SI NO QUIERE LEER PUEDE ESCUCHAR
“…cuando regresé a México de Veracruz mostré lo recopilado y un compañero me aconsejo: “expón lo que trajiste como lo oíste y desarróllalo de acuerdo a tu propio estilo”. Así lo hice y quedé satisfecho”. José Pablo Moncayo.
Valle de “La Tlacuacha”, S. L. P. / Gustavo I. Robledo Guillén / Agosto 15 de 2026.- El México postrevolucionario y sus instituciones -las oficiales y oficialistas- buscaron consolidar el escenario mexicano para reflejarlo al mundo entero a través de sus obras y que estas representaran toda la grandeza de nuestro país. Es así como el “Nacionalismo” tiene su más grande expresión en la década de los 40´s cuando muralistas como Rivera, cineastas como “El Indio”, literatos como Novo o músicos como Chávez hicieron de sus obras una ventana para admirar a nuestro país.
Nacido en 1912 en Guadalajara, Jal., José Pablo Moncayo bebe de esta escuela de la mano de su maestro, el superior musico don Carlos Chávez quien, “sabiendo y sintiendo” la sensibilidad de su alumno, lo envía a Veracruz a que conozca y vibre con las arpas y jaranas de la costa del Puerto de Alvarado y pueda plasmar en el pentagrama algo de lo que es la música mexicana.
Música que a lo largo de siglos de tradición ha logrado chiflarse, escribirse, bailarse y estudiarse en todos los rincones de nuestra patria. Con origen, ritmos, instrumentos y voces tan distantes y tan distintos, cuya única hermandad es apellidarse “mexicana”. Y Veracruz -como otras regiones- es el taconeo en las tarimas, el “fandango” del relajo, la jarana armonizada con el arpa, las coplas y voces que envuelven la alegría de la inspiración y efímero momento del huapango.
Así fue como nació “su tarea”. Al llegar a la costa del Golfo, Moncayo escuchó ritmos tan diversos y mágicamente desordenados por su festividad, pero construidos tan perfectamente bien con la entrega del musico “de oído”, que le permitieron desgranar las notas adecuadas de los sones jarochos en las partituras del musico “de conservatorio”.
El güiro que abre la portentosa obra para que el corno francés y el flautín comiencen el faldeo luminoso, son notas inconfundibles de la maestría cumbre de Moncayo, que hasta hace que el galo metal se vuelva forja huasteca. El arpa que juega con el paliacate del que baila, con los aretes y labios de la enamorada que va desenvolviéndose a su alrededor, son el preámbulo para identificar en esta obra 3 sones típicos del antiguo, moderno y eterno Veracruz: “El Siquisirí”, “El Balajú” y “El Gavilancito”.
Es 1941 y la noche del 15 de agosto el mármol del Palacio de Bellas Artes es retumbado por la percusión de un xilófono cuyo alegre sonido permitió que resonara la marimba y toda la orquesta a su alrededor, cuando el arpa se convirtió en portavoz del sueño musical de un joven de 29 años de edad y fue su maestro don Carlos Chávez, quien la interpreta por primera vez aquella emblemática noche con la Orquesta Sinfónica Nacional.
Relata en sus memorias Moncayo que el gozar aquellos días en las fiestas musicales porteñas, en donde el huapango -no solamente el veracruzano- se debe vivir con la gracia de la espontaneidad, confeso difícil al inicio su tarea: ¿Cómo transcribir los sones y las voces del taconeo de sus bailarines, de las pisadas de sus músicos, de los dedos mágicos de los arpistas o la gracilidad de sus cantantes?, pudo haber pensado -la fantasía permite que entremos en el personaje para sentir su vivencia- y por lo tanto la última parte de su obra es tan sublime como su inicio.
La aguda molestia del coplero en la voz del trombón respondiéndole al sonriente espíritu de la trompeta nos trasladan al México que caminamos día a día: desde Yucatán hasta Baja California. Y que encontramos en el arte superior de José Pablo Moncayo, no solamente a Veracruz y sus huapangos, sino a toda la patria cuyas notas van sorteando los caminos y valles, las costas y lagos, sus ríos y sierras, sus desiertos y planicies, su fondo y forma, en donde los brochazos de colores, de hombres y mujeres, de historia y tradiciones se transfiguran en la monumental obra que es sin duda reflejo el de México:
El “Huapango” de José Pablo Moncayo.

