Si alguien me hubiera dicho que era feminista

Mi niñez hubiera sido más sencilla, mis luchas hubieran tenido un sentido, mis maestras no hubieran creído que solo era una niña rebelde, tal vez no me hubieran corrido de secundaria, mi batalla por crear un equipo de fútbol en primaria hubiera tenido más impacto, tal vez no habría soportado tanta violencia y no hubiera habido necesidad de masculinizarme; si tan solo alguien me hubiera dicho que era feminista.

Hubiera, hubiera.

¿Devenir, encuentro o reconocimiento?

De pequeña siempre fui una niña «problemática», demasiado dramática, «berrinchuda», rebelde, exagerada e intensa (la última según mi hermano). En la escuela nunca fui la preferida de las monjas, sin embargo sí un dolor de cabeza. Siempre busqué una buena educación, recuerdo como me desesperaba escuchar a mi maestra de matemáticas decir «hicistes» o «vistes», recuerdo también que contaba las veces que la maestra de español decía «veda» en su clase; una vez discutí con una maestra porque nos hacía gastar mucho papel y contaminaba el planeta. Aunque lo anterior posiblemente no tuvo nada que ver con feminismo, si tuvo que ver en el proceso de construcción de mi identidad. Al final me corrieron de esa escuela por «mala conducta» , pues no era bien visto que una niña de colegio de monjas se quejará tanto y que retará a las maestras.

En secundaria y prepa la vida fue más fácil, pues había un equipo de fútbol y pude expresar algo que siempre quise. Sin embargo, en un colegio de clase social «más alta», donde había más hombres que mujeres tuve que desarrollar habilidades de supervivencia. Una de estas fue estar a la defensiva para las críticas o para el bullying. En retrospectiva puedo ver que me masculinice, porqué no quería ser igual que las demás y a la vez quería encajar con los hombres sin ser vista diferente a ellos; que locura. Incluso recuerdo ser llamada «la loca» y no tenía nada que ver con mi sexualidad.

En la universidad fui «popular» por mi manera de relacionarme con la gente, al final de cuentas el ser contestataria y rebelde me ayudó a desarrollar un liderazgo que sirvió para impactar positivamente a otras personas. Sin embargo, recuerdo que mis amigos y amigas decían que yo le entraba a todo y nuevamente no se referían a mi vida sexual; aunque tal vez si existió una creencia de que consumía algún tipo de droga, supongo que nunca estuve dentro de la «normalidad» social, por lo que tenían que encontrar otra explicación a mi manera de expresarme. Pude ser la primer presidenta de la sociedad de alumnos de mi facultad y la primera persona de mi carrera en llegar al puesto; toda una travesía.

Pero algo no encajaba en mi manera de relacionarme con los hombres, a pesar de la educación recibida y de mi manera de ser. Yo me consideraba una persona masculina y siempre tuve (y tengo) muchos amigos hombres. De alguna manera me veía diferente a las otras mujeres y cuando me lo decían los hombres, me parecía un halago, «tu eres un vato más», era algo que escuchaba seguido. Me había desviado totalmente del feminismo que insistentemente y sin saber busqué toda mi vida. Me había convertido en una mujer misógina, a la que le aburrían las pláticas de otras mujeres y que se sentía superior o distinta a ellas. Que tragedia, aún lucho con ese sentir y trabajo en ello ¿cuántas mujeres pasan por esta situación en su búsqueda de una identidad distinta a la «femenina»?

Mis relaciones sentimentales con hombres fueron constantes aprendizajes y tropiezos para la construcción de mi identidad.

Mi primer novio me dijo que su papá le había dicho que si a los 16 años no había tenido relaciones, lo llevaría con una «puta» para que se hiciera hombre. Él y yo teníamos 14 años, evidentemente el pretendía que yo «lo hiciera hombre» y lo dejé seguir su niñez.

Mi segundo novio llegó un día a mi casa con un condón en la mano y le dije que estaba loco. ¿Es acaso el sexo la única manera de llevar una relación? Yo tenía 16, el tenía 15. El me dijo que quería que yo fuera la madre de sus hijos. Me quería ir a estudiar mi carrera a Querétaro y él no quería que yo lo hiciera. Se enojaba porque utilizaba ropa «masculina» y el día que corté mi copete, me dijo que me llevaría a una estética a que me lo arreglaran, porque me veía muy mal y él no saldría conmigo hasta que me creciera. Un día subí una foto a «metroflog» en bikini y me pidió que la quitara, porque me veía gorda, así que yo seguí con mi adolescencia y el seguramente encontró con quien utilizar ese condón.

Mi tercer novio me enseñó muchas cosas sobre la sexualidad que yo no sabía, yo me dejé impresionar por sus músculos y porqué estudiaba en Monterrey. Un día me jaloneó repetidas veces porque quería llegar a un punto a donde yo no quería llegar con él. El también me dijo que quería que yo fuera la madre de sus hijos, teníamos 19 años, yo no quería ser madre de nadie. Me preguntaba si quería rosas y se enojaba conmigo cuando algún hombre me volteaba a ver mientras bailaba. No le gustaba que me pusiera faldas o playeras escotadas y cuando lo hacía se paraba detrás o delante de mí para evitar que alguien más me volteara a ver. Un día me violó, me pidió que lo dejará masturbarse con mis piernas y sin pedir permiso me penetró; al pedirle que me dejara, él me forzó a quedarme ahí «que rico, se siente caliento». Seguí con él, pues no supe que fui violada hasta 6 años después cuando encontré el feminismo. Para mí, fue una cosa de pareja, un resbalón, una equivocación y sobre todo creía que él me amaba. Un día, afortunadamente terminé con esa relación y no sé si él sepa que me violó.

