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Dignidad

Alexander
Alexander, ahora tiene para enviar a su familia en Chiapas, un testimonio de que «tiene trabajo».

Cancún, Quintana Roo / Carlos Matus / Junio 20 de 2024.- “La Fotografía Dignifica”, escribió Carlos Matus en su muro, en Facebook, y narra lo que una fotografía significa para un joven que llegó de Chiapas a Cancún, en busca de trabajo. Esta es su historia. Es magnífica. La tomo sin avisar.

Dignidad

Estos días estuve cubriendo un congreso en un hotel de la Riviera Maya.

Dos días de mucho trabajo tomando fotos día y noche.

Fueron muchas horas oprimiendo el botón, pero también, sin esperarlo, de que historias me llegarán a mi.

Una de las noches, mientras cubría una cena a la orilla del mar de los más de 500 invitados al congreso, entre el viento implacable del Caribe, la brisa marina que parecía niebla salada y ese fresco que se te cuela por debajo de la ropa, escucho un «psst, psst… ¿cuánto por una foto?».

Volteo, y entre la penumbra sólo alcanzó a distinguir la mirada tímida de un chico delgado, casi un adolescente y lo primero que me percate fue de su acento.

Me acerco más para escucharlo mejor y le preguntó «¿de dónde eres?»

Y me dice «de Simojovel…» mientras sonríe un poco.

Yo también sonrió y le digo «yo también soy de Chiapas, soy conejo…» y el chico sonríe más amplio, pelando dientes y me pregunta si conozco Simojovel a lo que le respondo que no, pero que se que está en los altos de Chiapas y que conozco varios pueblos cercanos

Me pongo a platicar con él, con esa manía que siempre tengo de platicar y escuchar, una costumbre que se me quedo luego de tantos años como fotoperiodista, cargando una cámara.

Me dice que se llama Alexander, que lleva menos de un año en Quintana Roo y ahora estaba emocionado porque tiene poco tiempo que lo «ascendieron» a ayudante de mesero.

Lo dice con orgullo, mientras el juego de las luces del montaje rebota sobre su uniforme y el broche que dice su nombre «Alexander Cruz»

Me cuenta que vino a Quintana Roo buscando trabajo, porque donde vivía no encontraba y que aquí está tratando de quedarse.

Su historia es similar a la de miles de hombres y mujeres que han migrado en los últimos 50 años a Quintana Roo.

Una historia que a menudo no se cuenta.

Una que habla de dejar atrás muchas cosas, de la soledad, de la duda, del temor, de la incertidumbre y sobre todo, de la esperanza.

Le digo que sea fuerte, que los primeros años pueden ser difíciles, pero que se aplique, que se aleje de los vicios, que sea responsable y que aprenda ingles, que eso le ayudará mucho.

Me mira sonriendo con fraternidad.

También se lo que es estar solo aquí, en este pedazo del Caribe.

Nos quedamos en silencio unos momentos, aislados del bullicio de la fiesta, y contemplamos las mesas, los platos, la bebidas y en eso voltea y me pregunta con cierta pena «¿me tomas una foto? te doy 5 dólares»

Le digo que tomaré la foto, pero no su dinero, que no se preocupe, pero le pregunto para qué quería la foto y él responde:

«Es para mandársela a mis papás, que me vean trabajando…»

Como están en servicio, tienen prohibido tener celulares, y lógico no tiene fotos de él en esos momentos.

En un momento le tomó unas fotos frente al mar.

Se yergue recto, con orgullo y es ahí donde comprendo ese instante:

«la fotografía dignifica»

Y solo sonrió. Los dos días de trabajo agotador se resumieron en ese instante.

Esos momentos de revelación que llegan como un golpe, sin avisar.

Muchas veces nos podemos quejar de lo que hacemos, de cómo lo hacemos, podemos sentir que lo que hacemos no vale nada, o que no somos valorados, pero pocas veces nos percatamos que el trabajo nos dignifica, nos da la oportunidad de demostrarnos hasta dónde podemos llegar.

Cientos de personas, como Alexander comenzaron de meseros y llegan lejos.

O comienzan como ayudantes de limpieza y acaban de ejecutivos en un banco (esa historia es tan cercana a mí, que es una inspiración).

Luego a lo largo de la noche, tomé más fotos de Alexander sin que él se diera cuenta.

Hay algo ahí, donde he encontrado que la foto es una herramienta que da voz a las historias que necesitan ser contadas.

La voz de aquellos, por ejemplo, a lo que les pedimos un platillo, o que mantengan llenas las copas de nuestras mesas, pero que pocas veces vemos a la cara, o miramos con el respeto necesario.

Sin ser consciente de ello, son esas voces las que tarde o temprano terminó retratando y procuro hacerlo con dignidad.

Alexander me vuelve a decir «¿cuanto te debo?» y le digo que nada, pero si me podía conseguir agua se lo agradecería.

Se fue casi corriendo y cuando regresó me da dos botellas y me dice «aquí están, te conseguí las más frías» con orgullo y yo le agradecí.

Hacer dos clic´s no me hará más rico, pero sí le dio a Alex algo que no debe de olvidar, que el esfuerzo de su trabajo los sacará de cualquier lugar de carencia.

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