LOS RUIDOS

silvia martinez coronelPor Silvia Martínez Coronel/ Montevideo, Uruguay.
Se había levantado temprano. Los golpes en la pared del vecino ya no le despertaban, es más al levantarse, ni se percató de que estaban ahí. Fue a la cocina por café, y luego se sentó en la mesa semi a oscuras a tomarlo sin prisa, con la mente perdida en ningún lado.
A las nueve, ya hacía dos horas que estaba en pie, y si alguien le hubiera preguntado qué había hecho en ese lapso de tiempo, no hubiera sabido qué contestar.
No recordaba el momento en que se había sentado en el sillón. Quizá se había pasado esas horas allí, con la mente en blanco.
Al mediodía sintió el timbre, se levantó y escuchó del otro lado del portero que venían a traerle la comida. No recordaba haberla encargado, pero se alegró, porque sentía hambre. Bajó a pagar, y subió, en seguida.
Comió con gran parsimonia, pero esta vez sí le vinieron pensamientos a su mente, un niño que corría riéndose, y un charco de agua.
A las 6 de la tarde empezaron a zumbar las abejas, entraban y salían por la casa como que fuera su panal, unas iban y venían en tropel, otras volaban dispersas.
Sintió alivio, la entrada de las melosas anunciaba el atardecer, lo que significaba que en poco el día terminaría, y como se había levantado hacía casi doce horas, ya tenía sueño.
De todos modos, sabía que no podía acostarse hasta que se marchara la última, y pudiera cerrar la puerta que daba al patio.
Pronto comenzaron los tamboriles. La comparsa ensayaba en la esquina, pero los sentía como que estuvieran a 5 cuadras, un sonido leve y monocorde. Con el mismo, sabía que los insectos emprenderían la retirada.
A las 19 horas ya había cerrado la puerta, y apagado todas las luces, menos la de su cuarto.
Se fue yendo hacia la cama, y ya en ella, antes de dormirse, el silencio sepulcral de la casa captó las siguientes palabras:- definitivamente, la vida es demasiado larga.

Silvia Martínez Coronel/derechos registrados.

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