Mi cuarto novio, me enseñó la espiritualidad, me acerco al yoga y al vegetarianismo, lo cual agradezco. Sin embargo, él me veía como su alumna, me enseñaba cosas y me insistía hasta tocarme la cabeza con su dedo fuertemente: «piensa Daniela, piensa». Nunca nos peleábamos, desaparecía por días evitando las discusiones, pues necesitaba tiempo para pensar. Su espiritualidad no era algo natural, al menos no en ese momento. Un día vio a su exnovia con unos pantalones a la cintura, me soltó la mano y fue a saludarla; minutos después me pidió que algún día me pusiera unos pantalones a la cintura. Lo dejé y entendí que las discusiones y los debates eran necesarios para el crecimiento de una relación; ahora sé que la ley del hielo también es violencia y que la comunicación es la base de cualquier relación.

El quinto en la lista me quería mantener, él sin tener la prepa se mofaba de mí porque yo ganaba mucho menos dinero que él en el trabajo, aún teniendo la carrera. Cuando le conté de la violación me culpó y me preguntó si tenía más secretos que no le había dicho. Se sentía incómodo si yo pagaba cosas, un día le quise invitar una nieve y me la negó, pero terminó comiendose la mía. Me llamaba gordibuena, pero me amaba y era el amor de su vida. Me fue infiel por 2 años y medio y cuando yo sospechaba algo me llamaba loca y a su ex novia también, al final las dos éramos locas y el salía como víctima. Terminamos en una relación de codependencia, una relación violenta, de esas que llaman tóxicas. Tarde, pero a tiempo me di cuenta que ese no era mi lugar.

Empezada mi deconstrucción y mi devenir feminista tuve a mi primer pareja, de esas que no se formalizan. Él siempre criticaba mi manera de vestir, se reía de mi manera de hablar, me molestaba mucho y tenía actitudes agresivas jugando a las «cosquillas». Un día me ahorcó levemente y otro día tiró de mi pelo muy fuertemente. ¿Qué te pasa? Le dije. También le comentaba que aunque me criticara no me iba a hacer sentir mal pues probablemente eran sus inseguridades reflejandose en mí. ¿Por qué estuve ahí? No se, me aferré tal vez a esta idea de poder, fue una lucha de egos y una competencia constante, entre quien era mas chistoso o quien era más «cool». Al final me doy cuenta que estaba muy lejos de completar un proceso de reconocimiento feminista. Si yo me reía, en su cabeza era de él. Si yo le hablaba, el creía que le rogaba. Si no tenía dinero para salir, él no salía conmigo y se comportaba de manera muy extraña sin decirme la razón. En sus fiestas me mandaba mensajes «sinceros», pero cuando lo veía no era sincero, es mas, me daba la impresión que pretendía ser alguien ante mí que evidentemente no era. Nos separamos, afortunadamente.

Hoy se que viví muchas violencias a través de estos hombres y francamente por momentos creí que todos los hombres se comportaban de la misma manera. Si hoy me doy cuenta de lo anterior es gracias al feminismo, a la soledad y al amor propio. Acercarme a terapia para sanar y trabajar con lo que puedo (conmigo) ha sido una de las mejores decisiones que he tomado. Se que construí relaciones a partir de la violencia y de la masculinidad, me volví agresiva, estaba a la defensiva  e incluso pasó por mi cabeza el lesbianismo converso por separstismo, para evitar este tipo de situaciones. Alejé a mi papá y a mi mamá al ocultar estas situaciones, al enterarse mi mamá de algunas de ellas se echó a llorar. Mi papá sabe de esto hasta hace pocas semanas, y es que pienso que lo evité por ser hombre.

Si alguien me hubiera dicho que era feminista o si alguien me hubiera acercado al género, probablemente me hubiera ahorrado mucho dolor, mucha confusión y una busqueda constante de identidad. Sin embargo, el hubiera no existe y estoy agradecida por al fin haber encontrado respuestas y bases para la permanencia de mi dignidad.

Me parece que es bien importante que dejemos de mantener este imaginario social en donde las mujeres que no están casadas son virgenes o «putas». Somos personas adultas y debemos de hablar de la violencia, de la sexualidad. ¿De qué manera estamos educando a nuestras hijas e hijos? ¿Cuál es la información que tienen sobre su sexualidad y de donde la sacan? ¿Cuantos tabúes mantenemos por «sanidad mental» dañando la comunicación con nuestras hijas o hijos?

Hoy se que ni soy femenina ni masculina. Soy una mujer y me ha costado mucho llegar a comprenderme en la totalidad, me negué por mucho tiempo, pues trataba de evitar dolor y al final no lo pude hacer. La negación de mi sexo me costó no solo relaciones sentimentales y familiares, sino mi misma salud; quistes que son exceso de testosterona se albergaron en mi cuerpo.

Comenzar a romper con el binarismo, puede ser la solución a muchos de nuestros problemas sociales. Dejar de pensar en negro y blanco, en gay o heterosexual, femenino o masculino.

Construir relaciones desde la igualdad y desde el amor propio como prioridad, debería de normalizarse. No es normal que veamos como una totalidad a una persona. No es sano que pongamos por sobre nuestras necesidades las de las otras personas. No está bien que veamos la violencia como parte de las relaciones. Si bien es común, la violencia no es normal.

Twitter: @danielaolro

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DANIELA OLVERA / San Luis Potosí, S.L.P. / Septiembre 23 de 2019.

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