La recrisis

ADRIANA OCHOA / La Cábala / San Luis Potosí, S.L.P.

  • La brigada del aplauso supone que el desesperado decálogo del presidente para relanzar su desacreditada administración ha sido de aurora boreal. Más promesas a una sociedad harta y enojada, que quiere resultados ya, no se ve que vayan a servir de nada.

otras-plumas-110x110No es un término económico, técnico, ni político. Es mucho más que eso.

Es un estado de ánimo que se desbordó cuando ya pocos esperaban una expresión de hartazgo generalizado porque no se le veía fin a la incapacidad de los mexicanos para indignarse con la corrupción de sus gobiernos, los abusos policiacos, las ligas del crimen con las autoridades, las fosas con decenas de cadáveres, las desapariciones, la violencia criminal y la desfachatez de sus políticos en todos los colores.

En otros países, que le exhumaran a un gobernante o servidor público un engaño marital, una tesis universitaria plagiada o la renta excesiva de un departamento con cargo al erario fueron suficientes para que salieran pitando. En México no: estamos acostumbrados a que nuestros funcionarios y representantes políticos se vayan de rositas después de un estropicio mayúsculo, o que ni siquiera se vayan.

El enojo le tronó al presidente con los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y la “Casa Blanca” de la señora Peña. Con todo y los anuncios de un decálogo de cambios para la remontada de la presidencia peñista, ese estado de ánimo no se mueve.

Ya no es sólo crisis, es la recrisis de un país entero que ya no quiere más promesas; exige resultados, pruebas en los hechos, reformas que pueda ver en su vida del día a día y en los personajes que gobiernan.

El propio gabinete presidencial, antes compacto y poderoso como maquinaria pesada, se llevó sus moretes entre intrigas, errores y la habilidad de acechar al que amenace con caer.

La brigada del aplauso presidencial ya salió a decir que el programa peñista es valiente, audaz y comprometido. La verdad es que el escepticismo y las burlas no se hicieron esperar. No hubo nada nuevo: recogió propuestas de antecesores suyos, sobre todo del PAN. Desaparecer policías municipales era una idea de García Luna; habrá municipios que lo agradezcan, pero otros ya vieron el problema de las liquidaciones.

Una nueva clave de identidad suena a emplasto, como si no tuviéramos suficiente con la credencial del INE, la CURP, la clave de Seguridad Social y la licencia de manejo.

Prometen que ahora sí va a haber transparencia cuando el regreso al ocultismo se sintió de inmediato apenas empezado el régimen. Lo primero que hizo el peñismo fue rediseñar a modo al IFAI con un escandaloso reparto de comisionados entre los partidos.

¿Qué ahora sí combatirá el gobierno federal la corrupción? Queremos verlo, pero ya, como va, con hechos, con traxcavo y volquetes porque de acomodar corruptos en patrullas para que respondan por sus trapacerías no va a acabar nunca. No necesitan reformas para eso, con que se aplique la ley como sí se le aplica al que no tiene influencias, cargo público o fortuna, es suficiente para empezar de una buena vez y corriendito.

El combate a la corrupción es lo que menos se le cree a Peña, embarrado hasta el copete con el asunto de la llamada “Casa Blanca” de “La Gaviota”, su mujer, y después el préstamo de otra residencia para su campaña por parte de contratistas. Con ese acicate, si de veras tiene voluntad, debería empezar por mostrar en los hechos que no habrá impunidad para los que roban, ni para los que se aprovechan de los cargos públicos.

Es más, que empiece por su propia pata de palo, los “Cleptocratus Licitorum”, esa especie que trafica con la normatividad y toda compra, contrato de obra y concesión; en apariencia todo es legal, aunque en el fondo todo esté manipulado para favorecer a diputados federales que piden “moche”, parientes de alcaldes y gobernadores, “favoritas” y también “favoritos”.

Que no sea una sigla suficiente para proteger a un corrupto. Hace algunos años en la competencia electoral entre partidos por lo menos se fiscalizaban los errores y miserias del bando contrario, para esconder o maquillar los propios; ahora ya ni eso. Todos, del signo que sea, encontraron la forma de garantizarse impunidades con “acuerdos políticos” y negociaciones que les permitieran a todos una protección efectiva.

Al anuncio de su decálogo de buenas intenciones, no fueron los representantes de los partidos políticos. Se supone que no los invitaron y el mensaje es que las reformas necesarias que ese decálogo plantea se harán sí o sí, sin el concurso, negociación o toma y daca de los partidos, siempre dispuestos vender cara la zalea en las cámaras de diputados y senadores.

