Otra cara del coronavirus


Dentro de lo que ocurre en estos días de encierro, hay denominadores comunes que no me dejarán mentir. Después del séptimo día, si es absolutamente necesario ir a la tienda, sobran los voluntarios y todos andan bien acomedidos.  Si en el camino se encuentran a la vecina que durante décadas les cayó gorda, ahora hasta ganas le dan de abrazarla y nada más por la sana distancia se contiene.

Para el octavo día, ya el cepillo para el cabello ni lo busca ni lo necesita, trae un nido de pájaro en la cabeza, pero eso sí, tampoco importa.

Se da cuenta que los trastes se reproducen como los panes de Jesucristo. Percibe que las horas pasan lentas pese a realizar innumerables tareas y sacar 10 bolsas jumbo de quién sabe cuánto «triquero» con la excusa de por si se llega a ocupar.

Otro detalle curioso es que las «creaturas» que por quincena se gastan dos cereales ahora consumen en cantidades industriales devorando todo a su paso.

Ya para aquello de las siete toma asiento y empieza el descubrimiento de manchas nunca vistas. Alguna telaraña, el cuadro desacomodado y mejor ya ni le busque, pues encontrará muchos otros detalles más.

Si decidió pintar su casa y acabó dicha tarea, comienza a observar al «firulais» que quizá le venga bien un color morado en las orejas y franjas naranja.

Para aguantar bonito, le suma los calores que nos tienen en baño sauna y si es de los afectados de «El Realito», entonces andará en sus jugos, pues ni gota de agua suministran a su casa.

Llega la imprudencia como invitada y verdad de Dios que escuché la pipa del municipio y como no podemos salir a corretearla, me asomé al balcón y comencé como la llorona gritando ¡ay canijos, ay canijos, no me dejen sin agua!

Oiga, pero no todo es tragedia, mire, por fin el arroz que me salía como vomitada de niño chiquito ya me quedó.

He decidido invertir sanamente mi tiempo y asigné un horario para zumba. Ahí me tiene, me puse mis pants y comencé con una rutina de la televisión: adelante, atrás, arriba, abajo, vuelta y viera que me dí cuenta que malos programas, nunca pudieron ir a mi ritmo, abajo y yo adelante, atrás y yo a un lado. Definitivamente deserté y dije Mayrita, yo creo yoga es lo tuyo. Sigo cabalmente instrucciones.

1.-Siéntese en flor de loto, y ahí me tiene. 2.-Concéntrese y perciba su respiración, yo escuchaba al de la basura, al del gas y un poco incomoda decidí pararme. Eso intenté en varias ocasiones infructuosamente. Opté entonces por gritarle a mi hijo para que me pudiera «desenrrollar». Acción inconclusa número dos.

Entonces leí en Face que un señor hacía seis kilómetros caminando por su casa. Eso, eso es lo indicado. Solo que muy pronto reparé que en mi hogar tendría que dar unas 400 vueltas y ya para la 20 me sentía como los animalitos de zoológico, propiamente como león enjaulado.

Como ya era hora de hacer de comer y al pánico de las compras pensé, utiliza el atún mujer. He de confesar que he realizado pay de atún, empanadas de atún, ensalada de atún, atún en torta, en tacos, en sandwich y si no se acaba estoy pensando hacer atún en almíbar.

Pero usted seguramente coincidirá que el golpe mortal en un hogar es la falta de huevos. Oigame, según mi teoría de la conspiración del coronavirus es que la cura la obtendrán de los blanquillos. Pues se ha encarecido tanto que estoy pensando que efectivamente mi teoría no está del todo descabellada. Así que por eso ya guardé un kilo de huevo en la caja fuerte, que tal que sí, uno ya no sabe.

En estos momentos son las seis y media de la tarde, hice arroz con leche, me encuentro en mi mecedora favorita, escribiendo para compartir buen humor que tanta falta nos hace.

Ánimo chamacos, esto también pasará.

MAYRA DÍAZ / De Rosa / San Luis Potosí, S.L.P. / Abril 9 de 2020.

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