Minuto a Minuto

Se regala talento

Hace nueve meses nació mi hermoso sobrino Rafael. Cualquier cosa que haga, a mi familia y a mi nos llena de orgullo. Ya se para solo; logra decir con esfuerzo “Mamá”; ya le salieron unos dientes pequeñitos. Vamos identificando su desarrollo punto por punto.

Así crecí yo, lleno de amor familiar y un desarrollo normal. En algún momento de mi vida, me di cuenta que tenía algo peculiar. Tenía el “talento” de tocar simples melodías en un pequeño teclado que me regalaron mis padres, lo cual los llenaba de orgullo. Pues resultó que yo tan talentoso, me dediqué a la música. Mi sorpresa fue que ese dichoso talento no servía para nada.

¿Por qué creí en el talento?

La palabra tiene origen latín “talentum” y “tálanton” en griego, refiriéndose a la moneda usada en Roma y Grecia. El término “talento”, como sinónimo de inteligencia, capacidad y aptitud de una persona para realizar una actividad, se desarrolla por medio de un relato de la biblia en el que un hombre, antes de viajar, reparte “talentos” (monedas) entre sus sirvientes. A su regreso, cada uno explica lo que hizo con el dinero. Dos de ellos lo invirtieron y sacaron buenos beneficios, doblando la cantidad inicial, pero un tercero, temeroso de perderlo, solo lo guardo. El amo premió y elogió la actitud de los dos primeros y reprendió al cobarde.

A partir de esta parábola, comenzó a usarse el término “talento” para destacar el intelecto o perspicacia de las personas, vinculando la aptitud que se posee por encima de otros en alguna disciplina. Después hasta genético sería, porque “se nace con el talento”.

Entiendo muy bien que existe una necesidad humana por explicar el porqué de todo. Entender de donde se originan las cosas, y cuando no se encuentran las respuestas, el medio más fácil es darle divinidad al asunto. Lo cierto es que el falso concepto del talento es un limitante importante para el desarrollo de un individuo y una sociedad. Creer en el talento como una predisposición genética o divina es atribuirle cualquier logro al simple hecho de existir.

Estamos saturados de información acerca del talento de deportistas, artistas o intelectuales, que resulta frustrante desear ser alguien cuando no se nace con el “talento”. Está tan sobrevalorado y mal interpretado el término, que pierde completamente el enfoque en el proceso; el esfuerzo, el trabajo constante, la disciplina necesaria para lograr cualquier objetivo. A tal magnitud es deformado que el proceso se vuelve “sacrificio”.

Creo que el talento real es solo el resultado de todo un proceso ya desarrollado.

En realidad el talento no sirve para nada. Todos tenemos la capacidad de aprender e imitar y así es como logramos todo desde el día de nuestra concepción.

Personajes como Leonel Messi, Mozart, Albert Einstein, se les atribuyen talentos que parecen sobrenaturales. Cuando nacieron, fue igual que cualquier persona de este mundo, la única diferencia es que supieron desde muy temprana edad a que le dedicarían todo el tiempo de su vida; se desarrollaron antes de que fuera perceptible el proceso.

Creo firmemente que en medida que dejemos de creer en nuestros talentos, produciremos más, ya no habrá justificación alguna para esperar a que el talento haga lo suyo.

Así que, querido Rafael, tengo que decirte que no tienes talento alguno (alguien te lo tenía que decir). Todo lo vas a lograr con enfoque, tiempo, esfuerzo y pasión (Entre otras cosas que tu familia te enseñará). Disfruta el proceso. Cuando alguien te diga que eres talentoso, entiende que a su percepción haces algo que esa persona no ha podido desarrollar por motivos ajenos a su capacidad; agradece genuinamente y nunca olvides sonreír.

JUAN JOSÉ MEJÍA / Índigo / San Juan, Puerto Rico / Noviembre 8 de 2018.

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