Quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre

Cuando hablamos del día del juicio final ante el rostro de Dios, muchos nos ponemos a pensar en cómo será ese día. Mira, en una ocasión me preguntaba un amigo que era buena gente, pero era medio indiferente a las cosas de Dios, y en una ocasión este hombre maduro se entera que tiene cáncer, y como me dice que le inspiro confianza, porque me conoce, se animó a confiarme lo de su enfermedad y de pasada me preguntó una inquietud muy lógica, me dijo Fernando ¿Crees tú que si voy a confesarme con un sacerdote serán perdonados mis pecados?

Wow, me quedé helado con su pregunta. Le dije, siento una gran responsabilidad para darte una respuesta a tu pregunta, sin embargo me estoy poniendo en manos de Dios e invocaré al Espíritu Santo para que me asista e iluminara antes de abrir la boca y darte una respuesta que sosiegue tus temores muy normales, en este momento tan inquietante en tu vida, mi respuesta es meramente humana y desde mi particular punto de vista, más bien será Dios quien tendrá la última palabra, pero yo sé que Dios es amor y que el amor vence siempre y reconforta a quien lo reciba.

Mira creo que el día de nuestro juicio final puede haber varios escenarios, uno de ellos es que de seguro te va a pregunta ¿Cuánto me amaste? Y de tu respuesta y arrepentimiento seguramente habrá más escenarios que tiene que ver con el perdón y la infinita misericordia de Dios y le conté un cuentito que a mí se me hace muy ilustrativo para volver al orden de nuestras vida y tener con ello LA ESPERANZA de que el día que muera estar arrepentido de las ofensas a Dios y mantener el estado de gracia, de ahí que me gusta mucho pensar en LA ESPERANZA.

El Cuentito dice así: En varias ocasiones Jesús me llevó al lugar del juicio Final individual. La última vez que fui, oré por una alma pecadora. Mi confesor me dijo que le preguntara a Jesús si esa alma se había salvado. Entonces Jesús me permitió ver cómo esta alma había sido juzgada. Yo pensaba que iba a ver algo aparatoso, mientras no vi nada de eso. Puedo describir esta experiencia sólo en imágenes. Vi a esta alma mientras se acercaba al lugar del juicio. A un lado estaba el Ángel de su Guarda y al otro Satanás. Jesús, en su divina majestad los estaba esperando porque Él es el Juez.

El juicio fue rápido y en silencio. El alma pudo ver en un instante toda su vida, no con sus propios ojos, sino con los ojos de Jesús. Vio las manchas negras, grandes y pequeñas. Si el alma va a la eterna condenación, no siente ningún remordimiento por lo que ha hecho. Jesús permanece callado y el alma se aparta de Él y entonces Satanás la arrebata y la arrastra al infierno.

Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, Jesús, con un amor indescriptible, extiende su mano y muestra el lugar al cual el alma debe ir. Jesús le dice: “¡Entra!”, y entonces el alma se pone un velo, similar al que he visto en el purgatorio, blanco o negro, y ella se dirige al purgatorio. La acompañan Nuestra Señora y su Ángel de la Guarda tratando de consolarla.

Estas almas son muy felices porque ya vieron su lugar en el Cielo donde les espera la felicidad eterna. Nuestra Señora no está presente en todas las fases del juicio, pero antes de que se pronuncie la sentencia, Ella le suplica a su Hijo, como abogada defensora, exactamente como hace el abogado con su cliente, defendiendo en modo particular a las almas que durante su vida le fueron devotas. Pero cuando el juicio empieza, Ella desaparece, sólo su gracia está irradiando sobre el alma. A la hora del juicio, el alma está completamente sola frente a Jesús.

Después del juicio, cuando el alma está cubierta con el velo del color apropiado, entonces la Virgen aparece otra vez, se pone al lado del alma y la acompaña por el camino del purgatorio. La Virgen casi se pasa su tiempo en el purgatorio, irradiando sus gracias consoladoras y salvadoras. El purgatorio es un lugar de purificación, pero también un lugar de felicidad. Las almas que esperan allí están aguardando felices el momento de entrar a la felicidad eterna. El énfasis es en la felicidad y no en el sufrimiento. Olvidaba decir que el pecador que mencioné al principio, sí se salvó.

Le pregunté un día a Jesús: – ¿De qué depende nuestra salvación? Y Él me contestó: –La salvación no depende de hoy, de mañana o de ayer, sino del último momento. Por eso ustedes deben arrepentirse constantemente. Ustedes se salvan porque Yo los he salvado y no por sus méritos. Solamente el grado de la gloria que ustedes reciban en la eternidad depende de sus méritos. Por lo tanto, ustedes tienen que practicar constantemente dos cosas: el arrepentimiento de sus pecados y decir con frecuencia: “Oh Jesús mío, en tus manos encomiendo mi alma”.

