MAYRA DÍAZ / De Rosa / San Luis Potosí, S.L.P.
Si al desamparo de la familia le sumamos el de la sociedad, estaremos confinados al olvido. Aún cuando las estadísticas indican que la población de adultos mayores se ha incrementado en los últimos años, pocos son los lugares implementados para proteger a dicho sector vulnerable de la sociedad.
Uno de estos lugares es la “Aldea del Anciano “. Un proyecto que surge de su fundador Cornelio Pérez 25 años atrás.
Sus primeros encuentros con los abuelos datan de algunos patronatos en donde observaba con desaliento como gran parte de los ancianos, eran rechazados a ingresar a los asilos por no contar con el suficiente recurso económico que garantizara su permanencia.
Ante tal panorama surgió entonces la idea de abrir “La Aldea del Abuelo”. Un lugar que recorrió tres ubicaciones: primero en Prolongación Vallejo, luego en la Colonia Julián Carrillo y actualmente en la calle de Mariano Jiménez 570.
La Aldea, da albergue a 30 ancianos. La mitad de ellos en completo abandono que llegan por instancias de Protección Civil y el DIF, la otra mitad son llevados por familiares lejanos y se les cobra una cuota que oscila de 2000 a 3000 pesos mensuales.
Con dichas entradas y la buena voluntad de algunos Cornelio y siete personas más que integran su equipo de apoyo, hacen maroma y teatro para pagar la renta, agua, luz, gas, teléfono y comida por mencionar los gastos primordiales.
Algunos de estos ancianos no recuerdan nombre ni apellido pues la demencia senil ha borrado su pasado asignándoles entonces un nuevo nombre como el caso de Betito quien tiene ya más de cinco año en el lugar.
Cornelio ha tenido grandes satisfacciones y aprendizaje de sus huéspedes. Recuerda con nostalgia a Finita, nacida en Chimalhuacán y de quien se sabe trabajo toda su vida como nana de una familia acaudalada hasta que ya no pudo continuar con su oficio y fue llevada con Cornelio.
Finita no tenía seguro y su corazón comenzó a deteriorarse. Después de rigurosos trámites lograron ingresarla con un seguro facultativo para recibir ayuda médica, pero su tiempo ya había llegado.
Cornelio narra que un día fue a visitarla pues era su gran amiga.
La encontró entubada y al observar sus condiciones le dijo que le llevaría a un sacerdote para que se confesara y partiera en paz.
Recuerda vívidamente como Josefina se quito la máscara y oxigeno y entre susurros le expreso: “yo no me quiero morir. Aún cuando la vida me ha golpeado tanto, yo amo la vida “
Lección imborrable paras Cornelio que cuando se desanima por no tener lo suficiente para continuar con su obra, recuerda el pensar de Finita y se exhorta a continuar.
De manera incongruente no hay ningún recurso económico de las autoridades asignado para la aldea. Algunas instituciones como el DIF, le otorgan pañales pero con la manutención es una rifa del día a día.
También explica la zozobra por recibir la verificación del Sector Salud en donde llegan con numerosas recomendaciones que lo sitúan entre la encrucijada de pintar, reparar daños materiales o dar de comer a 30 ancianos. Así el dilema de la Aldea.
Aún con todo, existen organismos de buena voluntad que de vez en cuando los visitan como el Club de Leones El Potosí y Club de Leones San Luis así como jóvenes de servicio social que acuden a cortarles el cabello o ayudarles en las tareas cotidianas. Pero las manos son insuficientes.
A la pregunta expresa de que hace Cornelio ante algún deceso, responde que se ve envuelto en los trámites burocráticos para conseguir una caja para sepultura. Pero eso sí, la carroza cobra por adelantado al igual que las actas de defunción. Así que en numerosas ocasiones ha tenido que pedir fiado.
Afortunadamente cuentan con un espacio asignado en el Saucito y un problema menos que pensar.
Del espacio físico han tratado de acondicionar los cuartos ya que es una casa habitación. En cada recamara acomodan hasta cinco personas y en un pasillo los ancianos restantes.
Y en las incongruencias de la vida, en la Aldea del Abuelo convergen personas que en sus ayeres fueron acaudalados y lo perdieron todo… hasta el cariño de la familia.
Así que encuentran del lugar un refugio para sus últimos días. Un refugio que dista mucho de ser ideal pero que suele ser más acogedor que las bancas de un parque o el suelo frio de un piso.
La ayuda es urgente porque de buena voluntad no se vive y basta recordar un pequeño detalle…para allá vamos todos.
Así es como están:

