La nueva realidad

Hace apenas tres años mi realidad era mi casa, mi familia, mi trabajo en una fábrica, mis amistades y muy de lejos, el mundo que estaba ahí fuera, por el que mostraba interés, pero no conocía desde las entrañas. Intentaba ver el lado bueno en todo lo que me rodeaba, aun en los momentos de más oscuridad, y avanzaba, ajena a otras realidades, a las que ahora la vida me ha acercado de pleno en estos últimos tiempos. Y no hablo solo de esta Pandemia que a todos nos ha cambiado el rumbo y la percepción de nuestra existencia.

He vivido muy de cerca realidades que duelen mucho, injusticias de un sistema que rechaza el lado más vulnerable de la sociedad en la que vivimos.

Hoy, mi realidad se compone de pedacitos de todas esas realidades que antes veía de lejos, y ya no puedo desprenderme de ninguna porque forman parte de mí. Las he vivido, sentido, sufrido. Y de ellas también he intentado ver el lado bello, las sonrisas, el cariño, el agradecimiento o los pequeños pasos dados para mejorar cada situación.

Integrar toda esa nueva realidad que duele me ha bloqueado, lo reconozco. Estoy pasando por un duelo interno que ha afectado en todas las áreas de mi vida. ¿Pero acaso no soy humana? ¿Acaso no estoy en mi derecho a parar y reflexionar, a dejar que ese dolor se transforme dentro de mí? Y ahora me pregunto qué tengo que hacer con todo eso que ha removido cada uno de los rincones de mi ser. Mi niña interior grita y llora impotente ante la deshumanización de esa realidad que supura y que me mira directamente a los ojos porque sabe que me duele y no puedo aceptarla como algo que esté bien. La niña se estremece ante la llamada de socorro que viene a mi mente y me desgarra cada vez que cierro los ojos.

Siento que no puedo quedarme de brazos cruzados, que ya las palabras no bastan y hay que empezar a actuar. El mundo se mueve y debemos movernos con él.

Por eso quiero contar todo lo que han visto mis ojos y por lo que he llorado tantas noches.

Hace apenas un mes comencé a trabajar en una Residencia cercana como animadora por las tardes. Anteriormente había trabajado en un proyecto de dinamización de actividades para las personas mayores de un pueblo de mi comarca y fue la experiencia más maravillosa que he podido llevar a cabo en mi vida. Así pues, accedí a entrar allí porque me apetecía seguir en este ámbito, pero dudaba de si encajaría dentro de un protocolo de atención asistencial del que me habían hablado y no se correspondía con mis valores y mis principios. Realmente, lo que allí he vivido, es mucho peor de lo que pude imaginar, porque sentí que cada una de las personas con las que me crucé, a su manera, mostraban el lado más amargo y duro de una realidad muy presente en nuestras vidas.

Pero… ¿Qué hacer ante un sistema que no nos facilita cuidar de nuestros padres cuando más nos necesitan? Compaginar trabajo, hijos, hogar… con una atención que requiere, en algunos casos más dependientes, estar a su lado día y noche es prácticamente imposible. Qué difícil solución tiene el dejar en otras manos de confianza a los seres que nos crearon y que tanto nos han cuidado y acompañado durante nuestras vidas…

El sistema ha creado un gran negocio utilizando esta debilidad y necesidad: las RESIDENCIAS PRIVADAS, en algunos casos subvencionadas por los organismos oficiales. Nos venden que allí estarán atendidos y tendrán cubiertas todas esas necesidades que nosotros no podemos satisfacer por las circunstancias que nos rodean. Y llegamos a pagar barbaridades mensuales por tener una plaza dentro de ese recinto, confiando en que nuestros seres queridos pasarán los últimos momentos de sus vidas, por lo menos, en buenas manos. Pensamos que ellos son profesionales y saben cómo deben tratarlos, medicarlos y atender sus necesidades más básicas. Y dejamos toda responsabilidad en un negocio que solo piensa en crecer y crecer y obtener el máximo beneficio, quiero creer, porque no somos conscientes de todo lo que se vive allí dentro, de cómo ellos día a día, se sienten abandonados y dejados como despojos hasta su último aliento. Algunos, los que aún tienen sus funciones cognitivas sanas, por no molestar a sus hijos, han decidido por su cuenta apartarse y retirarse a estos lugares por propia voluntad.

He visto en cada uno de sus ojos la tristeza más infinita que nunca pude contemplar, la aceptación de que ya no les queda nada porque ya nadie los quiere a su lado, porque no pueden hacer las cosas por sí mismos y requieren de que alguien les ayude… eso les deja en una situación de extrema vulnerabilidad e impotencia. Sin embargo, como no quieren preocupar a sus seres queridos, aceptan vejaciones, la pérdida de su dignidad y se resignan diciéndoles que allí están bien, que, al fin y al cabo, es lo que les toca vivir ahora.