Uno no debe tener miedo al juicio. Jesús, como humilde cordero, rodea las almas con un amor indescriptible. El alma que ansía estar limpia llega al juicio para poder encontrarse con el Amor mismo de Quién ella estará enamorada eternamente. En cambio, el alma orgullosa, detesta este Amor, ella misma se distancia de Él y esto en sí mismo es el infierno. Una vez, apoyada en el hombro de Jesús, yo lloré preguntándole: – ¿Por qué creaste el infierno?

Para contestarme, Jesús me llevó al juicio de un alma muy pecadora, a quien le perdonó sus pecados. Satanás estaba furioso: – ¡Tú no eres justo! –gritaba–. ¡Esta alma fue mía toda su vida! Este cometió muchos pecados, mientras que yo cometí sólo uno y Tú creaste el infierno para mí. – ¡Lucifer! –Le contestó Jesús con amor infinito–. ¿Tú, alguna vez, me pediste perdón? Entonces Lucifer, fuera de sí, gritó: – ¡Eso nunca! ¡Eso nunca lo haré! Entonces Jesús se volvió hacia mí, diciéndome: –Ya lo ves, si él me pidiera perdón tan sólo una vez, el infierno dejaría de existir.

Es por esto que Jesús nos pide que vivamos en continua conversión. Debemos meditar todo lo que Él sufrió por nuestros pecados para que podamos alcanzar la salvación. Hemos de amarle por su amor profundo. “Cada alma es un mundo único”, me dijo. “Una no puede reemplazar a otra”. Jesús ama a cada alma con un amor especial, y ese amor no es el mismo amor que tiene para las otras.

San Juan apóstol 2, 12-17, en su primera carta primera carta se dirige de esta manera: Os escribo, hijos míos, porque se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito, hijos, porque conocéis al Padre. Os he escrito, padres, porque ya conocéis al que existía desde el principio. Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno.

No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia.
Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

No te deseo un año maravilloso donde todo sea bueno, nos dice  Mirta Medici. Ése es un pensamiento mágico, infantil, utópico.  Te deseo que te animes a mirarte, y que te ames como eres.  Que tengas el suficiente amor propio para pelear muchas batallas, y la humildad para saber que hay batallas imposibles de ganar por las que no vale la pena luchar.  Te deseo que puedas aceptar que hay realidades que son inmodificables, y que hay otras, que si corres del lugar de la queja, podrás cambiar.

Que no te permitas los «no puedo» y que reconozcas los «no quiero».

Te deseo que escuches tu verdad, y que la digas, con plena conciencia de que es solo tu verdad, no la del otro. Que te expongas a lo que temes, porque es la única manera de vencer el miedo.  Que aprendas a tolerar las «manchas negras» del otro, porque también tienes las tuyas, y eso anula la posibilidad de reclamo.

Que no te condenes por equivocarte; no eres todo poderos@  Que crezcas, hasta donde y cuando quieras.  No te deseo que el 2020 te traiga felicidad.

Te deseo que logres ser feliz, sea cual sea la realidad que te toque vivir»

Que la felicidad sea el camino, no la meta.

El día de ayer, en el santo evangelio según san Lucas 2, 36-40, Lo que nos ilustra de la mujer profetisa de nombre Ana ya muy avanzada en años, pero que de joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día.

Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él. Este evangelio me hace reflexionar en una frase que yo utilice en alguna ocasión durante una actividad profesional en la búsqueda para llegar a la presidencia nacional de los químicos en México.

La frase decía, “Las personas pasamos, las instituciones prevalecen”,  el interés de la institución está por encima del interés personal, y lo decía en función de evitar algún efecto de amenaza de fractura o división entre quienes estaban muy renuentes a perder el control del Colegio Nacional de Químicos de Diagnóstico Médico, ante mi inminente triunfo; parafraseando y aplicándolo a la reflexión motivo de este Articulo podemos decir que: “El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre”.

En estos días de la Octava de Navidad, la liturgia nos invita a reflexionar y orar los dos primeros capítulos de la primera carta del apóstol San Juan, carta que él divide en tres puntos: Caminar en la Luz, Vivir como Hijos de Dios, En las Fuentes de la Caridad y de la fe. Estos dos primeros capítulos de la Carta, están enmarcados dentro de la introducción y el primer punto: Caminar en la Luz. Y, a su vez, en este primer punto, el apóstol señala cuatro condiciones.

A decir: romper con el pecado; guardar los mandamientos, sobretodo el de la caridad; guardarse del mundo y guardarse de los anticristos. Concretamente, el texto que nos ocupa hoy, trata de la tercera condición: guardarse del mundo. Para este “guardarnos y defendernos del mundo” nos da unas claves y herramientas: Su Nombre: En la concepción de los antiguos, el nombre es inseparable de la persona y participa de sus prerrogativas.

Así, la invocación del Nombre de Jesús, evoca su poder. Jesús ha vencido al mundo y nosotros podemos vencerlo con sólo invocar su nombre. Su Conocimiento: Cuanto más ahondemos en su misterio, nos acerquemos a Él para verlo, oírlo, palparlo y contemplarlo, menos fuerza tendrá el Tentador sobre nosotros. Su Palabra: Que nos hace fuertes y da testimonio de su vida verdadera que permanece en nosotros.

