Ex Hacienda La Sauceda de San Antonio

Fray Juan de Cárdenas, el Fraile Franciscano Juan Bautista de Mollinedo y Gabriel Ortiz de Fuenmayor Pacificaron a los Indígenas Guachichiles y Repartieron Solares y la Hacienda

La ex Hacienda de La Sauceda es una reliquia que habla de la bonanza que vivió la zona de Villa de Zaragoza, está abandonada y bajo el resguardo del Ejido Municipal.

Esta historia la narra el cronista municipal, Marco A. Zarate Arévalo con las investigaciones realizadas en los archivos históricos.

Los documentos consultados revelan que a la muerte de Miguel Caldera, Gabriel Ortiz de Fuenmayor tomó control y posesión de extensas tierras y logró la pacificación de los indígenas guachichiles entre septiembre y diciembre de 1592. Entonces repartió más de 100 solares, entre ellos los terrenos de La Hacienda de la Sauceda. 

La evangelización del lugar se dio gracias al fraile franciscano Juan Bautista de Mollinedo, guardián del convento franciscano de Xichú, quien junto a Fray Juan de Cárdenas llegaron en misión a enseñar la religión católica a este lugar.

En el año de 1593, llegó un rico español de nombre Pedro Arizmendi Gogorrón, nacido en Luxua, Vizcaya, hacia el año de 1550, adquirió minas en Cerro de San Pedro para la extracción de oro y plata, creando así una Hacienda de Beneficio con 16 hornos de fundición en el año de 1610, ahora es conocida como La Hacienda de la Sauceda de San Antonio.

Hacia el año de 1580, Don Pedro se casó con doña Antonia Rivas Palomino y Rendón, de los Palomino y Rendón de Jerez de la Fontera, Cádiz, procreando a sus hijos Elena, Pedro, Diego, Antonio y Francisco de Arizmendi Gogorrón Rivas Palomino.

Al morir Pedro de Arizmendi en 1622, sus hijos heredaron los bienes hasta el año de 1642, cuando cayó preso su hijo Antonio de Arizmendi por desvíos y robo a la corona, en ese mismo año se levantó un inventario de lo que la hacienda contenía: un molino, el lavadero de metales, la herrería, una troje grande para maíz y frijol, una carpintería, el aposento para el herrador, dos ingenios de noria, dos pozos, un chilar, dos piletas, descargadero de metal, la casa grande, una aposento que servía de tienda, calabozo con su cepo y una capilla particular, además de 31 esclavos negros y mulatos establecidos en el conguito.

Al morir Antonio y su hermano Francisco heredaron los sobrinos Josefa, Alonso, Teresa y Bárbara. Estas últimas contraen primeras y segundas nupcias con el Capitán Pedro de la Fuente Rincón, quedando así la mayoría de las propiedades de los Arizmendi en manos de los Fuente y Rincón.

En el año 1706, el casco de La Hacienda de Fundición era propiedad de Don Diego de la Fuente y Rincón, quien continuó fundiendo metal. La Sauceda, a la muerte de la Fuente Rincón, se remató en I707 a don Pedro de la Serna Palacios en 34,000 pesos, incluyendo las Haciendas de El Fuerte, Atotonilco, Atotonilquillo y El Durazno, quedando toda la propiedad contigua a La Hacienda La Pila.

En 1751 -1758, Don Andrés Martínez de los Ríos era dueño de la mitad de las tierras de la hacienda.

Para 1800-1803, don José de la Serna, rico comerciante de San Luis Potosí que vivía en “la esquina de Serna”, hoy Hotel De Gante, fue propietario de la hacienda.

Alrededor de 1796 se le clasificó como Hacienda de Segunda Clase, tocándole entregar cinco caballos para el Regimiento de Dragones de San Luis. A la muerte de Pedro de la Serna, le heredó su sobrino Juan Pablo.

Juan Pablo de la Serna, pudo poseer La Sauceda por poco tiempo, pues en 1810 fue uno de los españoles que remitieron a las cárceles de Guadalajara.

De 1810 a 1828 pasó a manos de José Francisco de la Serna y después a Benito de la Serna, la conservó hasta 1841 en que el Ayuntamiento de la ciudad tomó posesión de La Hacienda La Sauceda.

