Apuntes sobre el Pequeño Marcelo, Crónica de una Búsqueda Implacable

La orden fue clara. Mañana, 07:00 horas en el helipuerto, así fue como Hugo Laussin, fotoperiodista de la SSPE emprendió la búsqueda de Marcelo. Su papá ya fue encontrado, falta él.

De inmediato, a armar el equipo necesario para documentar lo que sabía, sería una extenuante búsqueda pero que al final daría un poco más de tranquilidad a una familia.

El amanecer fue fresco mientras el equipo despegaba en el helicóptero de la capital potosina. A bordo, los dos excelentes pilotos, el secretario de Seguridad, su escolta y un fotógrafo que a esas horas no sabía si iba o venía, porque la noche fue inquieta.

El vuelo fue sobre nubes interminables como un mundo nevado donde sólo el brillo era la única forma posible de ubicarse, todo tranquilo hasta el aterrizaje, donde el bochorno huasteco nos saludó con su húmedo manto.

Un frugal desayuno y de inmediato el penetrante calor de aquellas latitudes se volvió helado al encontrarnos directamente con el abuelo del pequeño Marcelo, y es que nada, nada absolutamente te prepara como periodista cuando miras los ojos de quien ha perdido a un hijo y a un nieto en un instante.

Sereno, aquél hombre charló vía telefónica con los gobernadores de Coahuila y de San Luis Potosí. Con el altavoz fuimos testigos de la prudencia de los funcionarios y de la firmeza del abuelo. Todo el apoyo, no hay más.

Discretamente y con respeto el en ese momento, helado fotógrafo, tomó gráficas de aquél hombre que en su espalda llevaba mucho dolor.

“Debemos encontrarlo”, dijo el jefe del fotógrafo como leyendo el mismo pensamiento en quienes lo acompañábamos. Y así iniciamos de nuevo el vuelo a el hermoso paraje de la cascada de Tamul, con sus 105 metros de caída, sus verdes, sus azules, sus recónditas bellezas dispuestas a ser admiradas por quienes con respeto las miren.

El campamento base de la búsqueda era ya en esas primeras horas de la mañana, un hervidero de voluntarios, pescadores, guías turísticos, aficionados a los deportes extremos, rescatistas y muchos curiosos.

El encuentro entre autoridades fue de preguntas, respuestas y teorías. El padre de Marcelo había sido encontrado por la madrugada a menos de 200 metros de la cortina de la cascada y por especulación y teorías el pequeño debía ser encontrado cerca de esa misma zona.

Toda la noche, la madrugada y esa parte de la mañana, cientos de personas buscaron en cada recoveco del río, en las orillas, en las partes bajas, rocas, arbustos que acariciaban el agua.

Ires y venires de kayaks, lanchas, personas a pie por las orillas y ahora se sumaba el helicóptero donde el fotógrafo y sus superiores buscaban afanosamente sobrevolando una y otra vez la zona.

Tocó entonces de que el fotógrafo iniciara el recorrido, pero esta vez en un bote de Protección Civil. El sol, ya en todo su esplendor, hacía del estribor de hule de aquella embarcación una plancha donde las piernas se cocían y de donde además, había que agarrarse con las manos. Las ampollas no tardaron en aparecer.

Río arriba, Barriga, integrante de Protección Civil y al que no puedo más que calificar con respeto como un verdadero Indiana Jones, además del equipo de Rescate Acuático de la SSPE, jóvenes policías que a base de esfuerzo han logrado ser un verdadero equipo de ayuda a la sociedad y un fotógrafo en ese momento ya empapado en sudor, que se equipó de todo, menos de calzado adecuado. Las botas de motociclista no ayudan en estos lares, como bien pudo comprobar unos kilómetros después, cuando en uno de los dos rápidos del río hubo que desembarcar y jalar el bote desde las orillas para evitar dañar el motor.

Las formaciones de piedras de las orillas del Río Gallinas son hermosas desde el aire y desde el cauce, enfrentarse a ellas con botas, equipo pesado, chaleco salvavidas y sed, no es nada sencillo. Mientras el equipo de policías se afanaban en jalar el bote, el fotógrafo se dedicó varias veces a comprobar que el suelo y las piedras no son aptas para caer de bruces mientras se evita que una cámara toque el suelo. Gajes del oficio.

Así, embarcando de nuevo y vaya, de nuevo desembarcando para otra ronda de piedras, se llegó al punto máximo donde sin peligro se podría acercar uno a la caída (espectacular) de la cascada.

En las orillas de ese paraje, una veintena de guías y lancheros esperaban lamentablemente, que el cuerpo del pequeño surgiera de las aguas para sacarlo. Esos mismos lancheros que en sus redes sociales publicaron que no había autoridad alguna ayudándolos sabiendo que en realidad, desde un primer momento hubo personal de distintas dependencias en la zona. Incluso, aseguraron haber “rescatado” a los tripulantes del bote donde el fotógrafo navegaba, y que no resultó más que detener la embarcación mientras “Barriga Indiana Jones” enredaba de nuevo el chicote del motor. En fin, siempre habrá quien quiera hacer queja de todo.

