Minuto a Minuto

Entre el infantilismo y la antropofagia electoral

En un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso. Debord

Tuve la fortuna de que cayera en mis manos el “Curso urgente de política para gente decente” escrito por Juan Carlos Monedero estudioso de las Ciencias Políticas y la Sociología y periodista español, es un libro altamente recomendable y actual.

Uno de los temas que recuerdo bien aunque toca de soslayo si lo comparamos con la profundidad de otras cuestiones que analiza es el del infantilismo electoral; acaso yo ahora al relatarlo abunde mucho más en el asunto, por la impresión que éste me causó: Monedero hace consistir ese infantilismo electoral en la proclividad que tienen los electorados latinos principalmente y de forma más enfática los de américa latina, para creer en las propuestas y declaraciones que se hacen en campaña electoral. Veamos: Monedero compara al electorado con los pequeños a los que se convence de ir a la cama con la condición de contarles un cuento.

Pedimos siempre el cuento que más nos gusta aunque lo hayamos escuchado repetidamente y en el fondo siempre esperamos, aunque sea de forma inconsciente que el desenlace sea distinto. Nos gusta escucharlo aunque sepamos que nada va a cambiar. Tenemos la esperanza inocente de los niños de que además el cuento se haga realidad; tanto así que nosotros mismo lo protagonizamos y tal cual niños nos proyectamos como uno de los personajes, casi siempre al que mejor le va a ir en ese cuento. Lo deseamos tanto hecho una realidad, que volvemos a pedir que nos lo cuenten y ahí estamos, escuchando a los nuevos candidatos contadores de cuentos, justificándolos y justificándonos “-caray, éste como que sí tiene ganas de hacer bien las cosas”; encontrándoles virtudes y posibilidades mágicas para empresas formidables, casi epopeyicas. No somos tontos, sólo tenemos la esperanza de que las cosas cambien, de que ahora sí tengamos más suerte, como si la política fuese una cosa de suerte.

Y es que no le entendemos a la política y la inmensa mayoría no quiere entenderle, es más, reniega de ella. Y ahí está el problema: si no estamos informados de lo que es y lo que no es posible en términos reales y no fantasiosos nos vamos a inclinar por el que más promete o el que se hace parecer más genuino más bronco más echador y valiente. Y desde luego el desenlace del cuento es cruel como la realidad. Reaccionamos con los riñones y pensamos con el hígado. El enojo es válido como motor pero el automóvil debe conducirse con los ojos abiertos y sabiendo a donde se quiere llegar; hasta donde nos alcanza de gasolina; que capacidad de carga tiene el vehículo y si las llantas no se encuentran ya corroídas.

Necesitamos construir nuestras propias y nuevas historias con un plan informado que nos diga quienes son los candidatos que caminos han transitado, que decisiones han tomado, que capacidad tienen en relación con lo que nos proponen, desechando los discursos fáciles que nos piden cínicamente que “volvamos a creer” o los que nos invitan a pelear venganzas que no son las nuestras, pues comiéndonos unos a otros solo nos vamos a empachar.

Las redes son un instrumento nuevo y formidable para construir, pero lastimosamente las hemos convertido en vehículo para desahogo de frustraciones y a veces el hartazgo de insultos, bobadas y chismes nos hacen que demos vuelta a las páginas para no seguir leyendo; por no encontrar propuestas y para no ser parte del canibalismo. Lo deseable sería utilizar la tecnología para retroalimentarnos informativamente y no para destruirnos; hacer ver los errores y proponer correcciones; no obsesionarse compitiendo por la crítica más mordaz y procaz.

Los comicios del pasado 1 de julio nos revelaron, aunque sea por suerte un punto equidistante entre el infantilismo electoral que nos hace tragar cual ruedas de molino los cuentos más fantasiosos o si nos vamos al extremo de la antropofagia y la venganza irracional escogiendo a los que ahora se venden como si fueran la novedad, en el trayecto hay muchas condiciones que influyen decepciones, enojos, mentiras y ¿porque no?: alguna esperanza realista.