron capaces de ofrecerme todo lo necesario para curar las mías.
Y es que las personas más hermosas que conozco son aquellas que han pasado por duros momentos, aquellas a las que la vida ha arrastrado y amoldado para convertirlas en grandes seres humanos a los que brilla el corazón.
Personas con un alma enorme y una sensibilidad exquisita, personas capaces de ver mucho más allá de la oscuridad del mundo, personas cuyas raíces han tocado en infierno y son capaces de llegar con sus ramas hasta el cielo.



