Un presidente equivocado

Creo que a 116 días de que tomó posesión como presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador nos ha dejado muy claro que propone absolutamente un cambio de régimen político –no sé si de neoliberal a intervencionista, totalitarista o fascista–, lo cierto es que se trata en realidad de un cambio de sistema político y no simplemente cambio de funcionarios.

Y aunque ese cambio se encuentra en tránsito de manera muy abrupta, muy violenta y muy improvisada, lo cierto es que los desaciertos se dan día a día y con sus confrontaciones que se presentan con más encono y odio, la polarización social producto de esos sentimientos irracionales, crece todos los días y divide a la sociedad.

Está presente también la ignorancia e improvisación por parte de senadores y senadoras morenistas, algunas de ellas hasta majaderas como si la más alta tribuna del país fuera un lavadero lleno de lumpen o escoria, también presente esa ignorancia e improvisación en algunos puestos del Poder Ejecutivo.

Bastante equivocado está quien alienta la división de la sociedad, porque no se trata de quién gana, si los chairos o los fifís, sino de si los mexicanos somos tan inteligentes para crear reales contrapesos y resilentes para adaptarnos positivamente a las situaciones adversas que estamos viviendo.

Y aunque no se va a acabar el mundo y sin ser fatalista, debemos ser conscientes que la situación nacional cada día se enreda más con esos enfrentamientos del presidente con las instituciones; con esas agresiones del presidente a quienes no piensan como él o se manifiestan en contra de lo que dice, hace o deja de hacer.

A 116 días veo a un presidente cansado, contrariado, enojado y en ocasiones fastidiado.

Tal vez ese tramo tan largo de candidato siempre en campaña, no le permitió razonar y ejercitar facultades ejecutivas, rodeándose de los mejores hombres y mujeres, con energía, edad, capacidad y estudio.

O a lo mejor nunca pensó que administrar un país con la posición que tiene México en el mundo fuera tan difícil por lo técnicamente elevado de los problemas, económicamente delicada cualquier toma de decisiones ante la Banca nacional y extranjera y frente a los vectores financieros que dan solidez, rumbo y generan un desarrollo.

En fin, el presidente no debe saber de todas las materias, pero para resolver esas omisiones, hay suficientes mexicanos capacitados al mayor nivel que pueden auxiliarlo e instituciones académicas y científicas mexicanas con la solvencia mundial necesaria para una gobernanza seria y responsable.

Dos hechos significan también la cara del gobierno y su estatus: el abucheo al presidente en el estadio de beisbol que le mostró la respuesta a sus agresiones y bueno, lo último: que España pida perdón a México por la conquista.

Esta ocurrencia es de academia.

Es como si le pidiéramos a Francia una indemnización de 1 millón de toneladas de harina por “La guerra de los pasteles”.

Al presidente no lo veo contento y ha hecho también mal sus cálculos con sus conferencias mañaneras, su edad y lo dislocado de la agenda cada mañana, independientemente de la innecesaria presencia en las mismas de los miembros del gabinete.

Y la soberbia del presidente y sus escuderos complica más los escenarios.

Gobernar es una tarea superior que no deben ejercer los resentidos ni iluminados; los ignorantes e improvisados; los insensatos e intolerantes.

Gobernar es una tarea más humilde, pero más real, más seria, más distinta.

¿Cuánto le durarán al presidente sus contrariedades y el semblante de cansancio y fastidio?

Hasta la próxima.

GUSTAVO BARRERA / Atico / San Luis Potosí, S.L.P. / Marzo 26, 2019.

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