La búsqueda fue infructuosa. Ni una señal del pequeño. De nuevo, el recorrido en el cauce, en sus parajes, en sus escondidas cuevas, e incluso en un abandonado por la pandemia, sitio turístico de la Cueva del Agua, porque aunque inverosímil, muchos aún albergaban esperanzas de encontrar a un asustado, cansado pero vivo Marcelo aferrado a alguna rama, piedra, en alguna orilla. Esa esperanza, que se sepa, nunca se va de quienes dedican su vida a rescatar a los demás.

De vuelta al campamento base. Ahí, la esperanza se mantenía pero cada minuto las reservas de la misma disminuían. Aunque todos los presentes tenían una meta clara: darle un poco de tranquilidad a una madre que sólo pedía ver a su hijo. Ante ello, no hay poder humano que evite que se le quiera ayudar.

Humanos al fin, el hambre comenzó a mellar la fuerza de los voluntarios y los profesionales. Un restaurante cercano sería el punto de encuentro en el que la mayoría se encontraron para descansar un poco y comer.

Voluntarios de Cruz Roja, Bomberos, integrantes de Protección Civil, Policías Estatales y municipales, jóvenes deportistas voluntarios, pescadores, guías, funcionarios y de nuevo, un sediento fotógrafo que con labios partidos y sangrantes bebió como poseso una helada agua de limón.

Esa calma chicha fue interrumpida por una patrulla estatal que arribó al lugar y cuyo conductor a gritos pedía la presencia de Barriga (nuestro Indiana Jones). En alerta, al unísono, todos de pie pues la noticia de un posible avistamiento del pequeño hizo que todos abandonaran las sillas, las comidas y las aguas de limón para dirigirse al campamento base.

En el lugar, el helicóptero ya estaba siendo encendido mientras el secretario de Seguridad, Barriga, el famoso Sherpa (también de Protección Civil), un escolta y el jadeante fotógrafo se acercaban para abordar.

La noticia de un posible avistamiento se dio en lo alto de la cascada, a metros de la caída en una fosa natural con el tenebroso mote de Fosa del Diablo.

De inmediato el vuelo al lugar y sobrevolando, el fotógrafo no pudo evitar un “¡ahí está!”, señalando al piloto y a los tripulantes la zona de la fosa, mientras metros abajo, personas de la localidad señalaban el área.

De nuevo al campamento base para iniciar el plan de rescate. De entrada, no se podía aterrizar más que a dos kilómetros del lugar, sin embargo, era una prioridad comprobar que se trataba del pequeño, por lo que de inmediato se reinició el vuelo a la zona, aterrizando en un cañaveral cercano a un campamento turístico de la zona.

De ahí, la caminata, con equipo de rescate y bordeando por dos kilómetros el río hasta llegar al lugar, sin embargo, del lado más alejado de la fosa, por lo que hubo que desandar el camino río arriba para poder vadear la corriente sin peligro.

Tres caídas después y con poco aliento, el fotógrafo maldijo la maldita costumbre de fumar. Cada paso era ya para entonces un dolor en cada parte del cuerpo. La fuerza que provocaba encontrar al pequeño fue suficiente para volver a andar con ritmo. Río arriba, vadear el río hasta la cintura fue necesario, pero más necesario evitar mojar el equipo. Y ahí estaba, el fotógrafo manos y equipo arriba trastabillando dentro del agua mientras rogaba no caer. No pasó.

En esos momentos, ya con nuestro Indiana Barriga Jones en el exacto lugar, se comprobó que lamentable y tristemente, se trataba del pequeño Marcelo.

Las teorías fueron varias, pero la que quisimos aceptar en ese momento es que el papá de Marcelo, en un último intento por salvarlo, lo empujó hacia un enorme árbol que resiste junto a la fosa, aunque es prácticamente imposible que el pequeño hubiera soportado la fuerza del agua.

Emblanquecido pero con un hermoso y tranquilo rostro infantil, el pequeño fue sacado del agua por manos voluntarias y llevado a la orilla, donde fue envuelto con respeto y cargado para llevarlo río arriba, hacia el helicóptero. Un vehículo que llegó por ese lado del río fue como se transportó hasta la orilla, para después en andas y vadeando el río, subirlo al helicóptero, donde fue cargado por el secretario de Seguridad, el jefe de policía de la región y el fotógrafo.

El vuelo fue corto, directo a las instalaciones de la policía estatal en Ciudad Valles, donde tras aterrizar, se bajó con cuidado al pequeño para esperar un vehículo que lo llevaría a la autoridad correspondiente.

Fue buscado y hallado porque muchas almas, fuerzas y equipos se unieron para encontrar a ese hermoso pequeño, a Marcelo, quien ya descansa en paz.

Nota personal del fotógrafo: No me conociste en vida Marcelo, pero pude susurrarte al oído mientras esperábamos el vehículo “descansa pequeño, pronto podrás despedirte de mamá y cuidarla desde otro lado. Quiero que sepas que fue un honor buscarte y ayudar a encontrarte”.