Por último, nos exhorta a no amar el mundo ni lo que hay en él: la concupiscencia de la carne, de los ojos y el amor al dinero. Porque si amamos todo eso  el amor de Dios no está en nosotros, pues no se puede servir a dos señores (Mt 6,24), y es mejor servir a un REY que permanece para siempre, antes que a uno que pasa y se termina. La interpretación anterior del evangelio de San Juan me trae a la mente una preciosa reflexión de las  Monjas Dominicas Contemplativas del Monasterio Santa María de Gracia-Casa Federal, Córdoba.

Esta reflexión tiene que ver con la forma en que Ana, la mujer profetisa muy avanzada en años Hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación. El evangelio nos muestra dos momentos: por un lado, el gozoso encuentro de Ana, una mujer consagrada al servicio de Dios día y noche, con Jesús niño, en el templo. Eso le hace alabar a Dios y hablar del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén, imagen del pueblo elegido. Y en segundo lugar, nos muestra en breves pinceladas, la vida oculta de Jesús.

Son dos momentos de contraste; por un lado el cumplimiento de las promesas: la llegada del Mesías esperado. Pero, ¿cómo es ese Mesías? ¿Se ajusta a las expectativas de los hombres de entonces y de ahora? ¿Quiénes son capaces de reconocerlo? En este caso se nos habla de una mujer anciana. En otros serán unos pastores… El mismo Jesús, ya adulto, dirá: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla (Mt 11,25).

Por otra parte, el ocultamiento de ese “Mesías esperado” en la cotidianidad de la vida, en el desarrollo y evolución de un niño sometido a sus padres y al cumplimiento de la ley, nos muestra el misterio de la Encarnación de Dios que desmonta todas las falsas imágenes y expectativas que podemos tener de Él.

Señor, danos un corazón nuevo y sencillo para acogerte. Abre nuestros ojos para que podamos verte, pues eres el Dios-con-nosotros. Derrama tu gracia sobre nosotros y haz que no nos cansemos de hablarles a todos de ti.

Por esta razón, le dije, a mi amigo, el que era medio desentendido de Dios que yo sentía una gran responsabilidad para darte una respuesta a su pregunta, sin embargo, le dije, que me pondría en manos de Dios e invocaría al Espíritu Santo para que me  asistiera e iluminara antes de abrir la boca y darle una respuesta que sosegara sus muy normales temores, en este momento tan inquietante en su vida. Dejando muy claro que mi respuesta es meramente humana y desde que más bien será Dios quien tendrá la última palabra, pero yo sé que Dios es amor y que el amor vence siempre y reconforta a quien lo reciba.

Finalmente les compartiré una magnifica reflexión, préstele mucha atención porque le va a interesar: Un hombre entró en un local y vio a un señor en el mostrador. Maravillado con la belleza del lugar, preguntó:

-Señor, ¿Que se vende aquí? -Los dones de Dios. Le respondió el señor.

-¿Cuánto cuestan? volvió a preguntar -No cuestan nada,  Aquí todo es gratis.

El hombre contempló el local y vio que había jarros de amor, frascos de fe, paquetes de esperanza, cajitas de salvación, mucha sabiduría, fardos de perdón, paquetes grandes de paz y muchos otros dones. El hombre, maravillado con todo aquello, pidió: -Por favor, quiero el mayor jarro de amor, todos los jarros de perdón y un frasco grande de fe, para mí, mis amigos y familia.

Entonces, el señor preparó todo y le entregó un pequeño paquetito que cabía en la palma de su mano. Incrédulo, el hombre dijo: -Pero, ¿Cómo puede estar aquí todo lo que pedí? Sonriendo, el señor le respondió: -En el Local de Dios no vendemos frutos. Sólo semillas. Plántelas. Sembrar, es el mensaje para esta Navidad y para este año nuevo con el que iniciamos una nueva década 2020.

Dependiendo de tu siembra será tu cosecha…  Yo Acabo de sembrar las semillas; te toca a ti continuar la siembra. Nuestra arma más poderosa: El Rosario. Ni tenemos otra ni las hay mejores Tenemos que hacer las cosas, hacerlas bien, para que ocurran bien.

Este es mi último Artículo del año 2019. Es también mi último Artículo de la presente década que hoy termina y Dios mediante el siguiente Artículo del 5 de enero será el primer Artículo del año 2020 y por consecuencia el primer Artículo de la nueva década

Feliz Año Nuevo 2020.

Monterrey, Nuevo León / Diciembre 31 del 2019 

ENTRE GRIEGOS Y TROYANOS

Mtro. QFB. Fernando De la Fuente García

E-Mail: ferdelafuenteg@gmail.com

Facebook: Fernando DelaFuente García

Twitter: @FerranFercho

WhatsApp: 4444-16-9864

QUIEN CUMPLE LA VOLUNTAD DE DIOS PERMANECE PARA SIEMPRE

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