Queremos ver en qué punto los cambios anunciados de Peña se van a topar con el nudo de intereses que son los partidos. Los políticos y sus partidos, parejitos todos, han convertido al país en una pocilga de la que nunca saldremos porque han diseñado las leyes para que los ciudadanos no puedan sancionar a un diputado, senador, regidor, alcalde o gobernador irresponsable, voraz o abusivo.

Amparados en la “política partidista” a la mexicana del “dos para mí y uno para ti”, llevaron a México a un profundo y escandaloso proceso de deterioro.

En México la política privilegia regímenes por encima de gobernados. Por lo general estos sujetos sólo buscan ir a donde haya dinero a fajos, sean del partido que sean. Son casta insuperable que ve en la administración pública, del nivel que sea, un mero yacimiento de empleos para la parentela inútil, los amigos incompetentes y los compadres inempleables. Su máxima impune ha sido: “Que nos quiten lo bailado”.

No hay forma de actuar contra el fuero de facto que proporcionan los partidos a sus militantes más conspicuos y desfachatados. Y el “castigo de las urnas” en México es una entelequia. De izquierda, derecha, colaboracionistas, aliancistas, montoneristas o complotistas de enojo permanente, los partidos en México son organizaciones corruptas, inútiles, esperpénticas y costosas a las que no hay quien pueda adecentar un poco o por lo menos impedir que manoseen a su antojo al país.

Promete Peña que ahora sí los funcionarios rendirán cuentas. Lo dudamos. Y si no fuera algo tan serio hasta nos reiríamos. Contralorías estatales, Función Pública, auditorías superiores y demás revisores son de una inutilidad pasmosa. Sirven para acosar enemigos políticos y chantajear antecesores, nada más.

A lo mejor lo único que veremos sea el 911. Las otras promesas son de tener paciencia cuando ya se agotó, o de tener fe cuando ya no se les cree un ápice. El discurso de Peña va por un lado y la realidad le asalta por el otro en paralelo.

Se entiende que al presidente Peña le urge pasar página, pero antes debió por lo menos leerla.

ROLLOS SUELTOS

CAMPO DE BATALLA. El que se espera para las próximas elecciones municipales en Tampacán, el segundo municipio con mayor representación en el Congreso después de la capital del Estado. La bancada por Tampacán la forman Filemón Hilario Flores, del PRD; Crisógono Sánchez, del Panal, y Christian Sánchez, del PRI.

AL PUEBLO. A como pintan las previsiones, el diputado Filemón Hilario buscará la presidencia municipal de Tampacán por el PRD, una decisión de los perredistas del municipio, y enfrentará a Crisógono Sánchez, de quien se dice cuenta con un pago de favores “muy pesado” con Gobierno del Estado.

EN LO QUE SE FIJAN. En medio del desbarajuste que enfrenta el presidente del país, el golpeteo para el procurador, Jesús Murillo Karam, y para el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, estuvo nutrido. Al abogado del país le echaban en cara que una sobrina suya participa en una parodia cinematográfica del peñismo (Joahanna Murillo en “La dictadura perfecta”), mientras que a Osorio le cuestionaron el permiso de Gobernación para la película.

A DOMICILIO. Será el colmillo, las arrugas, el callo, el sentido común o el oficio, pero el estilo del delegado del PRI, el poblano Melquiades Morales, va de cauto y sereno, tocado por nota. Lo primero que le observan los priistas de diferente bando, algunos hasta enfrentados entre sí, es que el hombre ha buscado a sus interlocutores en donde éstos se encuentren, a sus espacios cotidianos.

VAYA ENOJO. El del secretario de Finanzas, Jesús Conde Mejía, contra el activista Rafael “Chiquilín” Aguilar Fuentes. Hasta quería hacerlo retirar de las oficinas del Instituto Nacional Electoral, a donde “Chiquilín” fue a encadenarse, con la Policía Estatal en papel pleno de antidisturbios.

EL MOTIVO. Al señor Conde ni le va ni le viene quién bloquee la sede de la autoridad electoral, pero sí que le “maltrataran” a su chamaco, pues sucede que el secretario es el dueño del edificio que renta el INE en Himno Nacional y su hijo había acudido a ese lugar el día de la protesta de “Chiquilín”.

DESIGUAL. Imprudentemente, el joven Conde se le puso bronco al inconforme y hubo un amago de contacto físico que por la talla de Aguilar Fuentes era previsible para quién sería la peor parte. El activista ni idea tenía de quién se trataba y no estaba para que lo quitaran con sólo ordenárselo.

MUDANZA. El INE prepara cambio de domicilio para inicios del año entrante, a un edificio nuevo que arrendará por el poniente.

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