Más que un vicio

A los 19 años vi por primera vez la «libertad» y entre comillas libertad, pues era la primera vez que salía de mi casa para emprender una nueva etapa en mi vida fuera de mi ciudad y mi país. Fue algo estremecedor, me encontré con la realidad, algo así como un despertar después de haber siempre estado protegida por mis padres.

Estaba totalmente fuera de mi área de confort, hablando en otro idioma, pensando en el mío, con un pie en la cancha y otro en el aire.

En ese primer viaje significativo para mí, descubrí que si yo no tenía autoestima, nadie más iba a lograr que yo me la creyera, descubrí que necesitaba ser fuerte no sólo en cada partido de tennis, sino en las noches cuando pensaba en los míos, en las mañanas para tener motivación de salir a estudiar, a entrenar, a aprender, a conocer, y a no conformarme, batí récords que no creía batir, pero también caí fuerte, de amor, de desilusión, abatida por la adversidad de la competencia, una y otra vez. De algo estaba segura, jamás volvería a ser la misma persona duditativa que fui.

Tuve otro viaje que categoricé por mucho tiempo como el mejor de mi vida, sí el mejor, pero tampoco fácil, en él me sentí completamente libre de hacer lo que fuera, veía muy lejos el ser presa de una rutina, creía que todo me pertenecía y respiraba los buenos aires de la ciudad de la furia como pensando que nunca terminarían, anhelando la eternidad en ese momento parecido a una adolescencia tardía, donde no existe un mejor sentimiento que descubrir algo nuevo. Ya no era la misma de antes definitivamente, ya no me causaba miedo, no necesitaba motivación, solo me necesitaba a mí, imparable y capaz de hacer todo lo difícil menos doloroso y todo lo increíble algo muy posible.

Y vino mi tercera experiencia, esta vez con más madurez, volteando a ver a mi persona de hacia dos años como alguien a quien debía despedir para hacer frente a una nueva ciudad, mi primer empleo, un empleo que siempre soñé, un empleo que me hizo mucho bien pero también me hizo mucho mal. La perla tapatía parecía como en stand by mientras yo lidiaba con muchas situaciones indeseables, envidias, soledad, desapego, extrañar a mis amigos, poca solvencia económica, inundaciones y pasar todo el día entre el trabajo y el transporte público. Esta vez descubrí que ya era más fuerte de lo que pensaba, pero no intocable ante la sorpresa y los malos ratos. Reencuentros y encuentros, un resumen de mi corta estancia por aquella ciudad cosmopolita.

Y sin querer queriendo vino una cuarta experiencia, esta vez más intensa, más divertida, pero también más agotadora, en donde yo buscaba la sombra de cualquier palmera para descansar un poco. Encontré gente magnífica, personas que me mostraron habilidades que jamás pensé tener, el baile era mi mejor amigo y los niños todo mi día. Conocí un tercer idioma del cual me enamoré. Ahora creía que un parteaguas en mi vida se avecinaba, la decisión era fácil o permanecer o dejar ir.

Mi vida se cuarteo en estas cuatro experiencias que marcaron para siempre mi forma de ver las cosas, que en total suman casi 3 años de mi vida en la cual la independencia me hizo ver también a lo que estaba atada y lo que tenía que dejar pasar.

Viajar ahora para mí representa el reconocerme y disfrutar lo que soy después de esas cuatro experiencias, viajar siempre ha sido un vicio, pero más que un vicio es una motivación a aprender.

Dicen que uno siempre vuelve a los lugares donde amo la vida, espero volver a dichos lugares, y también ir a los que aún no conozco y en los que pudiera amar mi vida con la misma intensidad.

@roxaniutz en twitter

ROXANA OLVERA / Cara o cruz / San Luis Potosí, S.L.P. / Noviembre 20 de 2019.

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