Horas y horas sentados alrededor de un televisor en una sala, con horarios para comer, ir al lavabo, dormir… Muchos no podían más, querían moverse o hacer sus «cosas» antes de que llegara «su turno». Una señora ciega y sorda, sentada cada día en la misma silla, horas y horas, gritaba que ya estaba bien, que se sentía como una «mierda», que vinieran a por ella ya. Cuando les comentaba a las auxiliares me contestaban que aún no le tocaba, que ella siempre se quejaba y que no le hiciera caso, que ella era la última, cuando todos los demás estuvieran atendidos… Tenía que morderme la lengua porque en realidad ellas tampoco podían hacer mucho más. El ratio de 3 auxiliares para 40 personas dependientes es lo que tiene, que obliga a tener horarios…. pero aun así me preguntaba hasta que punto estas mujeres que les atienden ya se vuelven insensibles ante cada llamada de socorro. Una de las gobernantas, una tarde en la hora de las cenas, cuando fui a pedirle ayuda porque una mujer en silla de ruedas que estaba en aislamiento en la habitación con su hija que tiene parálisis cerebral de nacimiento, lloraba y chillaba que no podía más, que necesitaba irse a la cama porque le dolían mucho las piernas, me dijo: «Ahora no puede ser, se tendrá que esperar a que venga el otro turno» «No hagas caso, porque se saben todas las artimañas para que estemos por ellos, pero se tendrá que esperar»

No sé cómo describir la repugnancia que sentí al escucharla… ¿Artimañas?, ¿en serio? Artimaña eres tú. Solo era una pobre mujer vulnerable que no podía moverse y necesitaba descansar en su cama, no un monstruo que gritaba para joderlas a ellas y darles más trabajo. Comprendí que algunas los acaban viendo con los ojos contaminados, sin comprensión, sin amor, sin cariño que ofrecerles, solo cubriendo como pueden las necesidades más básicas… menos la de sentirse personas, la de respetar sus gustos, sus diferencias, sus horarios, su dignidad. No hay derecho a esto, no lo hay!!!  Podría explicar muchas más cosas, muchas… Se les niega poder ver a sus familiares cara a cara si no es a través de un cristal porque así lo exigen las normas por el Covid, pero luego, a mí ni siquiera me hicieron una PCR en ningún momento para descartar un posible contagio, ni me explicaron algunas normas de seguridad que tenía que llevar a cabo y dieron por supuesto que las debía saber…

El recinto estaba muy sucio, a veces se te pegaban los pies en el comedor… El jardín, el único espacio al aire libre, abandonado  y lleno de frutos caídos en el suelo, moscas, avispas…. Escaso y viejo material para trabajar con ellos las actividades, sin aire acondicionado en una época de un calor insoportable.

Tal vez aquellos que están más ausentes porque tienen las funciones cognitivas más afectadas no se den cuenta de todo o no recuerden, pero perciben el trato y el cariño que les des y es lo que más cuenta. Porque cuando les hablas con una sonrisa y con amor, ellos reaccionan, sonríen y te miran con ojos dulces y agradecidos, perciben la energía y eso puede hacerles sentir mucho mejor. No hay derecho a que se les riña todo el tiempo cuando hacen o piden algo que puede que entorpezca el curso del trabajo, no. Más empatia, más información, más humanidad, más comprensión, más compasión, más paciencia… es lo que hace falta.

Ya no pienso callar ante tales hechos, ni quedarme de brazos cruzados. Pienso en mis padres y jamás podría consentir todo este maltrato hacia ellos. Tenemos que concienciar al mundo de que debe haber un cambio. No pueden normalizarse algunas actitudes hacia nuestros mayores hasta el punto de que unas niñas jóvenes crean que es divertido subir vídeos en los que se les trate sin dignidad alguna…. Os digo que ellas solo son el reflejo de lo que ven, lo que otros esconden y ellas muestran porque creen que es lo normal. Son el reflejo de una sociedad y un sistema que los maltrata y deja morir sin dignidad.

Reflexionemos y actuemos en consecuencia, que cada uno haga lo que considere en su vida privada, pero que entre todos podamos dar paso para lograr un cambio para mejorar esta dolorosa e injusta situación.

Hay un tiempo de silencio y observación y otro para gritar las injusticias al mundo y actuar en consecuencia.

BEGOÑA DÍAZ / Literatura / Tarragona, España / Septiembre 2 de 2020.

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