Posteriormente el Ayuntamiento la vendió al comerciante español Pedro San Juan, quien aparece en 1853 como propietario. Para 1865 San Juan la tenía en “Hipoteca Nacional” y al no poder pagarla, resultó dueño de la finca Darío Reyes, quien pagó el crédito y fomentó la agricultura de la hacienda. Años después, «La Hacienda de la Sauceda de los Mulatos” pasó a manos de don Francisco Antonio de los Reyes. De esta época procede la edificación de la actual casa grande.

La Hacienda se ubicó en los márgenes del arroyo con el objeto de aprovechar sus aguas, donde también se encuentran restos de la torre de lo que fue una noria. Su antiguo patio de trabajo es ahora la Plaza del pueblo de Zaragoza, en él, al sur está la casa principal con la  capilla a su lado; al norte y oriente, lo que pudieron ser las casas de los trabajadores; y al poniente, la Casa de Vino o Mezcalera.

El patio de la casa grande está circundado de una arquería de nueve arcos de medio punto por sus cuatro lados cubriendo sus corredores; las esbeltas columnas de cantería aligeran el peso de la perspectiva del patio, contrastando con el volumen del observatorio o mirador que corona el zaguán de acceso, parecido al de La Hacienda de Peotillos.

El mirador fue edificado para observar las condiciones climatológicas y los movimientos de los ganados y trabajadores, así como para vigilar las incursiones de los bandidos que merodeaban la zona; La crearon en dos cuerpos, circundado con un paso de ronda y a su interior una escalera para llegar a la cúspide. También en ese momento la actual capilla sustituyó a la antigua ermita, de una sola nave con vigas de acero; la portada se construyó hasta su remate y las torres quedaron hasta su basamento. Las cúpulas son posteriores a la construcción.

Del mismo tiempo es la fábrica de vino mezcal, cuya planta en «T» está cubierta de las mas hermosas y grandes bóvedas de cañón del Estado. El espacio de los tinacales recibe luz por las ventanas elípticas de la bóveda; en la cabeza de la «T» se encuentran los antiguos molinos desde donde escurría el jugo hacia los tinacales y a lo largo de la cabeza de la «T» se encuentran los hornos donde se cocían las piñas de agave, edificados con cúpulas cuyo coronamiento está abierto para por ahí arrojar las piñas al horno. A un costado de la mezcalera aún se pueden ver restos de los jales de la antigua hacienda de beneficio, cuyos restos habría que buscarlos en el subsuelo.

Durante el porfiriato terminaron las torres y el remate de la portada de la capilla, son de gran sencillez, casi llana. En 1891, el comerciante Ramón Othón, residente de San Luis Potosí, donde tenía la fábrica de tejidos de ixtle El Tepeyac, compró la casa grande y las inmediaciones de La Sauceda, para fomentar la producción de jarcería.

En 1907, Pedro Barrenechea era su propietario, para ese momento tenía 18 mil 738 hectáreas, estaba casado con Ignacia Farías miembro de la familia saltillense dueña de La Hacienda de Bocas y había hecho fortuna administrando las minas de Santa María de la Paz, acrecentó su propiedad al adquirir La Hacienda del Sotol en Cedral. Mientras fue de Barrenechea, La Sauceda estuvo prácticamente abandonada.

Para 1912 recibirá la depredación de las tropas de Carrera Torres y en 1914 la tuvo en su poder Juan Araujo, desde donde se dirigió para saquear la hacienda de Jesús María.

Barrenechea endeudado por financiar sus aspiraciones políticas, abandonó la ciudad y el país dejando cuantiosas hipotecas, de las cuales una de $ 115,000 con doña Luz Barragán, esposa de Mariano Arquinzoniz, rico empresario de Ciudad del Maíz, quien al final se quedaría con sus bienes.

Durante todo ese periodo hasta 1923 se registra que estuvo improductiva. En 1950, Luis Dávila fue su propietario.

Actualmente, después de haber pretendido emplearla como bodega vitivinícola, continúa abandonada y al haber recibido intervenciones desafortunadas, han acelerado su deterioro, a lo que se suman las exploraciones irracionales en busca de tesoros. Al día de hoy la casa grande se encuentra bajo la protección del Ejido Municipal de Zaragoza.

Si desea suscribirse a nuestro canal de Telegram, sólo de click aquí!

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.