Hola Big Apple

Antes de arribar a Nueva York, existe esa sensación de ansiedad por admirar los rascacielos que despuntan sobre todo Manhattan como muestra de querer alcanzar el cielo. Una vista increíble que al mismo tiempo me hace preguntarme como es que los neoyorkinos ya no lo perciben con admiración.

La entrada a “América”,  el puerto que a los migrantes dio la oportunidad de iniciar desde cero, un puerto que hoy se rehúsa a aceptar las indirectas de su propio jefe de estado y mantiene viva su posición de “Estado Santuario”.

Hay momento en los que al llegar a Nueva York uno puede distinguir diferentes idiomas hablados al mismo tiempo en un radio no mayor a 10 metros, ser cosmopolita es su más grande virtud. Una “melting pot” (olla de mezcolanza) que conlleva a preguntarse si es esta la manera en el que el mundo debería ser. Aunque sin duda a veces miremos por el rabillo del ojo quienes son esos “diferentes” a nosotros que hablan de manera tan “curiosa”.

Llegar a Nueva York invita a fantasear, invita a buscar en lo alto del Empire State a ese simio gigante que ha logrado cautivar las pantallas por décadas, a ese súper héroe arácnido que se mece entre los rascacielos. Al mismo tiempo, un lugar que pareciera haber sido sacado de la fantasía, se postra ante el mundo como un monumento al recuerdo de cuánto daño se puede causar a través del terrorismo. La Zona Cero, eriza los bellos a aquellos que vemos con una mezcla de admiración y temor lo que a través de la televisión observamos hace casi 2 décadas atrás. La caída de las Torres Gemelas impactó al mundo y hoy en día las fuentes que en su lugar están, le dan al lugar un aire de respeto, admiración y solemnidad para los miles de personas de distintas nacionalidades que ahí murieron.

A pesar de ello Nueva York no ha perdido esa característica que la distingue sobre otras ciudades del mundo. Hay que visitar la Estatua de la Libertad, ese monumento histórico regalos de los franceses que sella y etiqueta a esta ciudad como la puerta de entrada a la tierra de las oportunidades.

Quien visita Nueva York no puede dejar de caminar por sus calles y disfrutar de un “Hot Dog” como lo hacen en las películas, no puedes dejar de visitar sus extraordinarios museos, Times Square impresiona con sus luces y anuncios espectaculares en los que volteas para todos lados con ese “AW” de ser afortunado de poder apreciar este despliegue de tecnología. Luces y creatividad.

Creatividad que a unos cuantos metros encuentra su máxima expresión en una de las bellas artes, el teatro. Las marquesinas de Broadway explotan en un sinfín de luces, imágenes y temas que te dejan saber que ahí podrás encontrar una manera diferente de ver el mundo a través del arte. Un lugar donde los sueños se hacen realidad y los musicales alegran la vida.

Central Park destaca con su colorido verde y sus lagos, como ese pulmón que un organismo tan grande y complejo necesita para balancearse. Una megalópolis como esta no puede vivir sin estar en equilibrio con la madre naturaleza.

Y por si fuera poco, están los Yankees de Nueva York. El equipo más representativo del rey de los deportes, el béisbol. Dejando a un lado el basquetbol, el futbol americano (con sus 2 equipos) y el Hockey. Asistir a un juego de los Yankees es ser parte de la historia, el ambiente es incomparable y la experiencia lo deja a uno con la satisfacción de haber vivido Nueva York en su máxima expresión.

Se pueden escribir libros enteros sobre esta maravillosa ciudad, pero sin duda, lo que puedo escribir sobre mi propia experiencia es lo que me ha llevado a compartir estas líneas contigo. Si tienes la oportunidad vive Nueva York.

Me voy, faltan muchas cosas por ver…

MARIO ABAN CARBALLO / Ideas / New York, NY / Junio de 2017.

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