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¿A quién le importa la búsqueda del bien común?

L Gabriel Gayosso BermanPor L. Gabriel Gayosso Berman/ La Cicuta/ San Luis Potosí, S.L.P.
Según algunos que dicen saber o son estudiosos del quehacer humano, la política es una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Es decir, se busca mediante el consenso general el bien común de un grupo o conglomerado social, en un momento y espacio determinado.
En este sentido, el individuo que incursiona en la política debería de tener, como premisa principal y único objetivo, el luchar por la igualdad, la justicia social, el bienestar general y elevar la calidad de vida de sus contemporáneos.
Visto así, el descredito moral seria la pena máxima de aquel que no cumpla con los principios y objetivos de esta actividad; el repudio social y los señalamientos incuestionables de corrupción, falta de probidad, ética y profesionalismo igualarían a ser quemado en una hoguera de leña verde, el destierro o el propio infierno.
Pero es este mundo actual, pareciera que las cosas son al revés. El político busca su bienestar personal y familiar. Que la revolución le haga justicia para llegar a un cargo público, y de ahí beneficiar a conocidos, amigos y familiares, obteniendo una posición económica holgada que le permita, por el resto de sus días, vivir sin sobresaltos económicos y sin importar mucho o casi nada, si sus congéneres viven en la inopia o la extrema pobreza.
Que su deontología este plagada de máximas como: “No me den, pónganme donde hay”, “Jode, porque atrás vienen jodiendo”, “Quítate tú, para sentarme yo” y “lo bailado, quien me lo quita”, es normal y rutinario.
Esa percepción social de que todo en la política mexicana es un sinónimo de corrupción, impunidad, deshonestidad y violación flagrante de la Ley y el Derecho, se ha ganado a pulso, día a día, segundo tras segundo, centímetro a centímetro, trienio tras trienio, sexenio tras sexenio.
Mientras que la población clama por justicia social, por seguridad pública, por empleo remunerado, por salud eficiente y para todos, por empatía de los más desprotegidos y los que sufren; en contraparte se piensa que los políticos comen las mejores viandas, toman los más caros vinos, gastan el dinero público a raudales y en cosas superfluas; viven en un mundo aparte y son insensibles a las tragedias humanas y, sobre todo, creen que la sociedad es ignorante, olvidadiza, conformista, amorfa y tonta.
Las modernas comunicaciones ha permitido que los abusos, corruptelas y excesos del poder político sean conocidas, casi de inmediato por toda la población, así como la insensibilidad humana que surge de los hechos trágicos, catástrofes o fenómenos que afectas a una parte de la sociedad.
Así, por ejemplo, la muerte de un perro, aparentemente sin dueño, a manos y pies de unos guardias de seguridad privada de una conocida plaza comercial de la capital potosina, genera una movilización ciudadana y de defensores de los derechos de los animales, aunque permeados por los militantes de un partido político ahora de oposición, en repudio de la agresión sufrida por el animal que concluyera en la aplicación de la eutanasia por un médico veterinario que no encontró otra solución; exigiendo la aplicación de la justicia humana por este hecho.
Por otro lado, un lamentable accidente donde perdieran la vida cinco trabajadores de una empresa minera propiedad de un fuerte grupo empresarial, en el municipio de Charcas, S.L.P., dejando en la viudez y orfandad a sus respectivas familias, y ante una aparente apatía de las autoridades gubernamentales, tanto laborales, judiciales y de asistencia social, no conmueve a la población para exigir la aplicación de la ley con la severidad que se debiera por el quebranto de vidas humanas, toda vez que al parecer la parte patronal, también se desentendió de la atención a los deudos.
No es que estemos a favor del maltrato animal pues creemos que todo ser vivo merece una vida y una muerte digna; y claro que una persona que abusa de la superioridad física, numérica, legal y de autoridad, solo refleja sus atavismos salvajes de un subconsciente torcido y perverso, y más aún cuando tienen un pequeño atisbo de poder y la responsabilidad de velar por el orden y la seguridad de sus semejantes.- No quisiera imaginar la actuación de estos individuos ante una persona indefensa, imposibilitada físicamente para defenderse o con alguna deficiencia mental que fuese considerado como presunto responsable de un ilícito. ¡Que Dios lo agarre confesado!
Pero si grave es la actuación de los vigilantes, aun mayor es el desinterés de quienes tienen por responsabilidad institucional el de velar por la seguridad jurídica, social y humana de lo sus congéneres.
Ya no mencionemos de lo que la Constitución, la Ley, el Derecho y la moral obliga a los servidores públicos y funcionarios de gobierno; vamos aún más allá, al aspecto humano, a ese espacio moral que todos tenemos y que, como personas de bien, obliga a atender a los desposeídos en los momentos circunstanciales de la vida, como hombres y mujeres bien nacidos, como personas de bien hacer y actuar, aunado a que si además somos profesionistas de ciencias humanistas como el Derecho o la medicina, mayormente obligados estamos con nosotros mismos, con nuestras familias y con la sociedad.
Claro, pienso yo, que eso sería para quien entiende que un servidor público es para servir a sus semejantes y que por este hecho, la sociedad, su mandante, le retribuye con un salario, nada despreciable y muchas veces oneroso que en muy pocas ocasiones se desquita, por atender y realizar el ejercicio del poder que busca un fin trascendente. Pues la política promueve la participación ciudadana ya que posee la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para promover el bien común.
Desgraciadamente la realidad es otra. Vemos personas dedicadas a la política que brincan de un puesto público a otro, siempre prometiendo y vanagloriándose de su entrega desinteresada por el bienestar común, por el desarrollo de la colectividad, por la preservación de la paz y la tranquilidad social, haciendo su mejor esfuerzo por el bienestar familiar y el de los más desprotegidos, por las causas populares y la igualdad de los individuos, guardianes de la integridad, los derechos, los bienes y la vida de sus conciudadanos, incluso sacrificando su bienestar propio y el de su familia. ¡Cada vez que escucho esta demagogia extraño más al extinto Francisco Gabilondo Soler (a) “Cri cri”!
Ya se acerca la próxima contienda electoral, ¿seguiremos escuchando lo mismo?
Comentarios: Después de la designación del Auditor Superior del Estado, con todo el desaseo legislativo, esperemos el próximo capítulo putrefacto del Congreso local en la designación de los Magistrados del Supremo Tribunal de Justicia del Estado. ¡Hagan sus apuestas, señores!

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