Las niñas que no jugaban con muñecas

Las niñas que no jugaban con muñecas. Parte I (cualquier parecido con la realidad total coincidencia).

Éramos todavía tres, nos criamos en el mundo paralelo que nos mostró mamá, un mundo donde nuestra niñera era cómplice, mi dulce Clara…y mientras nos hacían cerrar los ojos nos ponían objetos en cajas de cartón para que creyéramos que los habíamos hecho aparecer nosotras.

No sabíamos si éramos brujas o hadas (esa diferencia no contaba en casa), lo importante era que creíamos que teníamos poderes.

Salíamos envueltas en pedazos de tela y ya el barrio le parecía normal nuestras apariciones: «Ahí van las niñas que no juegan con muñecas», y no, nosotros practicábamos en el patio, Laura, la mayor marcaba con qué velocidad debíamos mover los codos para ir adquiriendo el arte de volar, Noel la seguía, y luego yo, la más chica, íbamos girando en círculos, y recuerdo que mamá nos decía desde la cocina: » ya veo como van despegando del suelo.

Las niñas que no jugaban con muñecas. Parte II. («Cosecharás tu siembra»).

Llegaban las fiestas, era inquietante pensar que alguien se quedara sin tarjetas, así fue como se nos ocurrió hacer tarjetitas anónimas y dejarlas por abajo de las puertas.

La idea nos entusiasmó tanto, que pasamos todo el día diagramando, pintando, creando mensajes navideños muy originales, nada de «Feliz Navidad»o «Próspero año nuevo».

Sabíamos de la vida del vecindario (Todos la saben con la distorsión necesaria, en todos los pueblos). No olvidar, además, que creíamos que teníamos poderes.

Nuestros mensajes eran: «Papá Noel te regresará a tu papá», u otro que recuerdo: » Resucitará tu gata Berenice».

Luego, al otro día, trasnochadas nos encontró la llegada del momento más emotivo: la entrega de las tarjetas.

Debió ser Domingo, porque nos fugamos a la hora de la siesta.

Tiramos tarjetitas debajo de puertas prohibidas, caminamos por calles vedadas, incursionamos por pasadizos con huecos.

Nos fuimos lejos de casa, a dónde ya no conocíamos las historias, pero teníamos tarjetitas para desconocidos que decían: «cierra fuerte tus ojos y se te cumplirá».

Volvimos corriendo con el corazón a mil, sintiendo que habíamos cumplido una misión importantísima.

Llegamos, y por suerte, aún la casa estaba en el silencio prolongado de las siestas de Domingo.

Igual al despertar mamá olió que algo extraño había pasado en la casa. Con su olfato endemoniado nos miró fuertemente a las tres. Bajamos la cabeza, escondimos los championes embarrados.

Ante una segunda mirada la presión fue tanta que corrimos escaleras arriba y nos encerramos en un cuarto, mientras escuchábamos entre risas, el grito ya desahuciado de mamá: » quién vendrá a quejarse de ustedes esta vez?».

Las niñas que no jugaban con muñecas. Parte III.(cualquier parecido con la realidad, total coincidencia).

Eran de cartón sus casas, las armábamos sobre la mesa del cuartito.

Tenían piscinas, salas de estar, puentes, escaleras.

Las hormigas iban felices por sus nuevos reinos, aristeia en la épica de sus vidas.

Aguardaban las tijeras.

Y eso de que los niños son puros y buenos, ya aclaró Freud que era una fantasía sin fundamento… quién no la gozó corriendo y dejando atrás al más pequeño, o pellizcando sin que te vieran, y al comenzar el llanto de la víctima poner cara de: «Yo no fui»?

El perverso polimorfo llamó Freud al niño.

Como dije, aguardaban las tijeras.

Luego del momento de gloria, las hormigas vivían su Holocausto, primero se iba una pata, luego otra…y así pasaban del Paraíso al Infierno.

Luego a armar los funerales, las tumbas de cartón, y hasta las lágrimas de los verdugos de venidas en deudos.

Y bueno sólo éramos tres niñas jugando a la muerte, repitiendo sin saber una práctica común por los cuarteles del 75.

Las niñas que no jugaban con muñecas. Parte IV.

En Dictadura a las 8 de la noche se apagaban las luces. Papá que era «Giro sin tornillos» había creado un farol que daba una luz muy parecida a la eléctrica y que dejaba un gran halo en la pared de la cocina donde quedábamos todos juntos y muy cerca por algún sortilegio.

Momento de sombras chinas: aves, perros, dragones salían de nuestros dedos.

Nada sabíamos del toque de queda, y que detrás de la risa de nuestros padres habitaba el miedo.

Papá seguro ya había escondido bien los discos y mamá los libros, y venían con nosotras a hacer que disfrutaban de nuestros juegos.

La túnica azul de mamá pendía aún del perchero, años después el mismo quedaría vacío y vendría Leonor a completar el cuarteto.

Mientras tanto nosotras hacíamos sombras chinas en el puntual apagón, protegidas por el inmenso silencio.

Las niñas que no jugaban con muñecas. Parte V

Vivíamos en la calle Rodó, en una casa con un patio enorme, con una hamaca de patio doble, que oyó las historias que inventábamos casi siempre de cuentos contados al revés, dónde el malo ganaba sobre el bueno, lo que nos causaba gran placer y era objeto de grandes risotadas.

Otro de los sucesos que podría contar aquella hamaca y ese patio eran nuestras incursiones en las siestas jamás respetadas, para robar nísperos de la casa del vecino, trepando la medianera. No era que nos gustaran tanto los nísperos, muchos de ellos terminaban sin pelar sobre el pasto en nuestra labor frenética de despojar las ramas de sus frutos, más bien era el sabor de la aventura lo que nos llevaba a trepar y quitar lo que no era nuestro.

Mamá varias veces encontró en el patio nísperos a medio comer, o varios enteros, pero ya vencida no nos decía nada, sólo levantaba la prueba del delito que había que esconder de nuestro padre, y con apuro recogía y tiraba prontamente a la basura.

Silvia Martínez Coronel / derechos reservados.